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La vaca en mí

Juan Villoro

Hay diversas maneras de sobrellevar la molestia de tener dientes. Nací en una época entusiasmada con la penicilina: al primer estornudo, te daban una dosis. Como de costumbre, los efectos secundarios tardaron en aparecer. Uno de ellos fue el debilitamiento dental, lo cual significa que pasé los momentos más memorables de mi infancia en el dentista.

Mi doctor había perdido una pierna, algo en sí mismo aterrador, y tenía una enfermera que se desmayaba al ver una jeringa. Por esa razón se negaba a usar anestesia (a la distancia, creo que era un sádico dispuesto a trepanar con el mayor daño posible).

Empecé la tortura a los seis años. "¡Cierras los puños como boxeador!", me elogiaba mi verdugo. Al terminar, mi madre me compraba un cochecito a escala en Sears. Llegué a tener una colección bastante apreciable, que me llevó a odiar el automovilismo.

Los años pasan pero los problemas, como indica la primera ley de la termodinámica, solo se transforman. Ignoro si existe un grupo de apoyo para personas con implantes dentales. Lo pregunto porque el tema me ha revelado interesantes aspectos de la condición humana.

Mi actual doctora, del todo distinta a mi primer torturador, me dijo que debía insertar un poco de hueso en la encía para colocar un implante. El procedimiento me pareció abstracto hasta que pregunté el origen del hueso. "Hay de humano y de vaca", fue la respuesta.

La posibilidad de tener en el cuerpo algo de otro animal me llevó a mi reacción favorita: la duda. Pedí unos días para reflexionar.

Fiel a mi signo del zodiaco (Libra) puse el tema en la balanza. En otras palabras: le pregunté a todo mundo qué me convenía. Para mi sorpresa, los primeros encuestados fueron molestamente concretos. Quisieron saber cuál de los dos implantes era más barato y cuál duraba más. Me decepcionó hablar con personas tan materialistas. En mi opinión, el predicamento era biológico y ético.

Para estimular a mis interlocutores, les conté lo que me había dicho Roberto Bolaño poco antes de morir. Durante mucho tiempo, el autor de Los detectives salvajes había sido candidato a un trasplante de hígado, pero se negaba a firmar el protocolo correspondiente. Su tipo de sangre no era muy común, lo cual actuaba en su contra, pero vivía en España, uno de los países con mayor cantidad de donantes y con mejor salud pública. La operación podía llevarse a cabo y dependía de su deseo.

Roberto retrasó el trámite hasta los primeros meses de 2003. Cuando finalmente se resignó a firmar la solicitud, expresó su temor de que le pusieran el hígado de un seminarista: "¿Y si me vuelvo bueno?", preguntó con malicia.

El escritor chileno había vivido con notable singularidad, orgulloso de su sangre poco común y de no parecerse a nadie. Le inquietaba tener en el cuerpo un órgano ajeno. Esa preocupación lo acompañó hasta las vacaciones de Semana Santa, cuando fue relevada por otra: "Alguien está muriendo en una carretera para que yo tenga su hígado", me dijo en una de sus últimas llamadas telefónicas. El asunto cobraba un sesgo macabro.

En cualquier circunstancia, Roberto veía algo más. El tema médico adquirió en su mente un sentido ontológico (¿seguiría siendo el mismo?) y moral (alguien debía morir para que él siguiera con vida). Firmó el protocolo con el suficiente retraso para que fuera inútil.

Al oír esto mis interlocutores me tomaron en serio. La disyuntiva de recibir un trozo de vaca o de humano no era un asunto meramente pragmático.

Pero está visto que nadie conoce a sus semejantes. Una vez más, las respuestas me desconcertaron. Lo sorprendente es que sólo supe cuál era mi preferencia cuando todos la rechazaron.

Me pareció horrible recibir un fragmento de alguien que podía tener hábitos y convicciones totalmente opuestos a los míos. La gente comete secuestros, asesinatos, guerras, fraudes y extorsiones. ¡Quería una vaca! En el peor de los casos, ese implante me transmitiría el tedio de estar en el campo y el hartazgo de dar leche a todas horas.

Las preferencias de mis conocidos perfeccionaron mi misantropía, a tal grado que, si ellos me donaran un hueso, no lo aceptaría.

Por suerte, la amistad no depende de intercambiar partes del cuerpo. Quienes me conocen, aceptan mis extravagancias, entre otras, según me han dicho, la de rumiar excesivamente las ideas y tener una mirada que comienza a ser bovina.

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Escrito en: Mhoni Vidente Signo del zodiaco Horóscopo Astrología

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