La sutil esencia de la felicidad
La eterna pregunta de ¿qué es la felicidad? aparece sin avisar, sin haber hecho nada especial para pensar en ello. Una mañana te lo planteas así porque sí y empiezas a revisar de dónde surge la inquietud. Vas a las conversaciones de los últimos días, a las lecturas que te acompañaron, volteas a ver a tu alrededor tratando de encontrar qué suscita por enésima ocasión el planteamiento.
Pensar en la felicidad es pensar en la manera en que vivimos, la edad en la que nos encontramos, los miedos que nos acompañan, el trabajo personal que hemos realizado, lo satisfechos o insatisfechos que estamos con los resultados de nuestras acciones. Es también evaluar el lugar obtenido en los sistemas donde interactuamos, las personas a las que hemos dado cabida en nuestra vida y qué tanto hemos logrado de las expectativas que teníamos de nosotros mismos.
Me imagino a la felicidad como un árbol sostenido por un gran tronco que se afianza a la tierra con raíces entreveradas. En esta imagen encuentro que la felicidad son los frutos de ese árbol, mientras que las ramas y el tronco son las decisiones que hemos tomado y las raíces son los valores que nos han permitido crecer.
La felicidad no es la alegría desbordada, ni la ilusión más sentida, ni la suerte que nos ha favorecido, ni el re conocimiento que tenemos de los demás. La felicidad es algo más sutil, como la estela de un perfume, como ese instante divino donde reconoces tu pequeñez ante la magnitud de la creación divina, como cuando estás bus cando un nombre que no recuerdas y de pronto surge y te alegra el solo darte cuenta de que ahí estaba.
Entiendo que tenemos muchas ideas heredadas, aprendidas, que pertenecen a patrones culturales con los que hemos crecido. Algunos podrán parecerse, otros serán diametralmente opuestos, por lo que la felicidad puede tener muchas definiciones, dimensiones y modos de expresarse, aunque sea difícil de entender sin relativizar, porque por desgracia ese pudiera ser el camino más frecuente para descalificar lo que otros creen o sienten.
Somos resultado de todos y cada uno de los segundos, minutos, horas y días vividos. El lienzo de nuestras vidas se ha pintado de formas, colores, sensaciones que son totalmente personales. Ciertamente hay convencionalismos y estamos sujetos a normas y hábitos que se han vuelto incuestionables: ¿Cómo no vas a sentir felicidad cuando tu hijo nace, se gradúa o se casa? ¿Cómo no vas a ser el más feliz cuando te dan de alta después de haber cursado una enfermedad? ¿Cómo no vas a saltar de alegría cuando te entregan la llave de tu primera casa? Pero entonces estamos refiriéndonos a reacciones de algo que está fuera de nuestro control, y si esperamos que la felicidad provenga del exterior, ese estado de satisfacción será eventual. En cambio, si la buscamos en la fuente interna, viviremos perennemente nutriéndonos de ella, sí, activada y exacerbada por momentos, pero presente incondicionalmente.
Para el Tao, la felicidad no es un estado efímero, sino un estado del ser. Hay una fuerza universal que al equilibrarse con la fuerza del Universo que guía la vida, permite adquirir una felicidad duradera que es mucho más profunda.
Cito lo anterior para poder plantear el concepto de felicidad profunda. Por profunda no se entienda que es complicada o difícil de alcanzar, sino más bien aquello que no se va con facilidad; la felicidad que no se busca con desesperación, que no es una construcción elabora da a partir de dinero o dependiente de que otras personas la generen. Profunda significa que siempre está en ti.
No luchemos ni forcemos nada para alcanzar la felicidad, vivamos sin atarnos a ideas cuadradas de ser felices cuando reunamos una serie de condiciones. Seamos felices solo porque sí, seamos simples y humildes; tanta sofistica ción ideológica y material agota el espíritu. Démosle importancia a lo que realmente vale la pena, todo lo demás nos genera ansiedad y por lo tanto nos aleja de la felicidad.