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La ventana abierta

Juan Villoro

ÁTICO

Parece lógico buscar superar el dolor escribiendo historias, pero a veces es más necesario un terapeuta que un tutor literario.

Hace años un amigo ya fallecido me pidió que orientara a su nieto en el vacilante terreno de la literatura: "Quiero saber si tiene madera de escritor", alzó el whisky que lo acompañaba en sus meditaciones, dando por hecho que yo aceptaba el encargo.

El siguiente viernes entré a un edificio donde el elevador estaba descompuesto. Llegué sin aliento al quinto piso.

El nieto de mi amigo era un chico de quince años y ojos insomnes, que parecían incapaces de cerrarse. Me preguntó los tres pasos para escribir un cuento. "No hay reglas precisas", dije, y me miró con decepción. "Todo tiene tres pasos", me refutó con seguridad. Recordé el orden narrativo que se menciona desde Aristóteles ("planteamiento, nudo, desenlace"), pero no quise darle la razón.

Le pregunté por sus autores favoritos y su respuesta me pareció estudiada: "La vida es un libro".

Sacó una bolsa de cacahuates y comió sin ofrecerme. Se rascó una muñeca con fuerza. Me vio como se ve a un pez en un acuario, un cristal de incomprensión me separaba de él.

Estábamos en febrero y un viento fresco llegó de algún sitio. Advertí que la ventana del fondo estaba abierta. Se lo dije a mi reacio discípulo.

"No podemos cerrarla", contestó. Volvió a rascarse, a punto de sacarse sangre. Con voz neutra, como si hubiera dicho mil veces lo mismo, contó que su madre se había tirado por la ventana. Su padre quería conservar el último gesto que ella tuvo en vida, el momento de liberación en que apartó el vidrio que la separaba del vacío. "Es un romántico", sonrió con melancolía.

De pronto, me pareció lógico que se rascara de ese modo y buscara superar el dolor escribiendo historias. Todo cobraba otro sentido.

Soy friolento y por suerte llevaba chamarra. El chico, en cambio, me había recibido en camiseta, acostumbrado a las bajas temperaturas del departamento. Esa sensación térmica revelaba una ausencia.

Me sentí incómodo. Él lo advirtió porque dijo una frase que pretendía ser irónica: "El elevador siempre se descompone; mi madre decía que se iba a acabar tirando por la ventana".

Decía "madre" en vez de mamá, en el tono construido de quien protagoniza una historia. Acepté su mirada fija y su frialdad de trato; eran señas de que buscaba controlarse de modo severo para sobrellevar una tragedia extrema. Lo compadecí, sin saber qué decirle.

En cambio, me molestó que mi amigo no me hubiera preparado para el encuentro. Era obvio que ese chico tenía más problemas que talento; no necesitaba un tutor literario sino un terapeuta. Yo no podía ayudar a "sacarlo adelante". La amistad exige sacrificios, pero ése era excesivo y además inútil.

Mientras guardábamos silencio pensé en el detallado reproche que le haría a mi amigo. Hay conflictos que al menos merecen ser contados; hasta ese momento, estaba ante una simple pérdida de tiempo.

Entonces el muchacho dijo: "Creo que cayó de cabeza; tenía cuatro fracturas en el cráneo". Me vio, como si quisiera cerciorarse de que recuperaba mi atención, y añadió en tono estudiado, difícil de asociar con alguien de quince años: "Hubo un detalle revelador: se puso sus zapatillas de ballet para saltar. Estaba obsesionada con eso. No llegó a ser profesional porque se embarazó de mí, pero bailaba a cada rato. Era lo único que le interesaba. ¿Quería bailar en el más allá?".

Una vez más su sonrisa resultó preocupante: "Cuando mi padre se resfría, se siente cerca de ella. Todo giraba en torno a mi madre, y nos dejó aquí, con la ventana abierta".

La temperatura bajó otro poco y pedí que cerráramos un rato la ventana, aprovechando que estábamos solos. "Ella debe seguir con nosotros, yo tampoco quiero cerrarla", por primera vez el muchacho habló con emoción.

Vi el cielo gris de la ciudad, enmarcado por la ventana fatal. Sobre una cómoda había un retrato. La madre sonreía, y esa felicidad lejana me produjo angustia.

Supuse que la reunión terminaría con la lectura de un texto que aventuré incomprensible. En eso, oí el ruido de la puerta y unas llaves cayeron al piso. Me levanté para saludar al padre, pero vi entrar a una mujer delgada, de mallas negras y zapatillas de ballet.

"¿No se están helando?", fue directamente a la ventana y la cerró. "¿No me digas que no te han ofrecido nada de tomar? ¿Crees que mi hijo pueda entrar a tu taller literario?", preguntó con una sonrisa franca.

El chico me dirigió una mirada de entendimiento.

No tenía nada que enseñarle.

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