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Las pequeñas cosas

El maculí que crece en mi jardín como un adolescente, sin mucho orden y al margen de cualquier opinión externa, me enseñó el primer nido que lo ha escogido como hogar.

Las pequeñas cosas

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CECILIA LAVALLE

“Aunque pasen grandes cosas, las pequeñas no se detienen”, dijo Trevor Noah, cómico y comentarista político sudafricano. Y, acaso es una obviedad, pero resonó en mí porque, en efecto, a menudo las grandes ocupan mucho lugar.

Ahora mismo medio mundo parece estar en un punto de quiebre. Las cosas tal y como las conocíamos o las vivíamos cambian a pasos acelerados.

La guerras que Estados Unidos e Israel emprendieron contra Irán, por ejemplo. No sólo lleva su cauda de dolor y duelo a esa zona, sino que coloca nubarrones en el ámbito económico en todo el planeta.

Pero hoy, como ayer, salió el sol en mi pedazo de mundo, para anunciar un día nuevo. La perrita de mi vecina anunció que en esa casa las niñas se preparaban para ir a la escuela, y los pájaros iniciaron su clase de canto con todo entusiasmo.

El maculí que crece en mi jardín como un adolescente, sin mucho orden y al margen de cualquier opinión externa, me enseñó el primer nido que lo ha escogido como hogar. Y pude apreciar a un gran zanate parado en la punta: cabeza alzada, pecho afuera, mirada al horizonte, con actitud de “pobre de quien se acerque”.

En mi país, organismos internacionales le ponen foco, eco, cifras y recomendaciones a lo que cientos de miles de madres buscadoras gritan y decenas de organizaciones documentan. Y, como respuesta, la mezquindad, la falta de empatía, la estrategia de control de daños a la imagen pública.

A eso se suman los tambores de intervención que hace sonar el soberbio vecino, por todo eso que hace décadas se sabe, se padece o se infiere en prácticamente todo el territorio nacional.

Pero viajando por carretera dejé que se me llenaran los ojos y el corazón de los distintos verdes que resguardaban mi camino. Árboles de gran tamaño junto a pequeños arbustos. Árboles de tronco grueso y raíces viejas, junto a jóvenes imberbes creciendo a su cobijo.

Y a ratos me pareció que saludaban. Un árbol cuya gran copa daba sombra a un tramo de la carretera, me hizo pensar en la inclinación cortés de un caballero del siglo XIX; las ramas de otro se agitaban con el viento como quien se despide efusivamente mientras un autobús o un tren se aleja. Otros parecían estar ahí, impávidos, cual guardias que custodian a una reina.

Mi sobrina recibió un diagnóstico, ya esperado, de autismo para su hijo, y ella y su esposo nos comunicaron la noticia sin pizca de desánimo, con enorme amor y compromiso. Y días después nos compartieron fotografías donde la enorme sonrisa del pequeño ilumina todo.

Otra de mis sobrinas comparte los nuevos aprendizajes de su hijita que tiene nombre de reina rusa y se comporta con esa misma determinación. No obstante, cuando dice “Ceci” a mí me derrite el corazón.

Veo a mi hija trabajar con entrega y dedicación; tomar decisiones, organizar a su equipo, hacer frente a imprevistos y sonreír con esa sonrisa suya que es un sol.

Sí, aunque pasen grandes cosas, las pequeñas no se detienen. Y mi lección es: pese a las grandes, son “las pequeñas” las que más importan, porque el sentido de la vida está justo ahí.

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Escrito en: pequeñas cosas Cecilia Lavalle

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