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Las niñas del naranjel: Catalina de Erauso y el territorio de las palabras

En esta novela de Gabriela Cabezón Cámara, la Monja Alférez (Catalina de Erauso), disfrazada de soldado, escapa del ejército español y se refugia en la selva entre comunidades guaraníes, donde aprende el lenguaje de la selva.

Miracle Fruits, por Hulda Guzman. Crédito: Artishock

Miracle Fruits, por Hulda Guzman. Crédito: Artishock

RUTH CASTRO
RUTH CASTRO

Durante siglos, la Conquista se narró desde la voz de quienes escribían las crónicas. Las niñas del naranjel, de Gabriela Cabezón Cámara (Random House, 2023), entra en esa tradición para desmantelarla. La novela parte de un personaje documentado y de un episodio reconocible del periodo colonial, pero rehúye la reconstrucción histórica para explorar aquello que los archivos apenas dejan entrever. Entre la ficción y la memoria, entre la historia y la imaginación, la autora construye un relato que reorienta continuamente el punto de vista y cuestiona las formas en que seguimos narrando el pasado.

LA HISTORIA SE MUEVE DE LUGAR

La elección de Catalina de Erauso como punto de partida parece anunciar otra reescritura de la conocida Monja Alférez, aquella mujer que huyó del convento y se hizo pasar por hombre para ganar su libertad.

Sin embargo, el relato desarma pronto esa expectativa. Antonio —uno de los nombres masculinos con el que Catalina atraviesa una parte de su vida— abandona el ejército español y encuentra refugio en la selva en una comunidad guaraní. A partir de ese movimiento, la Conquista deja de organizar el relato desde la lógica de los vencedores y comienza a observarse desde un espacio donde otras relaciones con el territorio, el tiempo y la convivencia adquieren protagonismo.

La historia avanza mediante una larga carta dirigida a la tía Úrsula, pero esa escritura no permanece intacta. Dos niñas guaraníes leen, preguntan, interrumpen, corrigen y juegan con el relato. Gracias a ellas, la memoria ya no se presenta como un testimonio definitivo y adquiere la forma de una conversación. La autoridad de quien escribe se diluye porque la experiencia ya no pertenece a una sola voz, sino que se construye en el intercambio con quienes escuchan.

La estructura de la novela responde a esa misma lógica. Los tiempos se entrecruzan, los recuerdos irrumpen sin obedecer una cronología estricta y el pasado dialoga continuamente con el presente de la escritura. Desde ahí, Cabezón Cámara explora la manera en que las historias se cuentan, se discuten y se transforman cada vez que alguien vuelve a narrarlas.

LAS PALABRAS DEL CONQUISTADOR

La Conquista transformó territorios y cuerpos, pero también reorganizó el lenguaje. La novela sitúa ese proceso en el centro del relato al mostrar cómo ciertas palabras dejan de nombrar únicamente conceptos religiosos para convertirse en instrumentos capaces de ordenar el mundo. Dios, pecado, salvación, idolatría, civilización o barbarie funcionan menos como categorías espirituales que como una gramática del poder.

A medida que se adentra en un universo regido por otras relaciones con el territorio, los animales y lo sagrado, las palabras que Antonio había aprendido comienzan a perder eficacia. Su convivencia con las niñas guaraníes pone en evidencia que aquello que él consideraba universal pertenece, en realidad, a una tradición cultural determinada. No se trata de cambiar un vocabulario por otro, sino de mostrar que toda lengua organiza una forma distinta de comprender el mundo.

A partir de ese cambio, la evangelización aparece entonces bajo otra luz y revela una de sus dimensiones más profundas: la sustitución de un sistema de significados por otro. La violencia va más allá de destruir templos o perseguir creencias, pues también se hace presente con la imposición de un lenguaje desde el cual unas prácticas pasan a llamarse superstición, unas divinidades se convierten en demonios y ciertos modos de habitar el mundo dejan de ser posibles.

Esa reflexión atraviesa toda la novela. Sin embargo, surge de los diálogos, de las dudas del narrador y, sobre todo, de la convivencia cotidiana entre personajes que nombran la realidad desde experiencias distintas. En este sentido, Cabezón Cámara permite que las ideas emerjan de la ficción y no al revés.

LA SELVA NO ESPERA SER CONQUISTADA

La selva ocupa un lugar poco frecuente dentro de la narrativa sobre la Conquista. No funciona como paisaje exótico ni como obstáculo para la empresa colonial. Mientras que Antonio aprende a habitar ese territorio junto a los guaraníes, el espacio adquiere una presencia que modifica la percepción, el lenguaje y la experiencia de quienes lo recorren.

Desde las primeras páginas, Antonio descubre que los conocimientos adquiridos en el ejército español resultan insuficientes para sobrevivir en ese hábitat. Lo que en Europa o en las ciudades coloniales parecía un saber incuestionable pierde eficacia frente a una forma distinta de relacionarse con la tierra. La disciplina militar debe ceder paso a la lectura de los ciclos del agua, al reconocimiento de las plantas, a escuchar a los animales y aceptar que el paisaje no gira alrededor de las necesidades humanas.

