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La neuropsicología y el duelo en la transición de género

Este proceso implica navegar una reconfiguración profunda de la identidad mientras se gestionan pérdidas personales y relacionales, episodios persistentes de disforia y las demandas de un entorno social frecuentemente desinformado.

Imagen Unsplash Nicola Dowie.

Imagen Unsplash Nicola Dowie.

PRISCILA CASTAÑEDA

La transición de género en personas trans es uno de los procesos existenciales y neurobiológicos más profundos que un ser humano puede experimentar. Lejos de las narrativas reduccionistas que asumen estas vivencias como un “capricho” o una decisión superficial, la psicología clínica nos devela un panorama de una complejidad monumental. 

El mes del orgullo LGBT+ suele habitar el espacio público desde la celebración, la visibilidad y la conquista de derechos, sin embargo, detrás del aire festivo y las consignas colectivas existen trayectorias individuales que demandan una observación clínica, sin dogmas y caracterizada por un amplio rigor científico.

Transicionar implica iniciar una reconfiguración radical de la identidad, el entorno social y el funcionamiento adaptativo. Explorar los matices psicológicos que ocurren tras bambalinas, tales como las expectativas de felicidad, el malestar persistente, el duelo por la identidad anterior y las tensiones relacionales que emergen incluso en los ambientes más amorosos, nos amplía su comprensión y evita una visión reduccionista. Entender estas variables es indispensable para sustituir la hostilidad y la ignorancia por un acompañamiento respetuoso y digno.

LA PERSISTENCIA DE LA DISFORIA

Uno de los errores más comunes —cometido tanto por el entorno social como, a veces, por la propia persona en transición— es el fenómeno clínico que podríamos denominar “la falacia del destino feliz”. Existe la tendencia a depositar la totalidad de las expectativas de bienestar en las modificaciones físicas o legales de la transición.

Si bien la terapia de afirmación de género (hormonal y quirúrgica) demuestra de manera consistente en la literatura médica una reducción drástica de los índices de ideación suicida y angustia psicológica, la transición no opera como un borrador automático de las vicisitudes del estrés cotidiano, los traumas del pasado y las demandas de una estructura social frecuentemente hostil y desinformada.

Incluso, desde la práctica clínica es plenamente normal que persistan episodios de disforia de género —angustia por la discordancia entre la identidad de género del individuo y su sexo— durante el proceso de transición, pues esta no desaparece de la noche a la mañana con la primera dosis hormonal.

A esto se añade que el cuerpo cambia a ritmos distintos a los de la expectativa mental, generándose así periodos de estancamiento aparente.

Desafortunadamente, dentro de la misma comunidad LGBT+ se llega a gestar una presión implícita en la que sutilmente se prohíbe manifestar sensaciones de incomodidad o dudas sobre el proceso. El imperativo de no quejarse ante algo que se deseaba profundamente silencia un malestar que es legítimo y termina por aislar al individuo en un momento donde la vulnerabilidad es máxima. Sentir miedo, frustración o disforia durante la transición no invalida la identidad, sino que es una respuesta esperable ante una metamorfosis de tal magnitud.

LA PARADOJA DEL DUELO EN LA AFIRMACIÓN DE LA IDENTIDAD

Para muchas personas resulta contraintuitivo entender que la conquista de la verdadera identidad involucra un proceso de duelo, pero es que implica dejar atrás el rol de género asignado al nacer, el nombre anterior —llamado también deadname (nombre muerto)— y las dinámicas relacionales construidas bajo esa antigua fachada, activándose así un proceso de pérdida legítimo.

Desde el enfoque de la terapia de aceptación y compromiso (ACT), cada elección de valor implica una renuncia y esto se hace evidente cuando el sujeto en transición está despidiéndose de un pasado y, a la vez, está construyendo un futuro. Aquella versión anterior, aunque habitada desde el malestar o la disociación, constituyó el mecanismo de supervivencia de la persona durante años. Sin darse cuenta, existían certezas en ese dolor, roles aprendidos y un guion social predecible. Al abandonar esa estructura se genera un vacío identitario transitorio que la neuropsicología entiende como un periodo de alta inestabilidad en la autoconciencia.

A este duelo individual se suma el duelo relacional, pues es frecuente observar en consulta cómo emergen fricciones severas con los allegados (padres, parejas, hermanos), incluso cuando estos muestran las mejores intenciones y una disposición absoluta de apoyo. Lo que no se dice es que el entorno también debe transicionar.

Para un padre, por ejemplo, asimilar la nueva identidad de su hijo implica sepultar las expectativas, los recuerdos y la narrativa que construyó durante años, quizá décadas, sobre esa persona. Estas tensiones no nacen necesariamente del odio o el rechazo, sino del choque entre el ritmo de adaptación del entorno y la urgencia de validación del individuo. El conflicto, en estos casos, es una manifestación del esfuerzo por reorganizarse ante una nueva realidad.

Desde la perspectiva terapéutica, la transición implica una renuncia al pasado, lo que genera un duelo incluso si se espera bienestar futuro. Unsplash Matthew Menendez.
Desde la perspectiva terapéutica, la transición implica una renuncia al pasado, lo que genera un duelo incluso si se espera bienestar futuro. Unsplash Matthew Menendez.

