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La Odisea y el mundo que perdimos

Hace casi tres milenios, un héroe griego emprendió el camino hacia casa y transformó para siempre el imaginario occidental. Su historia ha sobrevivido imperios, religiones y revoluciones.

Atenea se aparece a Ulises para revelarle la isla de Ítaca (1784), por Giuseppe Bottani. Imagen Wikimedia Commons.

Atenea se aparece a Ulises para revelarle la isla de Ítaca (1784), por Giuseppe Bottani. Imagen Wikimedia Commons.

ÓSCAR BONILLA

Un hombre intenta volver a casa tras diez años de lucha encarnizada en territorio extranjero, pero hacerlo no resultará fácil: acosado por los dioses, el héroe tendrá que enfrentar seres míticos, la furia de los elementos y el acecho de lo femenino —quizá lo que más amenaza con retenerlo lejos de su reino y, al mismo tiempo, su mayor impulso para regresar—. Este es, a grandes rasgos, el argumento de uno de los textos literarios más antiguos que se conservan y uno de los más importantes por la sombra que ha proyectado sobre la cultura occidental durante casi tres milenios.

ODISEO, EL ARQUETIPO

Odiseo (Ulises, en la tradición romana), rey de Ítaca, atiende el llamado del rey Agamenón para unirse a la guerra contra Troya, declarada como respuesta al rapto de Helena. Al unirse a la expedición, el héroe deja atrás a su esposa Penélope, a su hijo Telémaco y a su perro Argos, además de su reino entero —elementos que, a pesar del tiempo transcurrido, siguen siendo parte del arquetipo del hombre de familia, ese que cuenta con esposa, hijo, perro y un hogar cuya responsabilidad recae sobre él—.

La guerra se prolonga durante diez años. Cuando llega el momento de emprender el regreso, una serie de elementos de distinta naturaleza, representaciones de los factores externos que suelen distraer al hombre de cumplir con sus responsabilidades —desde la religión hasta la barbarie del mundo no civilizado—, se interpondrán en su camino para impedírselo.

Ulises y las sirenas (1891), por John William Waterhouse. Imagen Google Art Project.
Ulises y las sirenas (1891), por John William Waterhouse. Imagen Google Art Project.

LO FEMENINO

Este es quizás el elemento más ambiguo de la obra, pues se manifiesta en dos polos opuestos que dominan el texto. En el poema aparecen varios personajes femeninos cuya influencia sobre el héroe es positiva o negativa en cuanto a que lo acercan o lo alejan de su hogar.

En primer lugar, Helena constituye el detonante indirecto que lo lleva a dejar su tierra. A partir de ahí, Penélope emerge como el polo opuesto que lo impele a regresar. Durante el trayecto, la hechicera Circe, primero, y la ninfa Calipso, después, intentan retenerlo junto a ellas. Al final, la intervención de la princesa Nausícaa es determinante para que pueda volver a Ítaca.

Además, no podemos olvidar que Atenea es la principal protectora de Odiseo a lo largo de su viaje. Mención aparte merece también el episodio de las sirenas, en el cual lo femenino se presenta como símbolo del deseo y sus peligros.

CONTEXTO NARRATIVO

La Odisea, aunque se puede disfrutar como una obra individual, se entiende mejor como una pieza que se inscribe dentro de una estructura mayor y más rica. Su antecedente narrativo, La Ilíada, es también muy conocida; se trata de la historia de la guerra de Troya durante sus últimos trances: el conflicto entre Aquiles y Agamenón por una esclava, la negativa del primero a seguir interviniendo en la guerra hasta que se le repare el agravio, la muerte de Patroclo, la furia y la venganza de Aquiles, etcétera. La Ilíada termina después de la muerte de Héctor, príncipe de Troya, a manos de Aquiles y la posterior visita del rey Príamo al campamento de este para recuperar el cadáver de su hijo. Cabe mencionar que la escena más representada por la tradición, la del caballo y la destrucción de la ciudad, no es narrada aquí.

