¿Qué ocurre cuando una fuerza irresistible se topa con un objetivo inamovible?
Los gobernantes y los políticos administran y articulan proyectos de la más diversa índole, pero al final del día están constreñidos por el contexto tanto nacional como internacional en el que existen. Hoy México enfrenta una serie de dilemas que no están en el radar, pero que van a transformar al país, independientemente de lo que el gobierno o los políticos quieran o decidan.
Hay dilemas profundos y trascendentes y otros coyunturales, pero ambos se acumulan en la medida en que no se encaran.
El dilema más obvio se deriva del cambio tecnológico que en los últimos años dejó de ser lineal para convertirse en exponencial. Los debates que tienen lugar en el mundo respecto a la inteligencia artificial muestran la velocidad del cambio que sobrecoge a todas las funciones y actividades económicas y sociales. México no está “pensando” en términos del cambio que ya está aquí y para el cual no se está desarrollando la infraestructura necesaria.
Un segundo dilema radica en el cambio demográfico que ya nos rebasó. Hace tiempo que el país comenzó a envejecer, pero ahora la encuesta intercensal lo confirma: la tasa de natalidad ha declinado, colocándose por debajo de la tasa de reemplazo. La supuesta gran oportunidad de transformarse a través del llamado “bono demográfico” fue dilapidada porque nunca se construyó la capacidad educativa y de salud para sustentar ese optimismo. En vez de una economía altamente productiva que compense la circunstancia demográfica, lo que crece es la economía informal porque ahí se concentran las clientelas políticas. El tsunami que viene será brutal.
La educación es otro caso desperdiciado, en acelerado deterioro. No se requiere demasiada ciencia para comprender la vinculación entre los dos dilemas anteriores: el acceso a la tecnología y la urgencia de elevar la productividad. México corre el riesgo de acabar siendo un país viejo y pobre, la peor combinación imaginable. Y tampoco sorprenderá a nadie que la única forma de aminorar el riesgo de que esto ocurra depende de la formalización de la economía y su transformación en una plataforma que eleve la productividad de manera deliberada, para lo cual los factores cruciales son la educación, la infraestructura y la salud, tres de las lacras presupuestales (y conceptuales) de los últimos años.
A los dilemas “estructurales” antes mencionados se suman los más coyunturales que conforman el panorama nacional. Dos me parecen especialmente prominentes por su propensión a impactar la vida cotidiana en el futuro mediato. Uno es la cada vez más compleja relación con Estados Unidos; la otra son las crecientes fisuras políticas que caracterizan a todo el aparato político, los partidos y, en general, a la sociedad mexicana.
Por lo que toca a nuestro vecino del norte, México pasó de ser percibido como la esperanza y la oportunidad de convertirse en una nación desarrollada en los noventa (con la asistencia norteamericana a través del TLC), a una nación prácticamente fallida en el presente. Si bien su gobierno actual se caracteriza por una inusual estridencia, su perspectiva es representativa de buena parte del establishment estadounidense.
Para México —el gobierno así lo reconoce— es evidente la trascendencia del tratado comercial, al cual han dedicado vastos recursos humanos, regulatorios y retóricos (no siempre útiles...). Sin embargo, sigue sin entenderse que los objetivos, conceptos y valores que animaron la cercanía hace cuatro décadas ya no están vigentes. Como dice Arturo Sarukhán, México requiere comprender y adoptar el marco conceptual, y su consecuente nuevo lenguaje, que empate el paradigma de seguridad que hoy domina la visión norteamericana, así como aceptar que el contubernio con el crimen organizado es un obstáculo infranqueable. Sin eso, el T-MEC será historia.
Finalmente, uno debería preguntarse si es factible encarar desafíos y dilemas tan profundos, trascendentes y fundamentales dado el panorama político que nos caracteriza. México está polarizado y dividido no sólo por diferencias en el desempeño económico y social, sino sobre todo como resultado de una estrategia expresamente concebida para ello. Esa estrategia permitió dos triunfos electorales para el partido hoy en el gobierno, pero constituye una plataforma por demás pobre para lo que viene.
Las divisiones y grietas no son sólo retóricas. Las nominaciones de candidatos de Morena exhibieron las fracturas que lo caracterizan, así como sus propias limitaciones. El desprestigio y pobre liderazgo de los partidos de oposición no contribuyen a mejorar el escenario. Las debilidades son mucho mayores que las fortalezas, en todos los planos, y no hay liderazgo susceptible de sumar. Los frentes abiertos se multiplican sin acción y, sobre todo, sin capacidad de reacción.
Esta no es la primera vez que el país enfrenta dilemas trascendentes, pero es sin duda la primera vez en la era que nos ha tocado vivir en que se conjuntan las debilidades políticas con la aceleración del cambio tanto interno como externo. Como dice Edmundo O’Gorman, “Desde la independencia, nuestra historia se ha debatido en un dilema que recuerda el de Hamlet: querer ser de un modo y no querer serlo cabalmente”.
Tiempo de decidir y actuar.