Cortesía.
José Cruz Guillén ha dedicado más de 50 años de su vida a perfeccionar la técnica conocida como vidrio de pepita, la cual domina con tal maestría que hace brotar paisajes enteros de los cristales que talla con óxido de aluminio. Hoy es considerado el mejor artesano de su tipo, y su mayor propósito es heredar sus conocimientos a las nuevas generaciones que buscan mantener viva esta tradición nacida en México desde que era Nueva España.
El taller de José Cruz se encuentra en un segundo piso de un barrio tradicional en Santa María Tepepan, uno de los pueblos originarios de Xochimilco, Ciudad de México. Actualmente trabajan ahí siete artesanos además de él. Son sus aprendices, pero a pesar de ello, el maestro los incentiva a explorar sus propios procesos creativos.
Trabajan frente a una especie de torno horizontal que hace girar una piedra circular de óxido de aluminio —un material abrasivo—, la cual debe mantenerse per petuamente lubricada con agua. Los grabados se realizan tallando el vidrio contra la rueda giratoria, cambiando la pieza de posición según lo requiera cada trazo.
José Cruz permite que cualquier invitado que pasa al taller experimente con la técnica para que se dé una idea de lo que implica. Son muchas las variables que hay que mantener bajo control: la presión y el desplazamiento con los que se pasa el cristal sobre la piedra; la forma, peso, tamaño y grosor de cada pieza; la distribución de los elementos sobre la superficie; el punto exacto donde ha de iniciar y terminar cada marca del tallado. Cualquier error puede terminar en un rayón que estropee la obra; se necesita mucha práctica y cuidado para obtener los resultados deseados, y el resultado al que aquí se aspira es la perfección.
Esa búsqueda de perfección no vie ne solo de una meta personal de cada artesano, sino también de un respeto hacia la técnica, hacia cada cristal sobre el que trabajan y hacia las personas que habrán de llevarse consigo piezas con grabados únicos.
“Hay una dualidad, hay como un intercambio entre la pieza y uno mismo. Es increíble que la pieza pida, exija, qué quiere que le grabe uno. Yo agarro la pieza y hay esa comunión, hay esa interacción entre ambos para crear esto”, expresa José Cruz.
Su conexión con cada una de sus obras se ve reflejada en cada vaso, plato, vasija, jarrón y espejo que habita en el taller. Los cristales resguardan todo un imaginario mexicano, desde agaves hasta ajolotes, desde el águila real hasta el Ángel de la Independencia, desde una Virgen de Guadalupe hasta una selva que se extiende por el borde de un espejo. A veces el trabajo es tan intrincado que posee cualidades escultóricas capaces de sobrepasar el grabado.
El maestro artesano comenzó a trabajar el vidrio gracias a su padre, quien en la década de los setenta puso, junto con su hermano, un taller para trabajar esta técnica.

¿Cómo es que el arte del vidrio de pepita llega a su familia?
Lo que pasa es que mi papá vio a una persona grabar. En esos años, en los años sesenta, setenta, se vendía mucho este trabajo, mucho. Pero su grabado era muy simple, el de todos. Entonces dijo mi papá: “Vamos a poner un taller”. Le dijo a su hermano: “Vamos a hacer dinero”, y lo pusieron, pero sin saber grabar, nada más porque vieron y pensaron que era fácil. Entonces le empezaron a enseñar a mis hermanos más grandes, a mis primos, a amigos de ellos. Yo estaba muy pequeño. Luego empezamos a crecer y empezamos a estudiar, y con el tiempo todo el mundo se fue alejando de ese tra bajo. Yo estuve en la Facultad de Filosofía, estudiando precisamente filosofía, pero me llamó mucho esta técnica, porque en ese entonces llegó muchísimo trabajo para mi padre; no podía hacer todas las cosas que le pedían. Y me dijo: “Ayúdame, ayúdame”. Pero había mucho, mucho trabajo y me vi en la disyuntiva de decidir entre la carrera o esto. Entonces aquí me incliné por este trabajo, pero el objetivo fue ser uno de los mejores. No sé si lo he logrado, pero sí estoy reconocido como el mejor tallador de cristal de México en esta técnica.
