No he querido sustraerme -por momentos- a la alucinación colectiva de este mundial de futbol. No olvido que México es un país desgarrado por el dolor. Un dolor infligido, en gran medida, por un régimen que desde hace siete años ha destruido las instituciones del país y la vida de cientos de miles de familias. Pero me ha emocionado la festiva esperanza que millones de personas depositan en el equipo tricolor. Lo que se reveló dentro de la cancha es lo de menos. Ya no importa si son muy buenos o si llegan a avanzar mucho más allá en el torneo. Lo que se reveló fuera de la cancha es lo importante: esas ganas que tenemos los mexicanos de gritar nuestro amor a México. Sé que el régimen lo está usando -como utiliza todo- para capitalizarlo políticamente. Pero la gente no grita ¡Viva Morena! La gente grita, todavía grita, ¡Viva México! Pensando en ellos escribo estas líneas.
Es lindo ver jugar a los porteros. Han sido los héroes efímeros de este mundial, también efímero.
Tiene su linaje literario el puesto de portero. Vladimir Nabokov jugó en esa posición en Rusia y más tarde en su exilio, en Cambridge. En Habla, memoria (su autobiografía) se describió a sí mismo como "un portero excéntrico, pero bastante espectacular". Llegó a escribir un poema sobre esa posición. Quizá de allí extrajo Peter Handke, Premio Nobel de Literatura en 2019, el título de su libro El miedo del portero al penalti.
El desempeño sobresaliente de los porteros me ha llevado a evocar estampas del pasado. En el viejo estadio de la Ciudad de los Deportes y en Ciudad Universitaria vi a Antonio "la Tota" Carbajal, portero, del León, que jugó en cinco copas mundiales. Su virtud específica era rara y difícil: adivinar la trayectoria del balón para colocarse en el lugar preciso. También vi a Jaime "el Tubo" Gómez, arquero del Guadalajara, quien alguna vez, aburrido del juego, se sentó a hojear un Memín Pinguín. Pero ninguno opacó el recuerdo del peruano Walter Ormeño, portero del América a principio de los sesenta.
"El famoso Ormeño", me dijo Mario Vargas Llosa, que lo había visto jugar en el Alianza de Lima. En aquellos tiempos en que no se usaban guantes y a veces ni siquiera rodilleras, Ormeño (que medía 1.92) salía a la cancha vestido con una holgada camisa de manga corta y reluciente color lila, y unos calzoncillos negros. La gente lo bautizó como "La pantera negra". Era maravilloso verlo volar entre los postes, despejar el balón, ordenar a sus defensas o alzarse majestuosamente sobre los delanteros para agarrar (palabra exacta) la pelota. Su rostro era hierático, como el de un sacerdote inca oficiando una ceremonia sagrada.
Como portero, no fui ni excéntrico ni espectacular, pero, para emular a Ormeño, a los trece años decidí ser portero, compré (en "Pinedo Deportes") un balón de cuero que frotaba con sebo todas las noches y hacía que mi hermano Jaime me "chutara" tiros interminables en nuestro pequeño jardín (mi hermana Perla nos servía de recogebolas). Esa fue mi posición en los partidos que disputábamos en el Colegio Israelita (por ejemplo, contra el Instituto Luis Vives) y luego en la liga de la Facultad de Ingeniería, contra equipos que contaban con magníficos jugadores de la Liga Española. Con el paso de los años y las décadas aquella afición mía se fue apagando, pero persistió en mis hijos y ahora en mis nietos que, por fortuna, juegan en posiciones distintas a la del portero. Tienen razón: ¿por qué sufrir?
Alguna vez publiqué un pequeño artículo declarando que, de conocer a Ormeño, le pediría un autógrafo. El encuentro ocurrió. "Le debo muchas alegrías", le dije. Me dio su autógrafo. Murió poco después, a los 93 años de edad. Noté que era un hombre melancólico. Quizá es la condición psicológica del portero. Pienso en el silencio que los envuelve cuando el juego ocurre a lo lejos, en la cancha enemiga. Aquella vaga inquietud de saber que el peligro regresará como el oleaje, y que será preciso enfrentarlo. O en el momento del penalti, antesala de la gloria o el infierno. Y esa impotencia de no poder meter goles. Y la condena de solo servir para evitarlos. Ese destino defensivo. Porque el futbol es un juego de conjunto para diez, no para once. Hay uno que juega solo: el portero. Nabokov lo sabía:
El portero es un águila solitaria,
un hombre misterioso,
el último defensor...
ÁTICO
A pesar del régimen destructor, el mexicano busca expresar su alegría y su esperanza.