REGULACIÓN EMOCIONAL

Los estudios de neuroimagen funcional sugieren que la identidad de género no es un constructo puramente sociocultural, sino que posee una firma neurobiológica vinculada a las redes de conectividad cerebral, específicamente en áreas como la corteza cingulada anterior y la ínsula, regiones críticas para la interocepción (la percepción interna del propio cuerpo) y el procesamiento de la autoconciencia.

Cuando existe una incongruencia de género de larga data, estas redes neuronales operan bajo un estrés crónico. Un cerebro ocupado en sobrevivir a la disonancia tiene menos ancho de banda para regular la ansiedad, la tolerancia a la frustración y el control de impulsos. La transición buscará alinear la realidad externa con la firma neurobiológica interna, devolviéndole al cerebro la capacidad de optimizar sus recursos de autorregulación emocional y esfuerzo cognitivo.

Adicionalmente, es crucial establecer aquí una delimitación clínica tajante respecto a un argumento frecuentemente utilizado por sectores hostiles: la confusión deliberada entre la disforia de género y la dismorfia corporal.

El trastorno dismórfico corporal (TDC) es una patología que aparece en el grupo de los trastornos obsesivo-compulsivos según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5TR), caracterizada por una percepción distorsionada de defectos físicos imaginarios o leves. Una persona con TDC, por más modificaciones que realice en la zona de su obsesión, difícilmente encontrará alivio.

Por el contrario, la disforia de género no es una distorsión de la percepción; la persona trans sabe exactamente cómo es su cuerpo, pero el malestar deriva del significado neurobiológico y social de ese mapa corporal en relación con su identidad.

Confundir ambos conceptos no sólo es un error diagnóstico grave, sino que perpetúa posturas que invalidan el acceso médico a la transición y el ambiente social respetuoso, condenando así a los individuos a un sufrimiento que podría ser evitable.

La compasión es el espacio seguro donde caben las emociones contradictorias que experimenta la persona en transición. Imagen Unsplash Yunus Tug.
La compasión es el espacio seguro donde caben las emociones contradictorias que experimenta la persona en transición. Imagen Unsplash Yunus Tug.

EL ARTE DEL ACOMPAÑAMIENTO

Es importante recordar que el respeto se mide en la capacidad de reconocer los límites de nuestra propia opinión. Frente a las transiciones de género, el entorno suele reaccionar desde la verborrea, emitiendo juicios u opiniones disfrazadas de “preocupación”.

Únicamente será saludable emitir una opinión cuando esta ha sido explícitamente solicitada y que nazca desde un deseo genuino de comprender para apoyar, o cuando sea realizada desde un encuadre profesional capacitado. Todo comentario que no cumpla con estas características, por la mejor intención que pretenda tener, suele ser una intrusión que violenta la autonomía del individuo.

Frases como “piénsalo bien”, “te veías mejor antes” o “estás exagerando” no son aportaciones válidas, sino proyecciones de las propias resistencias e incomodidades del interlocutor ante la disrupción del binarismo tradicional. En la mayoría de las interacciones cotidianas, la mejor postura es el silencio respetuoso, así como el usar el nombre y los pronombres correctos como un acto de reconocimiento de la dignidad del otro, no como un favor.

El mejor acompañamiento llega cuando no se pone en tela de juicio la autonomía del individuo y se considera ante todo su dignidad. Imagen Getty Images.
El mejor acompañamiento llega cuando no se pone en tela de juicio la autonomía del individuo y se considera ante todo su dignidad. Imagen Getty Images.

PILARES PARA LA COMPRENSIÓN EMOCIONAL

Algunos puntos esenciales para observar y acompañar un proceso de transición son:

La observación objetiva. Si un individuo en transición experimenta enojo, tristeza o ansiedad, el entorno tiende a asumir inmediatamente que “es por la transición” o que “las hormonas lo están afectando”. Esta lectura invalida la experiencia emocional humana. Las personas trans tienen derecho a tener días malos, a frustrarse y a estar tristes por razones completamente ajenas a su género. No hay razón para patologizar su cotidianidad.

La compasión ante el ritmo del duelo. Habrá días de gran euforia de género y días de profundo repliegue defensivo. Sostener la mano de alguien en este camino implica aceptar la ambivalencia: permitirle que extrañe partes de su vida pasada sin que eso signifique que desea dar marcha atrás.

La responsabilidad ante nuestros propios sesgos. El acompañamiento exige que el entorno asuma la tarea de educarse a sí mismo en lugar de demandar que el individuo trans actúe como su pedagogo particular. Este último ya está cargando con el peso de su propia reconfiguración neurobiológica y social, por lo tanto, exigirle que además tenga la paciencia de tolerar preguntas impertinentes o debates sobre su existencia es una demanda injusta.

La transición de género es una de las travesías más valientes que un ser humano puede emprender para alcanzar la congruencia existencial. No podemos seguir permitiendo que el debate sobre la salud mental de las personas trans se gestione desde la hostilidad de la sobremesa o el prejuicio religioso. La autorregulación emocional y el bienestar se logran mejor en una comunidad que valida, que respeta y que provee un suelo firme donde echar raíces. Al final del día, la capacidad de una sociedad para acompañar a sus miembros en sus momentos de mayor vulnerabilidad es la verdadera métrica de su calidad humana.

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Escrito en: identidad reconocimiento lgbt+

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