Entonces usted ha sido más bien autodidacta.
Prácticamente. Lo que pasa es que en ese entonces mi papá se iba a entregar pedidos a Monterrey, Puebla, Morelia, y yo en las noches me quedaba solo, y empecé a practicar bastante por la noche. Por eso en la noche soy feliz, se despega uno de la realidad. Ya no escucha uno ni carros, ni música, simplemente está uno con la pieza; es algo que siempre me ha gustado. Ahora mi familia me dice: “Ya no trabajes tan tarde”. Porque eran las tres, cuatro de la mañana y estaba yo trabajando, me encanta. Los domingos aquí me la paso también.
¿Y cómo ha visto usted que ha evolucionado, en su taller y también en otros talleres, esta técnica? ¿Qué nuevas propuestas han surgido?
Mucha gente me dice: “Oye, ¿por qué está desapareciendo esta técnica?”. Y creo, desde mi punto de vista, que no buscaron nuevos diseños, no crearon otras formas de grabar. Aquí, definitivamente, hemos inno vado muchísimo. Daniel (su yerno y alumno) es una de las personas que últimamente ha estado innovando. Creo que aquí los pocos grabadores que hay a nivel nacional se fusilan todos nuestros diseños, algo que no me parece correcto, por eso hemos registrado algunos de los diseños ante el IMPI (Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial). ¿Y qué pasa? Bueno, en la tienda que tenemos, sobre todo en El Bazar Sábado en San Ángel —pueden llegar de 10:00 de la mañana a 7:00 de la noche—, pues llega gente y me compran una pieza y se la llevan, y de repente ya la están reproduciendo por otro lado. Pero creo que ahí radica nuestro éxito, en que hemos innovado muchísimo, muchísimo. No nos que damos con la clásica pepita, como se le llama a esta técnica. Hemos hecho las águilas, agaves, magueyes, peces, animales, bosques, formas humanas. Ahora los pocos grabadores que andan ahí hacen un grabado muy sencillo. Lo podemos ver, por ejem plo, en el restaurante Rosetta, donde sirven en vasitos que van grabados, pero muy simple, muy sencillo. Cuando no se conoce de esta técnica, todos dicen: “¡Ay, qué bonito está grabado!”. Pero no conocen, no cono cen cómo es el grabado, por qué tiene que ser estético, por qué tiene tantos alcances, por qué tiene tal limita ción, etcétera, etcétera. Entonces, ese es el problema al que nos enfrentamos, que la gente, como no conoce, dice “¡ay, qué bonito!”, pero nosotros que conocemos, decimos: “¡No es cierto, no está bonito! Está muy simple”. Se conforman nada más con sacar cualquier grabado y ya, no hay avances en ellos.
¿Qué es lo que distingue al vidrio de pepita mexicano de otras técnicas que hay en el mundo?
En Europa se le conoce como cristal cortado, en toda Europa es famoso el cristal cortado. Es algo muy simétrico, más geométrico: rombos, triángulos, cuadrados. Son figuras que hacen cortes con una línea. Hemos hecho también, pero no tenemos ahorita. Y es con el mismo tipo de torno, pero ¿qué pasa? Que en el año de mil quinientos cuarenta y tantos llega un español a México, desembarca en Veracruz y de ahí, después de algunos años, se traslada a Puebla. En Puebla manda pedir permiso a los reyes de España para poner la primera fábrica de vidrio soplado. Le dan permiso, pero ahora dice: “¿Quién va a soplar el vidrio?”. Entonces manda pedir artesanos de España. Después de cierto tiempo, porque no era rápido, llegan artesanos sopladores de España. Entre ellos viene gente que sabe grabar, sabe cortar el cristal, el vidrio, y le enseñan a los mexicanos. Y recordemos que la calabaza es un fruto mexicano; entonces, al momento en que el mexicano empieza a hacer sus flores abstractas, quedan con pepitas. De ahí viene el nombre del gra bado de pepita, que se considera muy mexicano. Es la figura la que da el nombre; más que la técnica, es el motivo que utilizan.
