Desde sus orígenes, el ser humano ha valorado profundamente la condición de padre. No se trata solo de un sentimiento, sino de un concepto complejo que, desde la prehistoria, se ha asumido con seriedad.
Aristóteles señala que la relación padre-hijo no es un vínculo común, sino una conexión que trasciende lo meramente biológico. La denomina relación ontológica, pues no puede existir un padre sin hijo ni un hijo sin padre; el ser de uno está intrínsecamente ligado a la existencia del otro. En la Ética a Nicómaco, el estagirita afirma que los padres aman a sus hijos porque los consideran parte de sí mismos, un "otro yo" que existe de manera independiente. Además, vincula la paternidad con la causa eficiente, el padre es principio del movimiento que da origen al hijo. Así, la relación no es solo social, sino que se ancla en la estructura misma de la generación y en la transmisión de la esencia de la especie humana.
En el islam Alá no es concebido como padre, pues no engendra ni es engendrado. El cristianismo, en cambio, elevó la paternidad al designar a Dios como Padre. Jesucristo lo llama Abba, expresión de intimidad, máxima confianza y reverencia, que no se encuentra en otras religiones. En la época patrística, esta idea se llevó más lejos al aplicarse a la Trinidad; allí, el Hijo no es simplemente una persona distinta, sino la relación misma con el Padre.
Lo habitual es pensar la paternidad como un hecho biológico, aunque esa visión resulta limitada. El fenómeno rebasa lo orgánico y puede considerarse desde otras perspectivas, como la psicológica. Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis, entiende la paternidad como una función más que como una presencia física. El padre actúa como el tercero que rompe la unión total entre madre e hijo, e introduce al niño en el mundo exterior y en la cultura. Además, provee normas y límites que permiten al hijo desarrollar autonomía y seguridad emocional.
En el ámbito jurídico, la paternidad es el reconocimiento del Estado sobre los deberes y derechos derivados del lazo. La patria potestad, por ejemplo, comprende obligaciones como alimentos, educación y protección, junto con derechos que la ley otorga a los padres sobre los hijos no emancipados.
Las sociedades patriarcales sostenían que el padre aportaba todos los elementos genéticos para la generación, mientras la mujer era solo un receptáculo del semen, una fábrica pasiva sin derechos reales sobre los hijos. Sin embargo, los estudios de Mendel y el desarrollo de la genética demostraron que tanto padre como madre contribuyen en partes iguales a la formación del hijo. Hoy se reconoce que ambos son equivalentes en la procreación, y que la madre posee los mismos poderes sobre los hijos por su aportación genética.
Todo lo dicho sobre la paternidad puede afirmarse también de la maternidad. El hombre es tanto padre como madre, y la mujer tanto madre como padre, en el sentido de que ambos son progenitores al cincuenta por ciento. La diferencia es biológica, pero en lo ontológico, lo social y lo psicológico, la distinción se desvanece si abandonamos las estructuras mentales del patriarcado. Padre y madre son iguales en importancia.
Lo mismo ocurre con la atribución de Dios como Padre: podemos llamarlo también Dios Madre, pues trasciende los sexos biológicos y los géneros gramaticales.
En las sociedades actuales, las funciones de ambos padres tienden a igualarse. La paternidad activa implica involucrarse cotidianamente -bañar, alimentar, jugar, educar- y construir un vínculo emocional sólido con los hijos. La corresponsabilidad consiste en compartir la crianza de manera equitativa con la madre. La identidad de género, factor estructurante en la vida del ser humano, se forma con la influencia de ambos padres y trasciende los sexos, configurando estructuras psicológicas y sociales que acompañan al hijo en su desarrollo.
Ser padre es una experiencia muy satisfactoria, es algo de lo mejor que nos sucede en la vida, por eso estudiamos el fenómeno con seriedad. Pero sobre el conocimiento objetivo acerca de la paternidad, valoramos el hecho con todo lo que implica, como divertirse con los hijos, apapacharlos, proveerlos de lo que necesitan y orientarlos para que se desarrollen en la vida sin contratiempos. La paternidad incluye lo biológico y lo amoroso, la responsabilidad y la alegría.