Fuera de estas dos obras que han sobrevivido hasta nuestros días, conocemos, gracias a resúmenes y comentarios, la existencia de otros poemas épicos que complementaban la historia de la guerra de Troya, pero que se perdieron en algún punto del pasado. Estos eran: Las Ciprias (los nueve primeros años de la guerra), La Etiópida (la muerte de Aquiles), La pequeña Ilíada (el juicio sobre las armas de Aquiles y el suicidio de Ayáx), La Iliupersis (la construcción del caballo y el saqueo de Troya), Los Nostoi (el regreso de los héroes griegos, con excepción de Odiseo) y La Telegonía (la muerte de Odiseo a manos del hijo que tuvo con Circe).

El cíclope (1898-1900), por Odilon Redon. Imagen Wikimedia Commons.
El cíclope (1898-1900), por Odilon Redon. Imagen Wikimedia Commons.

EL MITO HOMÉRICO, PILAR DE OCCIDENTE

La influencia de Homero no se limitó al terreno de lo literario; en su conjunto, la historia de la guerra de Troya y de los héroes que intervinieron en ella ha proyectado su sombra a lo largo de la civilización occidental desde sus orígenes.

Heródoto, al narrarnos la guerra entre griegos y persas, recurre a Homero para establecer una referencia del tiempo en el que él se ubica —cuatrocientos años después de Homero y ochocientos después de la guerra de Troya—, que aprovecha para presentar una versión alternativa de lo que sucedió con Helena (retenida en Egipto). Nos cuenta también que el rey Jerjes, en su campaña para someter a Grecia, se desvió del camino para honrar las ruinas de Troya.

El drama ático también se nutre del mito troyano para sus argumentos (Esquilo, Eurípides, Sófocles). Platón cita y discute a Homero en sus diálogos. Y en el siglo I a.C., justo en el nacimiento del Imperio, Virgilio rastrea el origen de Roma hasta aquella noche lejana en la que ardió Troya.

LEER Y LEERNOS

Para los antiguos griegos, La Ilíada y La Odisea no eran meras ficciones, sino testimonios de su mundo tal y como ellos lo concebían, con ese panteón de dioses que intervenían en los destinos humanos de manera tan minuciosa.

Con el surgimiento de Roma, la tradición continuó, aunque aderezada por una visión distinta, menos regional, del mundo, aunque no por eso menos solipsista. La ironía de Roma es que, a diferencia de Grecia, se proyectó más sobre el resto del mundo, pero se interesó menos por todo lo que no fuera su propia cultura.

A la postre, la irrupción del cristianismo, la caída del Imperio y el paréntesis de la Edad Media convirtieron a los antiguos mitos griegos en residuos de un pasado pagano con el que Europa no quería o no podía reconciliarse. No es sino hasta la Edad Media tardía cuando se dan las condiciones que permitieron que un hombre como Dante Alighieri, con el talento y la perspectiva histórica suficientes, se atreviera a incorporar el mito homérico a la cosmovisión cristiana en esa gran obra que es La Divina Comedia, síntesis de las dos columnas de Occidente: la grecolatina y la judeocristiana. No es casualidad que en esta obra el guía de Dante sea Virgilio, poeta romano autor de La Eneida, pues fue precisamente en Roma donde el pasado pagano y el cristianismo naciente se encontraron.

Al final, los clásicos, como La Ilíada o La Odisea no solo nos muestran relatos de un mundo que fue, sino que son un testimonio de todas esas condiciones que han permitido que el mundo que hoy es, sea. Y ello implica que nosotros mismos, nuestra cultura, nuestro idioma y nuestros signos compartidos están conectados irremediablemente, nos guste o no, a ese corpus literario que ha sobrevivido a generaciones, que ha visto nacer y morir imperios, que ha incorporado a otro continente dentro de su órbita.

En una época como esta, en la que cada vez se lee menos y, de lo poco que se lee, una ínfima parte corresponde a textos clásicos, es importante abogar por que los lectores se acerquen a ellos, pues, a diferencia de las novedades literarias, cuyos méritos uno siempre desconoce, los clásicos han sido cribados por el tiempo y se han inscrito en todos los ámbitos del quehacer humano.

En un famoso estudio sobre La vida de los doce césares, única obra completa que se conserva de Suetonio, el historiador argentino José Luis Romero dice, refiriéndose a la Roma imperial, que es una “reliquia duradera del pasado que el hombre de Occidente no puede olvidar sin olvidarse de sí mismo”, palabras que bien pueden aplicarse a La Odisea, La Ilíada y a todos los textos aquí mencionados.

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