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LITERATURA

Las escritoras que tuvieron que firmar en masculino

El camino para que la palabra femenina fuera leída

Imagen British Library.

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SERGIO ARÉVALO

Imagine que su hija o sobrina anhela ser escritora. Desea compartir sus ideas y ser una autora publicada por alguna editorial importante a nivel global, pero ¿el problema número uno para cumplir su sueño? Escribir es cosa de hombres.

Han pasado más de cuatro mil años desde que En heduanna, gran sacerdotisa de la antigua Mesopotamia, escribiera himnos y poemas religiosos que hoy son considerados los primeros textos conocidos que fueron firmados por su autor. Su obra más célebre, La exaltación de Inanna, ha llevado a numerosos especialistas a considerarla la primera escritora de la historia. Posiblemente existieran otros y otras antes que ella, pero hoy en día es el referente más antiguo que se tiene.

Resulta curioso que la primera autora de la que tenemos registro haya sido una mujer y que, durante los siglos posteriores, tantas otras vieran limitado su acceso a la educación, la publicación y el reconocimiento. Muchas de sus obras se perdieron con el tiempo. Unas escritoras permanecieron en el anonimato y algunas más tuvieron que esconderse detrás de un nombre masculino.

En los últimos años hemos sido testigos de importantes avances en materia de igualdad de género. Las mujeres ocupan espacios que durante generaciones parecieron reservados para los hombres. Carreras universitarias que antes eran predominantemente masculinas hoy cuentan incluso con una mayor presencia femenina. México tiene por primera vez una presidenta, un hecho que hace apenas unas décadas habría parecido impensable para muchos. Sin embargo, el camino para llegar hasta aquí ha sido largo.

El primer texto conocido que fue firmado por su autor fue un poema de Enheduanna, sacerdotisa de la antigua Mesopotamia. Imagen Wikimedia Commons.
El primer texto conocido que fue firmado por su autor fue un poema de Enheduanna, sacerdotisa de la antigua Mesopotamia. Imagen Wikimedia Commons.

LAS QUE SE ABRIERON PASO

Hoy recorremos una librería y encontramos autoras de prácticamente todos los géneros literarios de distintas nacionalidades. Parece algo natural —y no tendría por qué no serlo—, pero durante mucho tiempo no lo fue. Hubo épocas en las que una mujer que sabía escribir difícilmente podía aspirar a publicar, al menos no con su propio nombre. La única alternativa era esconderse tras un seudónimo masculino o utilizar simples iniciales para evitar el prejuicio.

Las historias de las grandes escritoras conocidas hoy en día, como lo son Jane Austen (Orgullo y prejuicio, 1813), Gabriela Mistral (Desolación, 1922) —quien ganó el Nobel de Literatura en 1990—, Virginia Woolf (La señora Dalloway, 1925), Agatha Christie (Y no quedó ninguno, 1939), Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano, 1951) o Toni Morrison (Beloved, 1987), tienen algo en común: incursionar y avanzar en el oficio de las letras se les dificultó desde sus respectivos escenarios por el simple hecho de ser mujeres.

No era solamente una cuestión editorial. Durante siglos se creyó que el género femenino debía limitarse al hogar y a la familia. La filosofía, la política, la ciencia, el arte o la literatura eran considerados territorios masculinos. Si una mujer escribía sobre esos temas, muchos críticos asumían que su obra sería inferior incluso antes de leer una sola página.

Además, el acceso a la educación era profundamente desigual. Hasta finales del siglo XIX la mayoría de las jóvenes no podían ingresar a las universidades o recibían una formación muy limitada. Aun así, muchas encontraron la manera de aprender por su cuenta.

En México, Sor Juana Inés de la Cruz representa quizá el mejor ejemplo. Gracias a su vida conventual pudo acceder al conocimiento y desarrollar una obra que hoy es fundamental para la literatura en español. Sin embargo, ni siquiera ella escapó a las presiones de su época. Su defensa del derecho de las mujeres a pensar y estudiar provocó la censura de las autoridades eclesiásticas, que terminaron por limitar su actividad intelectual.

