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Los Fan Fest: el otro estadio del Mundial

La pantalla como punto de celebración colectiva

Imagen: El Universal Miguel García

Imagen: El Universal Miguel García

JESÚS CERVANTES

Hay personas que llegan al Mundial con la ilusión de ver jugar a su selección. Otras llegan con la ilusión de conocer o vivir un estadio. Y otras más —la mayoría— se tienen que conformar con ver una pantalla. Desde muy temprano comienzan a reunirse. Visten la camiseta de su equipo, llevan el rostro pintado, cargan una bandera sobre los hombros y buscan un buen lugar frente a una pantalla gigante que, durante poco más de noventa minutos, se convertirá en el centro del mundo. Cuando cae el gol, abrazan a desconocidos. Cuando se marca una falta, reclaman como si el árbitro pudiera escucharlos. Al terminar el partido, regresan a casa con la sensación de haber vivido el Mundial. Y lo hicieron. Aunque nunca entraron al estadio.

Durante mucho tiempo, el estadio fue el lugar donde ocurría el Mundial. Todo lo demás giraba alrededor suyo. Hoy da la impresión de que el torneo se ha desbordado de sus muros y ha encontrado otros escenarios donde seguir existiendo. Quizá el ejemplo más evidente sean los Fan Fest: esos espacios que comenzaron como una estrategia de la FIFA para acercar el torneo a quienes no tenían boletos y que terminaron convirtiéndose en una forma distinta —y perfectamente legítima— de vivir el futbol.

El surgimiento de los Fan Fest obliga a hacerse una pregunta: ¿en qué momento el Mundial dejó de ser un espectáculo que la mayoría podía aspirar a ver desde las tribunas?

No se trata de idealizar el pasado. Ir a un Mundial nunca fue barato. Viajar, hospedarse y conseguir boletos siempre implicó un esfuerzo económico considera ble. Pero había una diferencia importante: ese esfuerzo todavía parecía alcanzable para sectores mucho más amplios de la población.

Cuando México organizó la Copa del Mundo de 1986, los boletos más baratos costaban apenas unos cuantos dólares y, aun considerando las diferencias económicas de la época, seguían guardando una proporción muy distinta con el ingreso promedio de las familias. Para algunos, asistir al estadio podía representar un lujo, pero difícilmente era una fantasía imposible. Cuarenta años después, el panorama cambió.

Hoy conseguir una entrada para un partido mundialista suele implicar enfrentarse a varias barreras sucesivas: sorteos, preventas, plataformas digitales, paquetes de hospitalidad y, finalmente, un mercado de reventa donde los precios alcanzan cifras que para buena parte de la población equivalen a varios meses de salario... o años.

El Mundial continúa siendo el espectáculo deporti vo más popular del planeta, aunque verlo desde la tri buna se ha convertido, cada vez más, en una experien cia reservada para unos cuantos que pueden pagarla.

Cuando el estadio se volvió inaccesible, la afición hizo suya la ciudad para disfrutar del Mundial. Imagen: EFE Sáshenka Gutiérrez.
Cuando el estadio se volvió inaccesible, la afición hizo suya la ciudad para disfrutar del Mundial. Imagen: EFE Sáshenka Gutiérrez.

LO COLECTIVO ANTE LO EXCLUSIVO

Pocas actividades conservan un origen tan profunda mente popular como el futbol. Bastan una pelota y cual quier espacio libre para organizar un partido.

Durante décadas, los estadios fueron una prolongación de esa idea: lugares donde coincidían personas de distintas edades, oficios y condiciones económicas unidas por una misma pasión. Hoy muchos de esos espacios parecen avanzar hacia una lógica distinta, donde la experiencia se vuelve más exclusiva conforme aumenta su valor comercial.

No es un fenómeno exclusivo del futbol. Los con ciertos atraviesan un proceso parecido. Lo mismo ocurre con algunos festivales culturales o espectáculos deportivos. Conforme aumenta la demanda internacional y aparecen nuevas formas de consumo, también se modifica el perfil de quienes pueden acceder a ellos.

El Mundial no escapó a esa transformación. Pero el futbol tiene una característica que lo diferencia de casi cualquier otro espectáculo: cuando un espacio deja de ser suficiente para contenerlo, simplemente se desborda. Ocupa las plazas, invade las calles, con vierte restaurantes, parques y explanadas en tribunas improvisadas. La justa deportiva sigue jugándose en la cancha; el Mundial, en cambio, ocurre en toda la ciudad, ahí donde la gente puede reunirse para mirar el mismo partido sin necesidad de atravesar los torniquetes de un estadio.

