A manera de una bomba incendiaria dirigida a la Secretaría de Educación Pública en México (SEP) al igual que contra quien la dirige, terminamos el año con la novedad de que quien durante el sexenio anterior había sido el responsable principal como creador de contenido para lo que en su momento fueron los nuevos libros de texto, el autonombrado comunista Marx Arriaga, emplazaba a iniciar ni más ni menos que una rebelión desde el gobierno contra el gobierno; eso sí, sin dejar el de vivir del presupuesto.
La ocurrencia-de quien presumía como patente de corso el haberle dado el grado doctoral a la ex No Primera Dama-era la de levantarse contra la SEP para "refundarla" según sus propias palabras, convocando nada menos que a la creación de otro nuevo órgano encargado de la Educación para lo que estaría haciendo un llamado para establecer "Comités de Defensa Obradorista" para instrumentar el nombre del ex presidente y su supuesto legado como parte de lo que serían los "planes de estudio" al más puro estilo nacional-socialista o del stalinismo de la ex Unión Soviética del pasado siglo.
Cabe recordar que los libros de texto que se pretendieron imponer-sin éxito, afortunadamente-durante el sexenio pasado fueron cuestionados por su bajo nivel formativo, su inutilidad pedagógica y su nulo contenido científico no solo por los padres de familia, quienes se opusieron públicamente a que sus hijos fueran ideologizados de manera tan burda en vez de recibir una educación formal de nivel, sino también por los propios maestros quienes en el mejor de los casos prefirieron reutilizar los libros de texto que se difundieron durante el sexenio de Enrique Peña Nieto.
Los resultados no se hicieron esperar en lo que Arriaga intentó imponer, incluso bajo amenazas, su propio esquema adoctrinador: México terminó reprobado en las pruebas PISA (parámetro educativo a nivel internacional) con un pavoroso rezago en conocimientos matemáticos, habilidades básicas de razonamiento y de lectura de comprensión, cayendo en el ranking mundial al mismo nivel que en el año 2000.
El llamado por parte del autor y responsable en su momento de la autonombrada "Nueva Escuela Mexicana" (NEM), que fue difundido principalmente en redes sociales, plantea frenar supuestas prácticas que-según su retórica-mantienen inercias burocráticas y enfoques educativos "alejados del carácter humanista y comunitario que promueve la NEM", acusando de quererse privatizar la educación en el país.
Desde la opinión pública tanto como desde la sociedad civil se le acusó de ideologizar la educación y promover ideas comunistas mientras la propia Secretaría aclaró que la educación pública sigue siendo laica, gratuita y plural. El debate también llegó al ámbito político, donde se exigió también la salida del funcionario.
Sin embargo, como razón de fondo prevalece un hecho incuestionable en este caso y es que México nunca saldrá del bache educativo en tanto siga siendo víctima de la superchería política y del estatismo que lo ha contaminado prácticamente desde los años treinta en el que, tras la persecución antirreligiosa en nuestro país, se trató todavía de imponer el socialismo-aunado a una ignorancia histórica y un espíritu antirreligioso como anticientífico-desde lo más autoritario del Viejo Régimen posrevolucionario, infectando la educación en sus tres niveles, al igual que a quienes deberían de haber sido los educadores bajo este esquema viciado.
En el presente caso, muy lejos de tratarse de una cuestión (ya no digamos de principios) de supuesta ideología, el autor del desastre nacional educativo pretende legitimar su evidente fracaso y justificar el daño que le ha hecho al país desde el sexenio pasado, haciendo un llamado para ideologizar aún más lo que queda de Educación Pública convocando a una rebelión abierta contra Sheinbaum lo mismo que contra Mario Delgado como Secretario de Educación Pública; no para evitar que un error de antaño se repita, ni tampoco para justificar su gestión tan cuestionable como un resbalón del que se retracta, o siquiera como una lección al menos de lo que no se debe de hacer para la posteridad en el devenir de la Historia de la administración pública del país sino para algo mucho peor: para perpetuarlo.