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Lo normal como milagro

JUAN VILLORO

La renovación del aeropuerto de la Ciudad de México no parece seguir los designios de un arquitecto sino de un maquillista de cadáveres. El problema viene de tiempo atrás. Desde 1931 tenemos un proyecto de aeropuerto, abierto al futuro, es decir, inacabado. No se pensó que la expansión urbana rodearía las pistas, convirtiéndolas en calles bastante céntricas.

Los aeropuertos suelen ser metáforas del cielo; sus altos techos sugieren que ya despegaste. El Aeropuerto Internacional Benito Juárez es diferente. En homenaje al prócer que le dio nombre, fue pensado para alguien de 1.55 de estatura. Los asfixiantes pasillos de la Terminal 1 anuncian que el avión irá bajo la tierra. Eso establece un interesante vínculo con las cosmogonías prehispánicas, que empiezan y terminan en cavidades subterráneas, pero deprime al viajero moderno.

¿Cómo corregir lo que se concibió mal? Por suerte, México destaca en las artesanías y una de las más notables es el remiendo: lo que no sirve se parcha. Siguiendo esta lógica, el aeropuerto no deja de cambiar plafones ni de colocar bolsas de plástico en los urinarios que no sirven. Siempre hay un techo del que cuelga un cable; en el piso, un casco de refresco recuerda al electricista que no pudo repararlo.

En cuestiones de aeronáutica le tenemos miedo a lo definitivo. La Terminal 2, estrenada en 2007, conservó el sentido provisional del aeropuerto. El nuevo estacionamiento se congestionó de inmediato y dos glorietas garantizaron que el tráfico no fluyera.

El edificio fue hecho para ser corregido. Quien pasa por el filtro de seguridad encuentra un pasillo transversal flanqueado por tiendas; para llegar a las puertas de embarque hay que ir a un nivel inferior. En un extremo, esto se resolvió con escaleras y una rampa; en el otro, se construyó un declive de consecuencias fabulosas: como cada sitio disponible se comercializa, ahí se instaló una "tienda inclinada". Lo que en Pisa sucedió por accidente aquí sucede adrede.

La proximidad del Mundial ha dado nuevo esplendor al remiendo: el aeropuerto se somete a numerosos arreglos transitorios. Por un tiempo, el cadáver maquillado quedará presentable. ¿Y luego?

La realidad es una molestia que no nos frena. Si falta presupuesto para ampliar una carretera, se pinta en el pavimento un tercer carril. Los problemas de espacio se resuelven apretujando a sus usuarios. Esto explica que el aeropuerto programe más vuelos de los que puede gestionar. Si las cosas siguen así, llegar de la terminal a la pista va a ser tan difícil como atravesar el estrecho de Ormuz.

El drama empeora si se toma en cuenta el dinero que se gasta por no construir otro aeropuerto. La cancelación del proyecto que se pensaba edificar en Texcoco dejó una deuda de entre 300 mil y 450 mil millones de pesos, que los contribuyentes seguiremos pagando hasta 2047. Los desastres que vemos en las terminales obligan a pensar en la fortuna destinada a sufragar lo que no se hizo. López Obrador fue uno de los principales enemigos del rescate bancario emprendido en tiempos del presidente Zedillo, pero creó su propio Fobaproa al cancelar Texcoco.

Como el país está en bancarrota, cada columna del aeropuerto se alquila a una marca. Los anuncios luminosos son tantos que recuerdan la película Blade Runner, donde lo único que sobrevive al deterioro es la publicidad. Ya solo falta que para viajar tengamos que usar un chaleco promocional, como los "hombres sándwich" que recorrían las ciudades.

Al aterrizar en el aeropuerto, el primer impulso es salir de ahí. Pero todo infierno tiene sus círculos. Para volver a la sociedad civil debes enfrentar a la mafia del transporte. No contentos con desplazar a los transportes que se consiguen con aplicación digital (que cobran la mitad), los taxis acreditados ejercen la extorsión. En la llegada internacional de la Terminal 2, la empleada de una compañía informa que hay 40 minutos de espera para un coche y ofrece una camioneta instantánea por el doble de precio. En otra compañía pasa algo similar; supuestamente, tus tres maletas no caben en un coche: "800 por la camioneta". En el tercer intento te ponen en tu sitio: "¡Cómo se le ocurre llegar en viernes!".

La solución consiste en ir a la llegada nacional, donde resulta que sobran coches y tres maletas sí caben en una cajuela.

México es tan original que convierte la normalidad en un milagro.

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