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La palabra desierto en La Laguna

Otro desierto copiosamente poblado de árboles, es decir, que no es como el que piensan los habitantes de la Comarca Lagunera cuando oyen la palabra desierto, lo traigo de la novela Los bandidos de Río Frío.

La palabra desierto en La Laguna

La palabra desierto en La Laguna

SAUL ROSALES

Si estiramos la realidad, los habitantes de la Comarca Lagunera disponen de tres referencias acerca de su condición de “pobladores del desierto”. Primera: el área de La Laguna pertenece a una superficie donde hizo olas el mar de Tetis y al irse heredó vastedades de erosión; segunda: es de curso común la canción cardenche del que se va a morir a los desiertos, es decir, a la Comarca; y tercera, como escenario de un extraordinario poema, el desierto es seña de identidad comarcana.

Veamos el poema. Lo escribió Manuel José Othón en Ciudad Lerdo y su título es “En el desierto. Idilio salvaje”. Dentro de los sonetos que lo constituyen se contorsionan febrilmente la pasión humana y el paisaje árido. Transcribo sólo algunos versos. En el soneto IV se encuentra la alusión al mar perdido donde ahora se asienta la comarca que es enjuta cuenca de océano muerto.

Antes, en el primer soneto, el desierto se ubica como escenario para los rescoldos de juventud: “[…] bien vengas al salvaje / desierto donde apenas un miraje / de lo que fue mi juventud existe”. Y después de una envolvente atmósfera de concupiscencia, en el soneto V reverbera la desolación, como a lo lejos el suelo en los días calurosos: “en nuestros desgarrados corazones / el desierto, el desierto… y el desierto”.

Porque retrata su entorno geográfico y por su alto kilataje poético, justificadamente los habitantes de La Laguna siempre traen en mente esta obra de Manuel José Othón.

Sin embargo, el desierto de los laguneros no es el único desierto. O más bien, no todos los desiertos son como el Bolsón de Mapimí. Por ejemplo, existe el Desierto de los Leones con abundosa población forestal en la Ciudad de México. Desierto de los Leones se llama aquella zona de bosque denso.

Otro desierto copiosamente poblado de árboles, es decir, que no es como el que piensan los habitantes de la Comarca Lagunera cuando oyen la palabra desierto, lo traigo de la novela Los bandidos de Río Frío, de Manuel Payno. En su capítulo XLIV de la primera parte, Evaristo se prepara “para pasar unas semanas en el desierto que iba a habitar”. Rentó un rancho en cierta geografía que no se parece nada a la común imagen del desierto.

Narra Payno que Evaristo “iba a ocupar un desierto […], a abrirse paso por el espeso monte […], a labrar una tierra fértil, donde durante muchos años no había crecido más semilla que la de los grandes y soberbios cedros de la montaña”. Como quien dice, un desierto denso de árboles.

En su famosa novela, Payno también arroja personajes hasta lo que en sectores intelectuales se conoce como Aridoamérica. En el capítulo LIX de la segunda parte describe las “interminables y solitarias praderas de la frontera norte”. En esa escenografía los pobladores, al defenderse, hacían a los apaches “entrar en los desiertos de la frontera americana”.

Para terminar este recuento de individuos que se van a morir a los desiertos de La Laguna, los de la canción cardenche; presencias que viven pasiones y culpas en el desierto, el desierto y el desierto de Manuel José Othón; que se saben habitar parte de lo que fue el mar de Tetis y que, en fin, son como las presencias que poblaban y defendían “los desiertos de la frontera norte” descritos en Los bandidos de Río Frío, para terminar todo eso, citaré versos de un poema irreverente titulado “Desierto entre comillas” que, junto a sus descortesías, asocia el desierto de La Laguna y el trabajo de los humanos:

“La antigua conjunción de eriales se pobló / dejó de ser desierto / cuando las manos comunales / balbucearon con párvulo alfabeto / pez, ave, agua, carne / cuando más tarde la habilidad dijo corral y sementera / y a los signos siguieron los obrajes / y engarzaron ranchos, industrias y ciudades”.

(Me faltaron los desiertos de Adela Ayala y, por qué no, el de Quevedo).

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