En mayo, el senador por Sinaloa Enrique Inzunza, uno de los 10 acusados por una corte de Nueva York, pidió licencia por unas horas. El tiempo necesario para que su suplente votara en las sesiones extraordinarias cuando se modificó la Constitución para permitir la nulidad electoral por injerencia extranjera. Pasada la votación, Inzunza recuperó el fuero.
Esto es hoy el Poder Legislativo: una reserva. Reserva de votos cuando hacen falta, reserva de candidatos para las campañas y reserva de funcionarios para el Ejecutivo.
Un poder, como tal, ya no lo es. Firma sin más lo que le mandan, salvo contadas excepciones. La reforma judicial de 2024 se aprobó en el Senado en 17 horas.
Ya no importan ni las propias reglas del Legislativo. La maratónica sesión del 28 de abril de 2023, en la que se aprobaron 20 reformas sin respetar formalismo alguno y dejando a los legisladores sin tiempo para leerlas, fue declarada constitucional por la SCJN el pasado 19 de mayo.
El Legislativo es sobre todo reserva de candidatos. De cara a las elecciones internas de Morena y aliados para las gubernaturas del año entrante, se calcula que pedirán licencia por lo menos 30 legisladores.
Es también reserva de funcionarios. La presidenta del Senado, Laura Itzel Castillo, fue nombrada titular de la Secretaría de las Mujeres, aunque tomará posesión hasta septiembre. La fiscal general, Ernestina Godoy, es senadora con licencia.
Es también un seguro de desempleo. Quienes tengan licencia y fracasen en sus aspiraciones electorales regresarán a ser legisladores; quienes pierdan su trabajo en el Ejecutivo, también.
El mecanismo de licencias permite engañar al elector. Se pone en la boleta a alguien muy conocido, como Marcelo Ebrard y Omar García Harfuch. Ganada la elección, ocupa su lugar un suplente que el elector ni conoce.
Esto atenta contra la esencia de un régimen democrático: se elige y vota con información adecuada sobre la persona que fungirá como su representante en el Legislativo. El propio legislador también desprecia su responsabilidad. Salvo para quienes tienen el control del dinero y de la agenda en el Legislativo, para el resto lo central es tener un ingreso seguro y con el beneficio del fuero. Es buen lugar para esperar para cuando salga algo mejor.
En Estados Unidos los legisladores no tienen suplente. Quien opta por irse se va para siempre, por lo cual se debe convocar a una elección extraordinaria. Un Presidente que se lleva a un legislador a su gabinete arriesga que su partido pierda esa curul. El legislador, a su vez, deja un ingreso seguro y puede quedarse sin nada si fracasa en el nuevo cargo. La separación entre Ejecutivo y Legislativo es de verdad: el escaño no es un lugar para tomar la siesta mientras sale otra chamba. Este modelo tiene un costo: los legisladores compiten electoralmente sin dejar su asiento, por lo que tienden a eternizarse. Sin embargo, el ciudadano siempre sabe a quién eligió.
Hoy la selección de candidatos del partido en el poder no es por dedazo, sino por encuesta. Ser senador o diputado es, sobre todo, una plataforma para darse a conocer y tratar de ganar la contienda interna de Morena y sus aliados.
El resultado es una clase política cuya preocupación central no es ser un legislador preocupado por el bienestar de sus representados, sino tener dinero para hacer propaganda, casi siempre ilegal. Esto les permite ser más reconocidos por el electorado en las encuestas.
Dado el peso de un nombre conocido, más la ventaja que da el control del aparato, cada vez hay más espació para dejarle el poder a la esposa o algún otro pariente. El viejo dedazo contenía a las dinastías locales. La reforma antinepotismo de Sheinbaum apunta en esa dirección.
Reformar el régimen de licencias en el Legislativo sería fundamental para fortalecerlo. Sin embargo, entre más autoritario es el régimen, menos le interesa algo así. Basta que sirva como estacionamiento de políticos ambiciosos, pero disciplinados.
ÁTICO
El Legislativo ya no es un poder como tal, sino una reserva de votos, de candidatos y de funcionarios para el Ejecutivo.