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Lealtad

J. SALVADOR GARCÍA CUÉLLAR

La lealtad es un término relativo, pues se trata de la relación de un sujeto con respecto a otro. Aunque hoy la entendemos como fidelidad voluntaria hacia una persona, causa o institución, su origen etimológico remite al cumplimiento de la ley: proviene del latín legalitas, derivado de lex, es decir, Ley. Originalmente no se trataba de una fidelidad personal, sino de la adhesión a un marco legal.

Durante la Edad Media, el concepto se desplazó de la ley a la figura de la autoridad. El vasallo debía lealtad al señor feudal, y más tarde al rey. Así lo recoge la Enciclopedia Británica de 1911, que define la lealtad como "devoción personal y reverencia al soberano y a la familia real". Esta forma de lealtad era jerárquica y unilateral, basada en vínculos de poder más que en afinidad moral.

Con el paso del tiempo, la lealtad se emancipó de la ley y del trono para asumir dimensiones más amplias, como afectivas, ideológicas y espirituales. No podemos ser leales a nosotros mismos en un sentido estricto, ya que la lealtad implica una adhesión externa. Nuestros pensamientos y deseos personales cambian; una supuesta lealtad a uno mismo implicaría una contradicción constante y habría que ajustar la fidelidad a cada nueva inclinación.

Los autores difieren sobre los objetos posibles de la lealtad. ¿Podemos ser leales a ideas, principios, paisajes, símbolos, recuerdos…? Algunos defienden esta amplitud, mientras otros la limitan a vínculos estrictamente humanos. Esta tensión entre lo personal y lo abstracto ha acompañado la evolución del concepto.

En la primera mitad del siglo XX la lealtad se volcó fervorosamente a las ideologías: comunismo, fascismo, nacionalsocialismo, anarquismo …; millones de personas entregaron sus vidas en nombre de estas doctrinas y sus líderes, pero tras la Segunda Guerra Mundial, el desencanto fue rotundo. La estrepitosa caída de líderes como Hitler, Mussolini, Stalin y Lenin, junto con sus doctrinas, generó una profunda desilusión. Las nuevas generaciones, marcadas por la devastación, optaron por abandonar la lealtad extrema a las ideologías y priorizaron un enfoque más pragmático de su rol en la sociedad.

En el panorama actual, dominado por el pragmatismo, se valora la lealtad a la empresa o institución. Esta se traduce en fidelidad, identificación, dedicación y transparencia en la gestión, siempre en aras de cumplir los objetivos organizacionales y el servicio a la colectividad. A diferencia de la lealtad ideológica, que involucra a la persona de manera integral, la lealtad institucional es más superficial y se limita al entorno laboral.

En el ámbito religioso, podemos recordar que Jesús de Nazareth negó rotundamente la posibilidad de servir a dos señores, porque quien así lo pretende, con uno de ellos quedaría necesariamente mal. El dicho se refiere a la lealtad a Dios (el bien), contrastado con lo perverso, representado en este pasaje como Mammona, el demonio del dinero, para significar que la búsqueda obsesiva de riquezas puede desplazar la lealtad a Dios. Pero en otra parte, ante una moneda, el mismo Jesús afirma que debemos dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, con lo que podemos entender que existe una esfera más allá de lo terrenal, y si la lealtad al poder entra en conflicto con la lealtad a Dios, la última tiene prioridad.

En la relación matrimonial, la lealtad ha sido tradicionalmente una virtud fundamental. Sin embargo, los cambios en las estructuras familiares y los nuevos modelos de convivencia han debilitado el vínculo marital. Hoy, la formación de parejas al margen del matrimonio legal es común, y con ello, la obligación jurídica de lealtad se ha diluido. La lealtad en estas uniones se reduce a una obligación convencional, sin la intervención coercitiva del Estado. Este cambio no es solo formal, pues al debilitarse la estructura legal, los vínculos deben sostenerse por mutuo acuerdo, no por obligación o deber, así el significado profundo del matrimonio pierde valor y paulatinamente se banaliza, hasta llegar, en el futuro, a una institución distinta a lo que conocemos hoy como matrimonio.

La lealtad revela el valor que damos a nuestras relaciones, nuestras creencias y nuestras elecciones. Es una virtud que exige firmeza sin fanatismo, entrega sin sumisión, y, sobre todo, conciencia. Quien es leal a cabalidad, sabe por qué, a quién y para qué.

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