Pocas frases se han repetido tanto como ésta del crítico de la cultura Fredric Jameson: "Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo". Hasta el apocalipsis es negocio. Desde que alguien contó la primera historia de miedo al calor de una fogata, el ser humano disfruta con el espanto que puede superar. Los profetas new age, la ciencia ficción y Hollywood no dejan de imaginar vistosas maneras de acabar con el mundo.
En diciembre de 2012 México fue sede del "apocalipsis maya". Un bajorrelieve del sitio arqueológico de Tortuguero, Tabasco, parecía anunciar el fin de los tiempos. La mala noticia cautivó a mucha gente. A principios de ese año fui a Chichén Itzá para filmar un episodio de la serie Piedras que hablan y supe que los cuartos de todos los hoteles ya estaban reservados para presenciar el cataclismo de diciembre. La lógica del turismo parecía ser la siguiente: "Si todo se va a acabar, más vale verlo en primera fila".
Según sabemos, la realidad todavía existe, pero todo indica que pronto cambiará, no por una alineación de los planetas, sino por la inteligencia artificial.
Estamos ante una herramienta que llegó para quedarse y ofrece beneficios incuestionables. Hace unos días, logró que manuscritos carbonizados en la erupción del Vesubio, en el año 79, fueran legibles. El contacto humano habría destruido un material tan frágil.
Pero las ventajas de la inteligencia artificial tienen efectos secundarios. Hace poco estuve en la ciudad de Austin; todos los taxis que vi tenían piloto automático. ¿Qué pasó con los choferes? Numerosos oficios están siendo sustituidos por las máquinas.
Los heraldos de la nueva tecnología aseguran que aparecerán nuevos empleos, pero no precisan cuáles serán. Yuval Noah Harari lo ha expresado con claridad: la bomba atómica es un peligro tan evidente que se crearon protocolos para controlarla; desde 1945 hay una clara conciencia de su capacidad letal. En cambio, la IA y el ecocidio pertenecen a los riesgos que podemos posponer: el planeta no se acabará con el siguiente like ni con la siguiente botella de plástico. El problema, insiste Harari, es que la sigilosa suma de esos daños no se presenta como lo que es: algo urgente.
De acuerdo con la propia IA, el proyecto Stargate de Estados Unidos recibirá una inversión de 500 mil millones de dólares. Su único competidor es China. Estamos ante un nuevo horizonte. Estados Unidos ha tratado de refrendar su poder con una errática política de guerra, cuyo saldo más humillante fue la derrota en Irán. Mientras tanto, China ha ampliado sus mercados y fortalecido sus alianzas con Japón y Corea del Sur. Sin estridencias, la nación de Confucio domina el tráfico fluvial planetario, tiene el 80 por ciento de la energía solar, el 85 por ciento de la producción de baterías y el 70 por ciento de los trenes de alta velocidad. ¿Y los robots? El 54 por ciento de la población cibernética mundial recibe órdenes en el idioma de Lao-Tse.
Lo decisivo es que China no sólo impulsa la creación de códigos de software, sino que prevé los impactos sociales que tendrán. En 2025, el Partido Comunista Chino lanzó la iniciativa "IA+", que pone a la tecnología en el centro de las políticas públicas. A tono con la burocracia futurista del socialismo, presentó un plan quinquenal para fomentar la innovación y rediseñar la sociedad en su conjunto.
A diferencia de lo que sucede en Occidente, China anticipa de qué manera se resolverá el desempleo y cómo lidiará con los impactos psicológicos de un entorno donde los jefes, los médicos, los periodistas, los traductores y tal vez las parejas serán artificiales. El plan presta especial atención a las reacciones emocionales de los ciudadanos y aspira a detectarlas con algoritmos operados por el gobierno. Obviamente, el diseño de este ciberpaís tiene un componente autoritario. La población se insertará con eficacia en el nuevo tejido social, pero será aún más controlada. Ya desde 2020, el Partido Comunista Chino había establecido que los datos digitales son un recurso público y no una mercancía.
La frase de Jameson podría dejar de tener sentido. El comunismo de libre empresa traerá una sociedad inédita. Mientras tanto, en Occidente, los usuarios se convierten en mercancía: carne para las máquinas.