Primero Venezuela, luego Groenlandia, luego el resto del mundo. Siempre lo hemos sabido: Donald Trump no tiene ni jamás ha tenido principios: es un voraz adorador de sí mismo capaz de quebrar todas las reglas con tal de hinchar su propio ego. Es una de esas criaturas frágiles y maniáticas que, para aliviar su insignificancia, ha decidido pasar a la historia y lo peor es que, usado como ariete por una élite que sí está ideologizada al extremo -racista, expansionista y ferozmente antidemocrática-, lo está logrando. Acaso la consecuencia más grave de la operación para secuestrar a Maduro es que ha descubierto que puede ejercer la fuerza bruta fuera de sus fronteras con total impunidad.
Durante su primer mandato, a Trump no pareció interesarle demasiado el resto del planeta: había llegado a la Presidencia apoyado por el sector aislacionista de la derecha estadounidense y al final de su gobierno presumía no haber iniciado ninguna guerra, a diferencia de todos sus predecesores. A Trump 2.0 no le ha importado contrariar a ese sector de sus votantes -sabe que en cualquier caso seguirán apoyándolo- y ha descubierto que, para en verdad hacer historia, ahora le toca trastocar el orden internacional en su conjunto. Los aranceles -su arma de guerra favorita durante sus primeros meses- se le han revelado insuficientes; en esta nueva etapa, Make America Great Again significará ensanchar los límites de su Imperio.
A estas alturas, Trump se ha dado cuenta de que aquello que puede hacer dentro de Estados Unidos para consolidar su poder ya es poco: controla el Ejecutivo, el Judicial y las dos Cámaras; ha erosionado todos los contrapesos, desde las agencias del gobierno hasta los medios de comunicación; ha pactado con las grandes empresas tecnológicas; ha logrado expulsar en un solo año, según las cuentas de su Departamento de Seguridad Interior, a casi dos millones de migrantes -650 mil deportados sumados a los que se han marchado "voluntariamente"-; y, en fin, ha amenazado con enviar tropas a las ciudades que se rebelan a sus políticas, instaurando un clima de miedo que frena casi cualquier oposición. El mayor peligro que enfrenta -la inflación o el declive económico- lo sabe fuera de sus manos.
En este contexto, conforme se aproximan las elecciones legislativas de noviembre -las encuestas le dan un mínimo margen en el Senado y anticipan su ajustada derrota en el Congreso-, Trump ha decidido salir fuera: cualquier distractor le será útil para lograr su objetivo prioritario: no perderlas, pues ello significaría el único límite real a su poder. Conociéndolo, no deberíamos dudar que hará hasta lo imposible para lograrlo, incluso si ello significa torcer las todas las reglas electorales. Pero, mientras eso ocurre, su nueva agenda internacional le confiere la omnipresencia que requiere.
Una vez más, Trump y los suyos siguen paso a paso el modelo hitleriano: tras minar al máximo las condiciones de la democracia liberal en el interior, se impone la expansión exterior. El éxito de la operación en Venezuela -donde, al menor costo posible, consiguió una nación tributaria sin necesidad siquiera de cambiar a los truhanes que la gobiernan- abre paso a la primera gran conquista territorial de Estados Unidos desde 1898. La justificación para apoderarse de Groenlandia no se distingue del Lebensraum de los nazis: el espacio vital que el pueblo elegido se merece para cumplir con su tarea histórica. Lo mismo que ha dicho Trump al referirse a la seguridad nacional, inventándose que Rusia o China tienen planes de controlar la isla.
Pasmados, asistimos así al desmoronamiento no solo del orden mundial posterior a la Segunda Guerra, sino de la lógica que lo articuló. El más destacado miembro de la OTAN se dice listo para atacar a uno de sus socios más pequeños, y de paso a Europa. ¿En qué se diferencian las amenazas de conquista de Trump de las de Putin en Ucrania? De aquí a las elecciones de noviembre, Groenlandia será un objetivo prioritario, al cual en el camino se añadirán otros: Irán, Cuba, acaso México. Desprovisto de cualquier límite, con Europa vista ya como residuo, Trump solo elevará su apuesta.