Hace nueve años Xavier Velasco se propuso cambiar mi vida con un perro. Afecto a las emociones fuertes, el autor de Diablo Guardián ha practicado el paracaidismo; gracias a una motocicleta, cuya potencia padecí una vez, descubrió que la vida adquiere sentido a partir de los 150 kilómetros por hora. Arturo Pérez-Reverte se sirvió de su erudición en los bajos fondos para escribir La reina del sur y el rock le debe la primera biografía del grupo Caifanes. El cineasta Carlos Reygadas lo tomó en cuenta para un papel y se entrenó como un vaquero que dormía en una barraca y despertaba al alba para montar hasta el crepúsculo. Ese esfuerzo no llegó a la pantalla pero le dejó una experiencia casi mística.
Las agitadas credenciales de Xavier Velasco permiten aquilatar el peculiar orden que define su vida. El novelista dominó su pasión por el riesgo convirtiéndose en criador de gigantes del Pirineo, perros de gran tamaño y pelambre color nieve. En momentos de escasez, él y Adriana, su pareja, se limitan a vivir con cinco ejemplares de la especie.
Un día me habló con entusiasmo de su nueva camada y me regaló un cachorro: “Vas a escribir de otra manera”, profetizó.
Ese objetivo, seguramente necesario,me pareció menos importante que el de satisfacer las ansias de mi hija de tener un perro. Inés le puso Lars en recuerdo de los cuentos que yo le leía de niña, protagonizados por un osito polar que, al igual que nuestra mascota, parecía un pequeño iglú.
Como suele suceder, las ilusiones de mi hija fueron superiores a su disposición a la crianza y mis respuestas inferiores a la sensatez de Sofía, mi esposa.
Lars Velasco orinó con alegría la enciclopedia en la parte baja de mi librero y demostró que su raza no obedece instrucciones. Consulté al criador y contestó con sabiduría kung-fu: “Los gigantes aprenden por su cuenta”.
Lars estableció costumbres inmodificables. Diseñado para cuidar ovejas, recorría la casa de noche en un perímetro preciso, supervisando que el rebaño -es decir, nosotros- se encontrara dentro de la casa. Ladraba de madrugada en tono grave para ahuyentar a posibles lobos, desatando el coloquio de los perros en las casas vecinas.
Recibió por compañía a Teo, que era su opuesto: un xolo pequeño, negro, lampiño, siempre dispuesto a ponerse nervioso y a usar a su amigo como alfombra. Renuente a las instrucciones de sus amos, Lars acataba las sugerencias de otros perros. Aceptó que el friolento Teo se acostara encima de él y, cuando no quería salir a pasear, se dejaba convencer de la excursión por Fausto, golden retriever de unos vecinos, que fungía como líder de la manada.
Los perros grandes viven poco. Lars desarrolló el desgaste de cadera propio de su raza y luego un fulminante cáncer de huesos. Esto sucedió después de una muerte que alteró la vida de nuestra familia. Como si quisiera ser parte del dolor de sus ovejas, el pastor se alejó a un rincón y dejó de comer. Teo hizo lomismo. Ante la enfermedad de su compañero, su salud salía sobrando.
Recordé un cuento leído en la adolescencia que cobró nuevo significado, “Tres muertes”, en el que Tolstói se ocupa de los momentos finales de una mujer, un cochero y un árbol. Ante las primeras dos muertes recrea los misterios de la extinción humana: la impotencia de los médicos, el pálido consuelo de la religión, las ilusiones ya inservibles. La mujer que agoniza advierte: “No me preparen”. Nada puede remediar lo irreparable.
El giro maestro del relato está en el epílogo. Un joven que acompaña al cochero en su agonía le pide las botas que ya no podrá usar; a cambio, ofrece ponerle una lápida.
Pasa el tiempo y no cumple su promesa. Alguien le aconseja que vaya al bosque, tale un árbol y honre la tumba con una cruz de madera.
Las muertes previas contrastan con la caída del árbol. En un principio, las ramas y las raíces se resisten; luego ceden al impulso inevitable. Sin saber a qué propósito servirá, el tronco se desploma y libera un claro en la maleza, permitiendo que los demás árboles extiendan sus ramas.
Nuestro gigante murió de ese modo, con bondadosa aceptación de su destino. Teo aún no comprende el vacío que lo rodea.
Quienes hace poco pasamos por una intolerable muerte en la familia recibimos la lección de un filósofo estoico.
Lars Velasco, que nunca nos hizo caso, vivió para protegernos de nuestros temores, incluido el de verlo partir