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Lecciones exteriores

LUIS RUBIO

ÁTICO 

La política exterior ha sido un mecanismo idóneo para disipar tensiones y fortalecer equilibrios, pero no se ve en el mapa actual.

Si las “apariencias no le quitas -decía Cervantes en el Quijote-, presto ha de verse el mundo en la pelea de la discorde confusión primera”. En política exterior, México vive una perenne confusión, que se acentúa en estos tiempos. Uno de los grandes éxitos del viejo sistema, el cual de facto tanto atrae a los gobiernos recientes, radicó en su extraordinaria habilidad para presentarse como lo que no era, pero sin embargo sacarle enorme raja.

En política exterior México se distinguió por su respetada y ubicua presencia en toda clase de foros internacionales, presentándose como igual incluso frente a las grandes potencias del mundo. Era un gran teatro, por demás efectivo, en buenamedida porque aquellos gobiernos lo empleaban con astucia, sin jamás confundir la realidad con la dramaturgia. ¿Habrá algo ahí de lo que el gobierno actual pudiera abrevar? Ante todo, es obvio que las circunstancias actuales en nada se asemejan al siglo pasado.México es parte integral de Norteamérica y, por más que haya fuerzas centrífugas en Estados Unidos, la geografía impone su ley y nadie puede impedir (aunque sí obstaculizar) el curso que la vecindad ha cobrado en las últimas décadas.

La era priista, como todas las eras en México y en el mundo, tuvo aciertos y errores, pero uno de sus grandes activos fue su despliegue internacional, que le permitió alcanzar dos objetivos fundamentales: primero, diversificaba su espectro de relaciones, disminuyendo con ello las potenciales o reales presiones que inexorablemente venían (y vienen y vendrán) del norte. Segundo, le confería legitimidad a un régimen que se presentaba como liberal, democrático y económicamente exitoso, cuando, como dice la expresión, todo se sustentaba en pies de barro y en flagrantes contradicciones entre la realidad y la demagogia.

Los gobiernos recientes han hecho suyas muchas de las características y mecanismos de aquella era, pero no en el plano exterior. Mientras que despliegan un gran activismo político interno, se rehúsan a participar en los foros internacionales en que México ha invertido en buena voluntad por décadas. Todavía más enigmático es ese empecinamiento cuando es precisamente en esos foros donde el presidente Trump ha perdido presencia y legitimidad. Una oportunidad desaprovechada.

En lugar de ello, emplean la demagogia mañanera para construir una narrativa que pretende ocultar la realidad que todo mundo conoce a la perfección, pero se autolimitan al control mediático al que parecen aspirar. Sus preferencias ideológicas enmateria internacional son flagrantes, como ilustran tanto los pleitos innecesarios con Perú y Ecuador, pero también su cercanía con Petro en Colombia y el permanente canto de las sirenas chavistas.

Una cosa que el gobierno actual no ha confundido es la obvia trascendencia y primacía de la relación con Estados Unidos, a la que dedica todos los esfuerzos posibles, independientemente de la complejidad inherente a la realidad bilateral actual. Por encima de cualquier cosa, el gobierno reconoce la realidad del poder que caracteriza a esta vecindad y (casi siempre) actúa en consecuencia. Sin embargo, confunde la importancia de la realidad bilateral con la necesidad de exclusividad.

La política exterior para una potencia media -como se denomina a países comoMéxico- no consiste en enfrentarse a las grandes potencias, sino en interactuar con las otras naciones de similar circunstancia para lograr lo que el viejo régimen hacía con tanta efectividad. El punto no es negar al presidente Trump, sino ampliar el horizonte, donde muchas otras naciones -comenzando por Canadá y varias europeas- comparten conMéxico una perspectiva similar.

No se trata de substituir a Estados Unidos, algo imposible y en todo caso suicida para México, sino de diversificar las relaciones políticas (sin, por supuesto, provocar al Tío Sam...).

Quizá el problema de fondo sea que el gobierno mexicano actual sabe que el país ha ido retrocediendo en el frente democrático, en la calidad de vida de la población y en la vitalidad de su economía. Mientras que los gobiernos priistas pretendían lo que no eran, los “de la transición” intentaban apalancar los avances (muchos de ellos frágiles) que México lograba en todos estos frentes para consolidarlos y multiplicarlos. No es imposible que el gobierno actual se vea en el espejo y no vea más que metas tan pequeñas quemejor no exponerse al vituperio del exterior.

De hecho, pulula en las filas morenistas la noción de que una dictadura puede ser eficiente y benevolente, donde el gobiernomanda y todos los actores sociales se subordinan. El éxito chino en términos de tasas de crecimiento anima a muchos en las filas gubernamentales, a pesar de que la evidencia* es menos contundente, en tanto que sus costos serían gigantescos. Pero más allá de preferencias, esos sesgos ideológico-políticos desvirtúan los activos con que cuenta el país y limitan el avance de su propio proyecto.

Desde luego, sería infinitamente más atractivo que la economía avanzara, que las libertades y el respeto a los derechos ciudadanos fuese real y que el gobierno se asumiera como de todos los mexicanos, pero mientras eso resulte superfluo, almenos podría emplear demaneramás diestra y con mayor lucimiento la política exterior.

* https://l1nq.com/q58ov9q

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