La historia ofrece otros ejemplos aún más dolorosos: Marguerite Porete fue condenada por la Inquisición y murió en la hoguera debido a sus ideas religiosas; Olympe de Gouges, autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, fue encarcelada y guillotinada du rante la Revolución Francesa; siglos después, la escritora egipcia Nawal El Saadawi también sería encarcelada por denunciar la opresión de las mujeres y cuestionar al poder.

Desde Jane Austen hasta Toni Morrison tuvieron problemas para incursionar en la literatura por el solo hecho de ser mujeres. Imagen Britannica.
Desde Jane Austen hasta Toni Morrison tuvieron problemas para incursionar en la literatura por el solo hecho de ser mujeres. Imagen Britannica.

FIRMAR EN MASCULINO

No todas fueron perseguidas de esa manera. Muchas simplemente comprendieron que, si querían ser leídas, tendrían que renunciar a su nombre, perder parte de su esencia para ser alguien más y no tener problemas con la sociedad o, incluso, con sus propias familias y esposos.

Mary Ann Evans usó el seudónimo de George Eliot y escribió Middlemarch (1872), considerada una de las grandes novelas de la lengua inglesa. Las hermanas Brontë adoptaron los nombres de Currer, Ellis y Acton Bell para publicar sus primeras obras. Cecilia Böhl de Faber eligió llamarse Fernán Caballero para abrirse paso en la litera tura española. Karen Blixen publicó Memorias de África (1937) como Isak Dinesen.

En España, María Lejárraga firmó todos sus libros bajo el nombre de su marido, Gregorio Martínez Sierra. Sus obras fueron estrenadas en los mejores teatros del mundo, pero en su momento la sociedad concebía a las mujeres únicamente como las amas del hogar, cuidadoras y siempre bajo la tutela del padre o tutor.

El problema no era la calidad de sus libros. El problema era quién los firmaba. Los propios editores sabían que una obra escrita por un hombre tenía mayores posibilidades de venderse y recibir mejores críticas. Por eso, en tiempos mucho más recientes, la editorial de Joanne Rowling, autora de la saga de Harry Potter, decidió que apareciera únicamente como J. K. Rowling, convencida de que muchos niños desearían con mayor facilidad leer una novela si no identificaban de inmediato que ha bía sido escrita por una mujer.

Virginia Woolf resumió esta realidad con enorme claridad en Una habitación propia (1929): concluyó que para escribir libremente, una mujer necesitaba independencia económica y un espacio propio, dos privilegios que durante siglos les fueron negados.

Gabriela Mistral es una de las 18 mujeres que han obtenido el Premio Nobel de Literatura. En la foto está recibiendo el premio Serra de las Américas. Biblioteca Digital de Chile.
Gabriela Mistral es una de las 18 mujeres que han obtenido el Premio Nobel de Literatura. En la foto está recibiendo el premio Serra de las Américas. Biblioteca Digital de Chile.

GENERACIONES DE LUCHA

Afortunadamente, la historia también habla de avances. Durante el siglo XX, autoras como Simone de Beauvoir, Toni Morrison, Elena Garro, Rosario Castellanos, Alice Munro o Han Kang demostraron que las mujeres no sólo podían ocupar un lugar central dentro de la literatura, sino transformar la manera en que entendemos el mundo. Hoy son dieciocho las escritoras que han recibido el Premio Nobel de Literatura. Puede parecer una cifra pequeña frente a más de un siglo de galardones, pero detrás de cada uno de esos reconocimientos existe una larga historia de mujeres que lucharon contra el anonimato, la censura y el prejuicio.

La próxima vez que tome un libro firmado en femenino, recuerde que durante siglos muchas de ellas tu vieron que esconder quién eran para que alguien leyera sus palabras. Que hoy una autora firme con su propio nombre parece algo natural, pero es el resultado del talento, la perseverancia y la valentía de generaciones enteras que se negaron a dejar de escribir.

Instagram: @sergioharevalo

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