Imagen: Unsplash/ Karina Thomson
Una conducta que ha alcanzado un alto grado de popularidad es la de sexualizar en su vestimenta, maquillaje y manera de conducirse a las niñas, a quienes los adultos a su cargo incluso llevan a participar en concursos que consisten en exponerlas a la vista de hombres y mujeres que gozan de este espectáculo y las juzgan.
Sin ir muy lejos tenemos la película Pequeña Miss Sunshine, que sigue la travesía de una niña de siete años cuya familia la acompaña a realizar su sueño de participar en una competencia infantil de belleza donde las concursantes aparecen maquilladasy vestidas como adultas, aunque la cinta muestra la perspectiva inocente de la protagonista, quien en realidad sólo desea formar parte de algo.
Las redes sociales han permitido la difusión de este tipo de eventos y han normalizado el que las menores se “vean” como adultas que incluso realizan bailes sensuales con mayor o menor recato, ante el beneplácito de adultos que les festejan estas conductas, exponiéndolas a abusos que van desde miradas lascivas y tocamientos hasta verbalizaciones procaces y acciones sexuales directas.
Una de las estrategias más socorridas es caracterizarlas como alguna de sus artistas favoritas, con frecuencia dejando ver parte de su cuerpo infantil camuflado como persona adulta.

ORIGEN DE ESTA PRÁCTICA
En su mayoría son las madres las que estimulan estas conductas. En estos casos es frecuente que existan antecedentes de normas de belleza impuestas a estas mujeres a temprana edad, por lo que crecieron bajo la presión de cumplir las exigencias de su tiempo. Es entonces que trasladan a sus hijas esas mismas expectativas, disfrazándolas de una manera que no corresponde a su etapa de desarrollo. Y no es que fomenten dichos estándares conscientemente ni a modo de crueldad, sino que lo hacen con un afán real de preparar a sus pequeñas para la “competencia” de la vida.
La madre puede caer en la rumiación de pensamientos y sentimientos de su pasado, transmitiéndolos —sin ningún criterio— a la hija como una forma de adoctrinamiento y cayendo en la ingenua creencia de estar haciéndole un bien, cuando sólo la está usando para alcanzar los objetivos que ella no logró para sí misma.
La presión a la que se ven expuestas quienes crecen de este modo es muy fuerte. Las emociones encontradas y ambivalentes las envuelven convirtiéndolas en “niñas-mujer” cuya conducta arrogante y competitiva termina con cualquier rastro de su infancia, lacual prácticamente pasará de largo para despertar una sexualización precoz en la adolescencia.

EL CUERPO ES DE QUIEN LO ADMIRA
“Mira nomás qué bonito cuerpo, tus ojos; toda tú”. “Lindezas” como esta acompañan el andar de las niñas-mujer por un mundo que quiere devorarlas. Se ven asediadas y observadas, no como personas, sino como objetos sexuales a poseer. La inseguridad asoma a su mirada y una conducta hipervigilante las hace perder el sueño por evocar los acosos que a diario viven en la calle, la escuela, los centros de reunión, etcétera.
Sus iguales, los varones, viven en otro tipo de limbo: muchos son hipersexualizados con la complicidad de sus padres, quienes admiran cómo sus retoños se van convirtiendo en adolescentes diestros en el arte de la depredación humana.
Para ellos, todas las ventajas; para ellas, la autocontención, el silencio y el menosprecio. Si la chica traía la falda corta al ser acosada o abusada, entonces “ella se lo buscó”. La responsabilizan por la conducta de su par opuesto.
Cualquiera que conozca el lenguaje mágico de la seducción —“¿Quieres ser mi novia?”— podrá abrir mágicamente la puerta hacia la sexualidad precoz.
Cada día es más temprana la etapa de iniciación sexual y embarazos en niñas y jovencitas que, muchas veces, fueron presionadas, orilladas a verse inmersas en ese juego de los sexos. En este contexto es importante destacar que el que una menor consienta una relación no significa que esté realmente consciente del impacto que esta decisión puede tener en su vida.
“Hay que dejar que vivan sus experiencias” es un argumento frecuente entre padres que después ya no logran crear un mecanismode contención ante la impulsividad sexual de sus hijos, que exige la satisfacción inmediata.

LAS CICATRICES EN LA ADULTEZ
Una vez que las otrora niñas-mujeres alcanzan la adultez, comienzan las disfunciones sexuales. Ha sido tanto el sometimiento y la expectativa de ser complaciente que aparece la dificultad para conectarse con el deseo y el orgasmo.
La mujer expuesta a la sexualización infantil también puede experimentar dismorfia corporal, rechazando su cuerpo por considerarlo insuficiente o feo, particularmente al dejar atrás las características físicas de una jovencita.
El vínculo relacional con sus parejas se mantendrá en desequilibrio, aceptando “lo que caiga”, pues “así es la vida y no hay nadaque hacer”. El derrotismo rodeará muchas de sus actitudes.
Por otra parte, una manera en que se manifiesta y se perpetúa la sexualización infantil es el uso de características aniñadas como elementos para seducir. Las redes sociales están llenas de imágenes, textos y videos donde mujeres adultas se visten como adolescentes ingenuas y disponibles. Esta moda ha permeado al grado de convertirse en una estrategia para conseguir admiradores masculinos e incluso una pareja.
Pero verse inocente, con un tono de voz infantilizado y abierta a cualquier tipo de acoso son conductas que encapsulan el eterno rolde sumisión que tanto rechazan las mujeres que buscan ser reconocidas como personas y no como cuerpos dispuestos únicamente a complacer.
La labor de rescate de las mujeres que están pasando por las consecuencias de la sexualización infantil es atenderse profesionalmente con expertos en conducta humana que les permitan encontrar caminos maduros de crecimiento. Este consejo también sirve tanto para padres criadores como para sus pequeñas niñas y adolescentes, ya que la psicoterapia individuales una de las alternativas más exitosas para romper con ciclos dañinos que han de dejar de repetirse generación tras generación.
sexologosilvestrefaya@hotmail.com