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La Ruca

Entendía que era más importante escuchar que hablar, que era básico consolar antes que regañar, y se convirtió rápidamente en nuestra confidente.

La Ruca

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MARCELA PÁMANES

Pensar en ella me obliga a recordar, tal vez no con precisión, pero sí inundada de una nostalgia que ahoga un poco. Entrar a la Pereyra fue un acto de valentía y conveniencia. Llegaba de un colegio de niñas donde a los hombres sólo los veíamos en las convivencias que se preparaban y, por supuesto, en un ambiente contenido. Estudiar con el género masculino significaba mucho, era atractivo y amenazador a la vez, pero, eso sí, era cómodo: el colegio estaba solamente a cuatro cuadras de casa.

Llegué con 14 años encima y ya me parecían muchos. Qué angustias pasamos con el arribo de la “tía”, expresión que escondía el pudor de la “enfermedad” de cada 28 días. Estar con hombres y lidiar con eso no era sencillo. Había temas “de mujeres” que no podían ser abordados con facilidad, de ahí que, cuando la Pereyra se hizo mixta, los jesuitas reconocieron la necesidad de que hubiera una mujer que hiciera las veces de tutora.

Y así llegó “la Ruca” a la vida de muchas de nosotras. Adecuaron un cuarto para ella y justo lo llamábamos “el cuarto de la Ruca”. Ver a aquella mujer en el momento donde la belleza y la madurez se juntan fue impactante. Llegaba en su Volkswagen, siempre arreglada, los ojos delineados, el cabello perfecto, los labios rojos y un andar con elegancia que sólo está reservado para pocas. Falda, tacones, bolsa a juego, el epítome de la feminidad.

Su cuarto era especial. Recuerdo que me parecía un espacio grande, pero no lo era. Ella tenía su lugar justo al entrar, el primer espacio a mano derecha, y a un lado su cafetera y sus canastas llenas de medicinas y tés para menguar los cólicos menstruales o los dolores de estómago y cabeza. La mezcla del aroma de su perfume con el olor a tabaco y café eran parte de lo atractivo de llegar ahí.

La Ruca era consejera, doctora, refugio y cómplice. Entendía que era más importante escuchar que hablar, que era básico consolar antes que regañar, y se convirtió rápidamente en nuestra confidente. A ella acudíamos cuando alguien “se te tiraba” (te pedía que fueras su novia) o alguien “te cortaba” (unilateralmente daba por terminada la relación).

“Echarte la vaca” para ir a platicar con ella era usual. Había magia en su sola presencia. Era infaltable en las fiestas, los bailes en el Casino de los Leones, las graduaciones en el Campestre de Gómez. ¡Que rápido pasó el tiempo! Una vez que nos fuimos de Pereyra, la Ruca se quedó en nuestro corazón; íbamos a visitarla a su casa y fue parte de bodas, bautizos y reencuentros de generaciones.

No recuerdo cómo fue que ya con mis hijos adolescentes empecé a verla con más frecuencia. Sentadas en su cocina íbamos y veníamos en el tiempo; su extraordinaria memoria nos ubicaba. Gran anfitriona, siempre generosa, reservaba tesoros como sus galletas alemanas de Navidad llenas de especias, de cardamomo, jengibre y pasas.

Tenía una devoción por Alfredito y la Curry, sus padres, que, aunque ya no estaban, seguían presentes en cada rincón de su casa y de su corazón. Alfred, su sobrino, fue bálsamo para los días aciagos, fue motivación, fue ánimo para seguir adelant. Y es que ella lo abrazó como hijo al quedar sin su madre a corta edad.

Celebramos su vida cada cumpleaños. Se esmeraba tanto: flores, grandes platos de vol-au-vents rellenos de ensalada de pollo, gelatinas de betabel y de zanahoria, pasteles, postres… Era casa abierta y la gente iba y venía desde temprano a saludarla. Tenía magníficas amigas que la acompañaron siempre.

Fue una mujer de fe, cerca de Dios, cerca de los jesuitas desde muy joven. Hizo mucho trabajo comunitario y social, pero lo hizo como se debe, sin que la mano izquierda supiera lo que hizo la derecha.

Me hubiera gustado hurgar en sus grandes bolsas. Llevaba la vida ahí, un poco de todo, un poco de todos. Al escribir esto me parece escucharla con su voz ronquita decir una de esas palabras que a nadie se nos oyen bien, que sólo ella podía decir con gracia.

Ruquita, ve feliz al reencuentro con el Padre y no te olvides de nosotros. Sabemos que, como dijo el padre Enrique, tú estarás cuidándonos desde la Gloria.

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