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Lo que hoy somos

Tenemos claro lo que no estaríamos dispuestos a volver a vivir porque ya hemos hecho recuentos de las experiencias y les hemos dado su lugar, ni más ni menos.

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MARCELA PÁMANES
MARCELA PÁMANES

Pertenezco a una generación que creció escuchando que el esfuerzo da frutos, que la buena educación abre puertas, que la fe en Dios da paz, que cuidar lo que se tiene significa valorar el trabajo de alguien más, que tener comida en la mesa es un privilegio que muchos seres humanos no disfrutan, que ser discreto te hace ser una persona de confianza, que los amigos se cuidan, que los compromisos se cumplen.

Una generación que se puso los vestidos de las hermanas mayores y no se avergonzó, que no preguntó qué había de comer, que no cuestionó la hora de ir a dormir, que aprendió con el ejemplo, que recargó la cabeza en el vidrio del auto para soñar con algo, que creía que los padres no se equivocaban y que cuando se dio cuenta que eran tan humanos como los hijos, los entendió y los aceptó sin juicios de por medio. Somos los que nos pusimos ropa de domingo para ir a misa, los que nunca rayamos nuestros libros de texto, una generación que transitó entre el miedo y la aventura, entre la obediencia y la rebeldía.

Me ha dado por pensar en el pasado. No creas que eso me hace muy feliz; siento que es una pérdida de tiempo porque lo vivido ya fue y no se puede mover una sola coma. No se trata de renegar o de querer borrar, solo que el peligro de entrar al terreno de la nostalgia y de creer que todo tiempo pasado fue mejor es muy grande.

Solemos idealizar a los muertos. Olvidamos tanto; solo recordamos lo que queremos y lo adaptamos lo mejor que podemos. Creo que si proyectáramos la película de uno de nuestros momentos gozosos tal como sucedieron, nos impresionaría la inexactitud de nuestro recuerdo. Es verdad que lo que nos hirió nos cuesta traerlo al presente, lo hundimos en la parte más recóndita de nuestro cerebro.

¿De qué depende que la sinapsis de determinadas neuronas sea de tal manera que su activación nos traiga la información que requerimos? Seguro la respuesta más atinada la puede dar un neurólogo que, además, nos diga por qué un aroma te hace ir 20 años atrás o una canción hace que recuerdes el vestido que traías puesto cuando la bailaste siendo adolescente.

Tal vez la muerte de una queridísima compañera de colegio haya propiciado este estado de evocación, tal vez la fotografía de una fiesta de quince años a la que fui invitada me recordó a las de mis tiempos de secundaria, tal vez las reuniones con algunos cuantos amigos de preparatoria me colocaron en un lejano pasado, tal vez el futuro que se acorta ya no es tan atractivo y eso hace que entornemos los ojos y que le concedamos espacio al pasado.

Pero ¿qué más somos si no es un cúmulo de vivencias? Por eso no es extraño afirmar que quisiéramos ser lo que hoy somos con 20 o 30 años menos. A estas alturas de la vida vemos las cosas de manera diferente, concebimos la existencia con más ligereza, con más bondad. Tenemos claro lo que no estaríamos dispuestos a volver a vivir porque ya hemos hecho recuentos de las experiencias y les hemos dado su lugar, ni más ni menos.

Sabemos quiénes llegaron para quedarse siempre y quiénes ya no caben. También nos vemos en el espejo y descubrimos en cada línea de expresión una emoción, y ya nos asusta que estén ahí porque cada arruga es un mapa de batallas ganadas, de risas compartidas y de resiliencia frente a los desafíos.

Nos reconocemos como portadoras de historias, de aprendizajes y de una mirada que combina experiencia con esperanza. En nosotras habita la memoria de lo vivido y, al mismo tiempo, la energía para seguir construyendo futuro.

Portamos el peso de las certezas adquiridas y la ternura de quien sabe escuchar. Nos hemos convertido en expertas de la vida cotidiana, consejeras, creadoras de comunidad y guardianas de valores que sostienen a las nuevas generaciones.

Pero lo más valioso en el recuento de lo vivido es reconocernos como seres que saben elegir con libertad, disfrutar con plenitud y compartir desde la autenticidad.

Los recuerdos ya no nos pesan; al contrario, son ellos los que nos sostienen, los que nos dicen lo que hoy somos.

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