Retrato de Catalina de Erauso (hacia 1626), atribuido a Juan van der Hamen. Crédito: Wikimedia Commons
Retrato de Catalina de Erauso (hacia 1626), atribuido a Juan van der Hamen. Crédito: Wikimedia Commons

En ese sentido, el libro se aparta de una larga tradición de la literatura latinoamericana donde la naturaleza suele presentarse como un espacio que amenaza o pone a prueba a los personajes. La selva de Cabezón Cámara no es un enemigo ni una fuerza romántica; es una comunidad viva de la que los seres humanos forman parte. Su exuberancia no existe para ser conquistada ni para ofrecer una metáfora del exceso americano. Existe con independencia de quienes intentan apropiarse de ella.

La novela abandona la oposición entre civilización y barbarie, una dicotomía que durante siglos organizó buena parte de la literatura sobre América. La selva no representa el caos frente al orden europeo. Es, más bien, otro modo de organizar la existencia, uno donde las relaciones entre humanos, animales y plantas responden a lógicas que el pensamiento colonial apenas alcanza a comprender.

CAMBIAR DE NOMBRE

Catalina de Erauso no ha dejado de cambiar de nombre. La historia la recuerda como la Monja Alférez; la literatura la ha convertido en heroína, aventurera, impostora, precursora de distintas disidencias o simple excepción histórica. Esta novela no intenta fijar una interpretación definitiva de ese personaje histórico. Le interesa, más bien, seguir una identidad que se transforma al mismo tiempo que cambia el mundo que la rodea.

Antonio no aparece como un disfraz ni como una revelación definitiva. Es, ante todo, una forma de atravesar el mundo. Cambiar de nombre implica modificar la manera en que los demás leen el cuerpo propio, pero también la manera en que ese cuerpo aprende a relacionarse con el poder, la violencia y el afecto. Esta obra se aleja de las respuestas unívocas y prefiere mostrar una identidad en movimiento, siempre atravesada por las circunstancias, el deseo y la necesidad de sobrevivir.

En ese sentido, el travestismo funciona como una herramienta narrativa. Gracias a ello, Cabezón Cámara puede explorar los límites de categorías que la tradición ha presentado como estables: hombre y mujer, conquistador y conquistado, civilización y barbarie, naturaleza y cultura. Ninguna permanece intacta. Todas se resquebrajan cuando Antonio se aleja del ejército español y encuentra otras formas de convivencia.

La novela, entonces, rehúye del tono épico con el que tantas veces se ha contado la vida de Catalina de Erauso. Aquí interesa observar cómo una persona se transforma cuando abandona el lugar que le había sido asignado. La libertad es un proceso incierto, hecho de renuncias, aprendizajes y desplazamientos continuos.

Gabriela Cabezón Cámara al recibir el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2024 por su novela 'Las niñas del naranjel'. Crédito: UDG/ Fer Velazquez
Gabriela Cabezón Cámara al recibir el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2024 por su novela "Las niñas del naranjel". Crédito: UDG/ Fer Velazquez

UNA ESCRITURA QUE TAMBIÉN DESOBEDECE

El libro también cuestiona los relatos tradicionales sobre la Conquista desde su propia escritura. Gabriela Cabezón Cámara evita la solemnidad con la que suele narrarse el pasado colonial y construye una prosa donde conviven el lirismo, el humor, la violencia y la ternura. No hay voluntad de reproducir el español del siglo XVII ni de ofrecer una ilusión arqueológica del lenguaje. La apuesta es otra: encontrar una voz capaz de dialogar con el pasado desde la sensibilidad contemporánea sin perder densidad poética.

La carta que Antonio escribe a la tía Úrsula constituye el eje del relato, pero nunca se convierte en un monólogo cerrado. Las interrupciones de las niñas y la presencia constante del paisaje alteran el ritmo de la narración e impiden que la memoria se cristalice en una única versión de los hechos. La novela parece recordar que toda historia es, también, el resultado de quienes la escuchan, la discuten y la vuelven a contar.

A la par que Antonio se aleja del mundo colonial, también cambia la manera en que se describe cuanto lo rodea. La transformación ocurre menos en los acontecimientos que en el lenguaje con el que esos acontecimientos son narrados. El vocabulario de la Conquista cede espacio a una percepción cada vez más atenta del territorio, de los animales y de los vínculos entre quienes lo habitan.

La novela propone una lectura distinta de la historia mientras modifica también la forma en que esa historia puede ser narrada. Su escritura renuncia a las certezas, desconfía de las categorías heredadas y abre un espacio donde las identidades, las palabras y los paisajes permanecen en constante cambio.

Durante siglos, la literatura sobre la Conquista se ocupó de levantar monumentos: héroes, batallas, fundaciones, derrotas. Las niñas del naranjel trabaja en sentido contrario. Desliza el foco hacia aquello que permanecía en los márgenes: las voces de los pueblos originarios, las mujeres, el territorio, los afectos, las formas de nombrar el mundo. Muestra que toda historia depende del lugar desde donde se cuenta. Como lectores, acompañamos a Antonio-Catalina de Erauso en el tránsito hacia una comunidad donde las certezas dejan de ser el centro del relato y la imaginación se convierte en otra forma de conocimiento.

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