Así aparecieron los Fan Fest. Decir que un Fan Fest consiste únicamente en colocar una pantalla gi gante sería tan reduccionista como afirmar que un esta dio es sólo un conjunto de gradas alrededor de una can cha. Lo que realmente se instala ahí es una atmósfera.

Hay música desde horas antes del partido, familias enteras, personas que viajan desde otras ciudades, aficionados de distintas selecciones que convi ven, se toman fotografías y comparten cerveza como si se conocieran desde hace años. Hay vendedores ambulantes, patrocinadores, concursos, camisetas hermanas y rivales, y ese murmullo colectivo que va creciendo conforme se acerca el silbatazo inicial.

Por unos instantes desaparece la sensación de estar frente a una transmisión televisiva. Lo importante deja de ser la pantalla y pasa a ser quienes están frente a ella. Quizá por eso resulta tan fácil olvidar que el parti do ocurre a varios kilómetros de distancia. Cuando miles de personas contienen la respiración antes de un penal o estallan al mismo tiempo después de un gol, la experiencia termina pareciéndose mucho a la que se vive dentro de un estadio.

Y entonces aparece una idea que resulta difícil de ignorar: tal vez llevamos demasiado tiempo creyendo que lo verdaderamente importante del futbol ocurre dentro de la cancha. Pero basta observar durante unos minutos un Fan Fest para descubrir que hay otro juego desarrollándose al mismo tiempo. Uno donde nadie toca el balón, pero donde miles de personas ríen, sufren, cantan, discuten y celebran juntas.

En el espacio público, los amantes del futbol comparten momentos de alegría y tristeza con conocidos y desconocidos por igual. Imagen: EFE Mario Guzmán
En el espacio público, los amantes del futbol comparten momentos de alegría y tristeza con conocidos y desconocidos por igual. Imagen: EFE Mario Guzmán

CELEBRAR EN CONJUNTO

El futbol se parece mucho al teatro porque ambos son acontecimientos vivos, irrepetibles, experiencias que sólo existen plenamente mientras suceden. Sin embargo, hay una diferencia importante: en el teatro —por lo menos el tradicional—, el escenario concentra casi toda la atención. En el futbol, en cambio, el espectáculo también ocurre entre el público. Basta mirar cualquier transmisión televisiva para comprobarlo. Las cámaras regresan constantemente a las tribunas. Buscan al niño que llora después de un gol, a la pareja que se besa, al abuelo que abraza a su nieta cuando termina el partido. Pareciera que el futbol nunca termina de entenderse únicamente mirando la cancha. También necesita mirar a quienes la contemplan.

Quizá por eso los Fan Fest funcionan, porque con siguen reproducir aquello que vuelve extraordinario al futbol: la posibilidad de sentir con otros.

Es curioso que en una época donde gran parte del entretenimiento se consume de manera individual —series vistas desde el teléfono, videos de treinta segundos, audífonos que aíslan del resto del mundo—, el futbol sigue empeñado en reunir personas.

Da igual si el partido se observa desde una tribuna, un restaurante, la sala de una casa o una plaza pública. Cuando el balón comienza a rodar, algo sucede entre quienes comparten ese momento. Personas que jamás se habían visto empiezan a discutir una alineación, cele bran un gol abrazándose o comparten silencio después de un gol en contra. Hay pocos acontecimientos capa ces de producir semejante sincronía emocional.

Y eso explica, al menos en parte, por qué un Fan Fest puede sentirse tan parecido a un estadio. No porque susituya la experiencia original, sino porque rescata aquello que probablemente era lo más importante de ella.

Hace algunos años, el filósofo surcoreano Byung Chul Han escribió que vivimos en una sociedad donde cada vez hacemos menos cosas en común. Cada quien escucha su propia música, mira sus propias pantallas y recibe información distinta gracias a los algoritmos. Compartimos menos experiencias.

El Mundial parece ir en sentido contrario. Duran te unas cuantas semanas consigue algo que parecía cada vez más difícil: millones de personas pendientes del mismo suceso.

