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La idea de que los bosques podrían capturar más dióxido de carbono (CO2) a medida que aumenten las temperaturas es puesta en cuestión en un nuevo estudio que pone el foco en la importancia de la velocidad de crecimiento, la cual disminuye con la sequía.
Un equipo internacional, con participación de la Estación Experimental del Zaidín (EEZ-CSIC) y del Instituto Pirenaico de Ecología (IPE-CSIC), ambos en España, publicó en Science un estudio que analiza cómo se forma la madera en coníferas de más de un centenar de bosques, desde las regiones boreales hasta zonas semiáridas. Estos ecosistemas desempeñan un papel clave en la lucha contra el cambio climático porque capturan CO2 de la atmósfera y lo almacenan durante años, incluso siglos, en su madera.
A medida que aumentan las temperaturas, la temporada de crecimiento de los árboles se prolonga, lo que ha llevado a pensar que podrían absorber aún más carbono en el futuro, pero el equipo advierte que la realidad es más compleja.
La investigación, basada en el análisis de más de 50 mil muestras de cuatro continentes, señala que no basta con que los árboles dispongan de más tiempo para crecer, pues lo que realmente determina cuánto crecen y cuánto carbono almacenan es la velocidad a la que producen nuevas células de madera, efecto que puede verse contrarrestado por unas condiciones cada vez más secas.

LA SEQUÍA EN LA ECUACIÓN
Las muestras usadas se recogieron durante varias temporadas de crecimiento, tras lo cual cada una fue procesada, fotografiada al microscopio y analizada para monitorizar la formación de nuevas células. Así, se pudo ver con precisión cuándo los árboles forman madera activamente, saber cuándo comienza y termina este proceso y medir el ritmo al que producen las nuevas células, explicó el líder del estudio, Antoine Cabon, de la Estación Experimental del Zaidín (Granada, sur de España).
Los investigadores descubrieron que la velocidad a la que los árboles producen nuevas células de madera influye más en el crecimiento anual que la duración del periodo cálido en el que estas se forman. Es decir, aunque las condiciones más cálidas tendieron a alargar la temporada de crecimiento, la tasa de producción celular no siguió aumentando indefinidamente. Por encima de una temperatura media anual de unos seis grados, esta tasa comenzó a disminuir, probablemente debido a una menor disponibilidad de agua, lo que además redujo la capacidad de los árboles para fijar CO2.

Este hallazgo ayuda a explicar por qué el alargamiento de la temporada de crecimiento no tiene las mismas consecuencias en todos los bosques. Los boreales, donde las bajas temperaturas limitan el crecimiento, suelen beneficiarse del calentamiento porque los árboles pueden crecer durante más tiempo y a mayor velocidad, pero en los templados y mediterráneos, el beneficio potencial se reduce a medida que el aumento de las temperaturas y la menor disponibilidad de agua ralentizan la producción de nuevas células de madera.
Si el calentamiento continúa, “incluso los bosques boreales podrían experimentar una formación de madera más lenta y perder los beneficios de una temporada de crecimiento más larga”, advierte Cabon. Los resultados del estudio indican, según el investigador, la importancia de predecir cómo responderán los bosques al calentamiento global.
LAS CUMBRES MONTAÑOSAS
Por otra parte, la subida de temperaturas causada por el cambio climático ha ayudado a muchas especies vegetales a colonizar los paisajes alpinos europeos y sobrevivir en altitudes elevadas, pero este aparente aumento de la diversidad oculta un drama: la extinción acelerada de las plantas autóctonas de las cumbres.
Las regiones más afectadas por esta extinción local de plantas son los montes Pirineos y Sierra Nevada, en España, y la cadena montañosa Lefka Ori, en Creta (Grecia), todos ellos en la Europa meridional.
Así lo adivrtió un estudio publicado en Science a inicios de septiembre, basado en los datos recogidos en 62 cumbres de 16 regiones europeas entre 2001 y 2022 por el proyecto GLORIA, la mayor iniciativa global de investigación y observación de los efectos del clima en la flora de estos hábitats montañosos.
El trabajo concluye que las comunidades vegetales alpinas enfrentan una pérdida acelerada de sus ejemplares más característicos debido a las presiones climáticas y competitivas.
Los autores recuerdan que las especies locales de la alta montaña son especialmente longevas y tolerantes al estrés, y que su extinción puede producirse con un considerable retraso respecto a los cambios climáticos que la originan. Por ello, las elevadas tasas de extinción actuales podrían ser la respuesta al calentamiento global iniciado hace varias décadas.

VEGETACIÓN Y CAMBIO CLIMÁTICO
Con cada aumento de 0.1 grados centígrados en la temperatura, la proporción de extinciones locales se incrementa un 1.6 por ciento en la vegetación, un 1.1 por ciento en las cumbres y un uno por ciento a nivel regional.
Además, la subida de temperatura también altera la distribución de las plantas, que suben a niveles más elevados para escapar del calor, pero para la flora de las cumbres esa posibilidad no existe, porque no pueden migrar más arriba, lo que las sitúa en una situación de extrema vulnerabilidad.
Otro problema es la presión competitiva entre especies que deben luchar por los mismos recursos en una zona: la cumbre.
Por último, el estudio cita efectos climáticos indirectos como la reducción de la duración de la cobertura de nieve, el deshielo primaveral adelantado y la menor disponibilidad de agua causada por la evaporación provocada por el calor, todos ellos factores que contribuyen a la pérdida de la vegetación de alta montaña.
EXTINCIÓN POR ZONAS
A partir de los análisis geográficos realizados en 16 regiones montañosas, la investigación concluye que la zona más afectada es los Pirineos, con un 49 por ciento de pérdida local de especies en las parcelas monitoreadas, seguida de Lefka Ori (Grecia), con una tasa de extinción sumamente severa del 48 por ciento. Sierra Nevada, situada al sur de la península ibérica, tiene una tasa del 40 por ciento.
La situación es extremadamente grave si se compara con las cordilleras situadas más al norte, que muestran impactos notablemente menores debido a un menor estrés térmico. El Cáucaso, por ejemplo, registra tasas de extinción de entre el 25 y el 28 por ciento, mientras que las tasas de los Alpes oscilan entre el 17 y el 21 por ciento según la zona. Los montes escandinavos (Scandes), son la región menos afectada de todas las estudiadas, con una pérdida de flora de apenas el 2 por ciento.
“Nuestros datos muestran claramente que las especies tenían más probabilidades de desaparecer de las cumbres que experimentaron un calentamiento más intenso. Esta correlación fue incluso más fuerte que la tendencia temporal”, explica el primer autor, Johannes Wessely, de la Universidad de Viena.
Además, la probabilidad de extinción local aumenta hacia el límite altitudinal inferior de la distribución actual de las especies. “Dicho de otro modo, cuando las especies ya crecen en lugares con temperaturas superiores a la media, se vuelven más sensibles a un mayor aumento del calor”, añade Harald Pauli, coordinador de GLORIA en la Academia Austríaca de Ciencias.
Ambos estudios revelan que la respuesta de los bosques y la flora alpina al calentamiento global es mucho más compleja de lo que se asumía. En conjunto, la evidencia sugiere que los ecosistemas forestales y montañosos pueden volverse progresivamente más vulnerables, complicando las estrategias climáticas que confían en su capacidad natural de adaptación y mitigación de CO2.
