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Llamadas públicas

JUAN VILLORO

¿Cuánto tiempo puede hablar una persona sin ser interesante? Antes de los celulares, la pregunta carecía de relieve. Todo cambió con el primer teléfono que despertó en nuestras manos.

En cualquier sitio oímos monólogos que no nos están destinados y que la gente pronuncia a voz en cuello como si no hubiera testigos. Cada vez que me encuentro en esa circunstancia espero que llegue una revelación, un comentario atroz, algo inquietante que me permita decir, al modo de Javier Marías: "No he querido saber, pero he sabido".

A diferencia de los ojos, los oídos no pueden cerrarse y eso nos obliga a convivir con voces no deseadas donde la banalidad se impone a la sorpresa.

Es posible que en otro contexto las personas que practican la indiscreción pública digan algo sustancioso; sin embargo, cuando oímos sus mensajes en el consultorio, el camión, la cola para comprar boletos, la cafetería o incluso el cubículo del baño, comprobamos que ciertos congéneres sólo hablan por el curioso privilegio de tener boca, lo cual rebaja la valoración que podemos hacer de nuestra especie.

Los celulares producen el efecto secundario de borrar el entorno. Quien habla, olvida un dato fundamental: su vecino está provisto de orejas. Imantada por el teléfono, la gente se explaya acerca de sus jugos gástricos, se humilla sin que eso nos preocupe, trata de resolver enredos de trabajo o le recuerda a Tencha que saque el pollo del refrigerador. El recato, que durante siglos normó la vida de los pueblos prehispánicos, el periodo colonial y el México independiente, desapareció ante un rectángulo de silicio. Las zonas de convivencia se han convertido en una oportunidad de gritarle a personas que no están ahí.

Sin el menor filtro, el hablante celular invade la vida colectiva. Esto no sería tan grave en caso de que mover tanto la boca produjera buenas historias. Pero el azar no da para tanto.

Hoy en día, una sala de espera es un lugar donde sufres de manera anticipada por lo que te hará el dentista o te dirá el abogado, y donde te enteras de que el señor de junto está comprando un coche o haciendo trámites para liberar un cargamento en Pantaco.

¿Es demasiado pedir que se platique mejor? Aceptemos que nadie puede ser ingenioso de tiempo completo. Los grandes conversadores de la historia, como Voltaire o Wilde, dejaron suficientes frases para deslumbrar durante unas cuantas horas. No podemos exigirle a los demás que nos ilustren o nos entretengan con las llamadas de las que nos hacen involuntarios partícipes, pero al menos podrían ser más discretos y, sobre todo, más breves.

La costumbre de salir a fumar a un espacio al aire libre debería extenderse a los teléfonos. Pero la tecnología llega sin un manual de comportamiento. ¿Debemos esperar a que haya víctimas severas y se demuestre que las malas conversaciones producen derrames cerebrales?

Ciertas virtudes provienen de ocultar defectos. "Me gustas cuando callas porque estás como ausente", escribe Neruda. Quien guarda silencio tiene muchas posibilidades de ser brillante; en cambio, quien habla, se denuncia.

Aunque en todas las épocas ha habido personas platicadoras, antes se hablaba de manera menos compulsiva. La humanidad se sobrellevaba gracias a ignorar lo que pensaban los demás.

La modernidad digital nos ha brindado el raro privilegio de hablar sin tener nada significativo que decir e incluso sin conocer los números que se marcan, pues el sistema operativo lo hace por nosotros.

Tener un aparato en el bolsillo nos impele a usarlo, con tal frecuencia que molestar al prójimo con nuestra cháchara se ha convertido en el más tolerado de los vicios.

"No es la conciencia la que determina el ser social, sino el ser social el que determina la conciencia", argumentó Marx. Se refería a las condiciones materiales de existencia. Curiosamente, nuestro tiempo ha hecho que tenga razón de otra manera.

Hoy en día, el "ser social" depende de un aparato. Las llamadas tienen menos que ver con la voluntad del usuario que con la disponibilidad del teléfono para ser usado, lo cual explica la baja calidad de las conversaciones.

Empezamos a ser una extensión de la tecnología, su prótesis de carne. Hablamos porque ésa es la función del celular y lo que decimos adquiere el tono robótico de quienes, poco a poco, disuelven su condición humana.

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