Imagen Fine Arts Museums of San Francisco Gary Sexton.
Para comprender la obra de Kehinde Wiley, el pensamiento de Léopold Sédar Senghor es fundamental. En su concepto de negritud (Négritude) se distingue la “razón-abrazo”, que define una forma de conocimiento del negro-africano basada en la emoción, la intuición y la unión con el objeto, en contraposición a la “razón-ojo” occidental, basada en la distancia y el análisis.
La obra de Wiley puede entenderse a partir de la revalorización de la identidad negra dentro de la historia del arte. Si para Senghor la negritud era el arma para la descolonización del pensamiento, el artista la utiliza como herramienta para la descolonización de la mirada. Al situar cuerpos negros en los marcos y poses de la tradición aristocrática europea —del clasicismo greco-latino—, cambia quién ocupa esos espacios de poder.
Kehinde Wiley construye una estrategia visual basada en la cita y la transformación. Toma composiciones de artistas como Géricault, Tiziano o Jacques-Louis David y las reinterpreta con modelos contemporáneos, generalmente hombres y mujeres afrodescendientes vestidos con ropa urbana. Aunque el pintor retoma imágenes históricas conocidas, los gestos, la ropa, pertenecen al presente. Esta mezcla evita que sus cuadros funcionen como homenajes al pasado, expandiendo las posibilidades del arte actual.

CONEXIÓN CON ÁFRICA
En 1997, Wiley viaja a África para conocer a su padre nigeriano. Este encuentro define su obra y la relaciona con el continente negro. A partir de ese momento, establece estudios temporales en ciudades como Lagos o Dakar. Ahí pinta retratos de jóvenes locales y escenas que integran historia, tradición y vida contemporánea.
Este giro extiende su trabajo más allá del canon europeo y lo une con la diáspora africana, construyendo una continuidad simbólica entre África, Europa y América. Sus retratos de inmigrantes, futbolistas, jóvenes urbanos y comunidades afrobrasileñas muestran cómo la identidad negra se forma en diferentes territorios y contextos culturales.
En estas series se integran elementos locales como esculturas tradicionales, monumentos públicos y motivos inspirados en la iconografía dogón, un sistema visual ligado a la cosmogonía y espiritualidad de este pueblo en África occidental. A través de la reinterpretación de pinturas y esculturas ancestrales o figuras políticas africanas, el artista conecta modernidad y memoria colectiva.
Wiley sustituye los paisajes clásicos por patrones textiles inspirados en mercados africanos y diseños decorativos intensos. El color y los fondos ornamentales son algunos de los elementos más característicos de su obra, pues crean tensión entre delicadeza y monumentalidad. Las figuras ocupan el espacio con fuerza y los patrones florales introducen una atmósfera íntima.

MASCULINIDAD NEGRA
En su obra Official Portrait of President Obama (2018), modifica las convenciones del retrato presidencial al representar a Barack Obama inmerso en follaje. Los crisantemos hacen referencia a Chicago, las azucenas azules africanas a su padre keniano y los jazmines a Hawái, donde pasó parte de su infancia. Aquí Obama se presenta de manera cercana: a diferencia de los tradicionales retratos presidenciales estadounidenses, aparece rodeado de elementos naturales que funcionan como una extensión de su identidad e historia personal.
En Three Wise Men Greeting Entry into Lagos (2008), Wiley alude a los Reyes Magos, pero los traslada hacia la realidad nigeriana. Tres hombres vestidos con indumentaria local y global son representados monumentalmente, sugiriendo que la sabiduría y el poder también se encuentran en las calles de Lagos. El fondo entrelaza motivos florales y el diseño textil tradicional. Al igual que en el retrato de Obama, el artista utiliza elementos visuales para que el espectador reconozca la autoridad de la historia cultural de cada cuerpo.
En Officer of the Hussars (2007), retoma Chasseurs à cheval de la Garde impériale (1812), de Théodore Géricault, y realiza una apropiación simbólica que cambia el sentido de la obra original. Mientras que el jinete de Géricault es un soldado derrotado, el de Wiley se muestra de una manera segura y desafiante. El pintor afroamericano opta por un cielo rojizo con formas florales doradas que recuerdan al rococó. Estos elementos se extienden sobre la figura del jinete, borrando la distinción entre el sujeto y la ornamentación. La propuesta de Wiley es técnica: Théodore Géricault pintó la escena con una pincelada pastosa y dramática, característica del Romanticismo francés, pero Wiley se decanta por un realismo casi fotográfico y una superficie más limpia.
Los cuerpos masculinos en las obras de Wiley son fuertes y monumentales, pero se rodean de fondos delicados. Este contraste rompe con las representaciones tradicionales de la masculinidad negra y propone una imagen distinta. En Sleep (2008), por ejemplo, representa un hombre en una postura vulnerable e íntima, recostado y casi desnudo, lejos de la imagen de agresividad asociada a los hombres afrodescendientes.

ENTRE LA TRADICIÓN Y EL MERCADO GLOBAL
Las creaciones de Wiley también están ligadas al mercado y a la cultura global. Ha participado en proyectos comerciales de gran escala, como su colaboración con Puma durante la Copa Mundial de la FIFA en Sudáfrica. Allí diseñó uniformes e hizo retratos de futbolistas africanos que mezclan una estética panafricana con estrategias de marketing global.
El artista ha asumido esta ambivalencia desde la figura del trickster (tramposo), tomada de la tradición yoruba, especialmente de Eshu Eleguá, deidad asociada a la encrucijada y al cambio. En la cosmogonía de África Occidental, Eshu obliga al individuo a interpretar la realidad desde diferentes ángulos. Para Wiley, el arte funciona bajo esa misma lógica de desestabilización. Sus pinturas se mueven en distintos registros visuales, como son el retrato aristocrático, la moda urbana, la ornamentación decorativa y la crítica histórica. Ninguna de estas dimensiones aparece separada completamente de las otras. Al invocar la energía de Eshu, su obra pasa entre la seducción estética y la crítica política, entre la denuncia del colonialismo y el consumo del lujo artístico.
El trabajo de Kehinde Wiley puede entenderse como una reconfiguración del retrato político, pues interviene en las formas de visibilidad que determinan quién ocupa el centro de la imagen. Al combinar historia del arte, tradición africana y cultura global, crea un lenguaje visual donde la identidad se encuentra en constante transformación. Sus retratos amplían las maneras en que el poder, la belleza y la identidad negra pueden ser vistos dentro de la pintura occidental. Sobre todo, plantean una reparación simbólica al devolver la grandeza y centralidad a cuerpos desplazados históricamente en espacios de representación.