Los Fan Fest permitieron a muchos niños vivir por primera vez la pasión mundialista. Imagen: EFE/Tomás Pérez
Los Fan Fest permitieron a muchos niños vivir por primera vez la pasión mundialista. Imagen: EFE/Tomás Pérez

PRESENCIA EN REDES SOCIALES

Por otra parte, se presenta un fenómeno que acompaña al futbol contemporáneo y, en general, a las actividades públicas de la actualidad, pues el Mundial dejó de ser únicamente un evento deportivo para convertirse en un acontecimiento para las redes sociales. Hoy no basta con haber visto el partido. Parece existir una necesidad permanente de demostrar que uno estuvo ahí: fotografías frente al estadio, videos durante el himno nacional, selfies con la camiseta, historias de Instagram donde el gol aparece acompañado por el grito propio.

Existe incluso un miedo muy contemporáneo: el FOMO (“miedo a perderse de algo”, por sus siglas en inglés), ese temor a quedarse fuera de aquello que todos parecen estar viviendo. En ese sentido, el Fan Fest resuelve dos necesidades al mismo tiempo: permite participar del acontecimiento colectivo y permite demostrar que se participó. Sin embargo, reducir estos espacios a un escaparate para las redes sería profundamente injusto, porque bas ta recorrer cualquiera de ellos para descubrir personas que difícilmente están pensando en obtener más likes.

Hay familias que llevan niños pequeños para que vivan su primer Mundial, personas mayores que recuerdan torneos anteriores, amigos que organizan un viaje durante meses simplemente para ver juntos un partido.

Aficionados viendo el partido México-Inglaterra en el Ángel de la Independencia. Imagen: EFE / Tomás Pérez
Aficionados viendo el partido México-Inglaterra en el Ángel de la Independencia. Imagen: EFE / Tomás Pérez

LOS FAN FEST ANTES DE LOS FAN FEST

En realidad, eso mismo ocurría desde mucho antes de que existieran los Fan Fest oficiales. Los mexicanos llevamos décadas inventando nuestros propios estadios. Cuando juega la Selección Nacional, el Ángel de la Independencia deja de ser únicamente un monumento. La Minerva, en Guadalajara, deja de ser una glorieta.

La Macroplaza de Monterrey cambia de significado. Lo mismo ocurre con plazas públicas, explanadas municipales o cualquier lugar donde alguien tenga la ocurrencia de colocar una pan talla. Incluso cuando no hay pantalla.

Basta recordar las celebraciones improvisadas después de un campeonato o un triunfo importante para entender que el futbol posee una extraordinaria capacidad para apropiarse del espacio público. Durante unas horas las ciudades cambian de función. Calles diseñadas para automóviles se convierten en sitios para abrazarse. Plazas pensadas para caminar terminan sien do escenarios donde miles de personas cantan al mismo tiempo.

Vivimos tiempos donde cada vez resulta más difícil coincidir con quienes piensan distinto, votan distinto o viven de manera distinta. El futbol, con todas sus contradicciones, sigue ofreciendo uno de los pocos lugares donde esa convivencia todavía ocurre con relativa naturalidad.

Claro que también existen excesos: el alcohol, las riñas, las avalanchas humanas. Sería ingenuo ignorarlos. Pero tampoco conviene olvidar que esos riesgos acompañan prácticamente cualquier celebración colectiva y que, en la enorme mayoría de las ocasiones, los Fan Fest terminan siendo espacios donde prevalece la convivencia antes que el conflicto.

Al principio de este artículo me preguntaba cuándo el Mundial dejó de pertenecer a quienes no pueden pagar un boleto. Ahora pienso que la pregunta quizá estaba incompleta. Aunque el estadio se haya vuelto cada vez más exclusivo, el futbol encontró otra manera de seguir siendo profundamente popular.

Tal vez eso explique la existencia de los Fan Fest. No representan una versión disminuida del Mundial; representan otra forma de vivirlo. Porque el futbol nunca ha consistido únicamente en ver un partido; consiste en compartir una espera, un silencio, un abrazo, una alegría o una tristeza con personas que, hasta unos minutos antes, eran completas desconocidas.

Quizá algún día los boletos vuelvan a ser más accesibles. O quizá no. Lo cierto es que, mientras exista alguien dispuesto a colocar una pantalla en medio de una plaza y miles de personas decidan reunirse frente a ella para gritar un gol, el Mundial seguirá encontrando la manera de parecerse a aquello que siempre fue: una inmensa celebración colectiva donde, muchas veces, el partido más importante se juega entre quienes lo viven juntos.

j.cervantes@uadec.edu.mx

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