Usted como artesano que tiene esta conexión fuerte con cada pieza que le llega, ¿qué bondades y qué desafíos le ofrece el vidrio como soporte para sus creaciones?
Mientras no desaparezca el cristal o el vidrio... El vidrio industrial está desapareciendo. La fábrica de vi drio que había en México, que era Crisa, ya no fabrica vasos, ni copas, ni jarras, ahora solo vidrio plano. ¿Y qué está pasando? Que está llegando vidrio de China y de otros países orientales. Yo no quiero satanizar a China porque tiene cosas interesantes y trae cosas maravillosas en vidrio, muy buen vidrio. Nosotros tenemos contacto con artículos de China. Lo más importante para nosotros es que no desaparezcan, porque hay muchas piezas que han desaparecido, muchas jarras, vasos. Había unas en saladeritas, como riñoneras, que hacía Crisa; pues las descontinuaron. Y luego llegaron unas de Alemania en cristal y también las dejaron de producir. Todavía en la actualidad mucha gente me pide esas riñoneras. Entonces eso es a lo que nos tenemos que enfrentar, a que hay cosas, productos, que ya no hay.
¿Considera usted que ha cambiado o evolucionado la forma en la que el público general percibe este tipo de piezas?
Sobre todo en la era digital actual. Es una lucha de nosotros, es una lucha muy fuerte por que en la tienda lo vivimos. Mucha gente lo desdeña; es una de nuestras luchas innovar y enfrentarnos a toda esa minimización. En ocasiones nos dicen: “Es que esto es como un sello”, pero cuando ya ven totalmente cómo se fabrica, cómo se realiza, y más allá de fabricar, cómo se crea la pieza, es cuando se dan cuenta de que no es un sello y no es una máquina; son manos humanas que tienen la capacidad, la habilidad y la destreza para poder hacer este tipo de cosas y hacer por serie. En este caso (unos caballitos de tequila con agaves), todas las piezas son diferentes, sin embargo todas se ven igual. Pensaría uno que es una máquina y no, solamente es el ser humano. Entonces ahí nos tenemos que defender nosotros, ¿y cómo nos defendemos? Creando cosas únicas. Que la gente diga: “Ay, eso no lo había visto”. Por eso en cada entrevista pedimos apoyo, no a nosotros, sino a la técnica. Lideramos, sí, pero al final de cuentas estamos tratando de concientizar al 100 por ciento a la gente de que esto es único.

¿Qué significa para usted la enseñanza, el transmitir esta técnica a su familia y a quien le interese aprender?
Pues son varios rubros. Uno de ellos es que yo no me quiero llevar a la tumba los conocimientos que tantos años me han costado. Y siento bonito de que mis alumnos me están superando. Ahí sí digo “qué padre”, ¿no? Por ejemplo, si esta águila yo me tardé seis meses en perfeccionarla, se la enseño a la familia, a mis muchachos, a los compañeros, y ellos la hacen en un mes y tendrían ya cinco meses para pensar y hacer cosas nuevas. Eso es lo que a mí me interesa, que no desaparezca esta técnica, que se sigan creando cosas únicas y con calidad, que eso es lo más importante. Esto (un foco grabado con un águila) fue una demostración de que también se puede hacer todo en un vidrio delgado. Porque en aquel entonces platicábamos con unos grabadores que decían que las bombillas de las lámparas que había anteriormente son muy delgaditas y no se pueden grabar. Y yo les dije: “Es mentira”. Cuando se tiene la capacidad, cuando se tiene la habilidad y cuando se tiene el res peto hacia el cliente, se pueden hacer muchas cosas. Entonces yo les digo: “Es mentira, se puede hacer (el grabado) con calidad, sin importar qué tan delga do sea el vidrio”. Así se empiezan a romper mitos, mitos que se decían que no se podían, y la verdad aquí conmigo y los muchachos, que ya están muy avanzados, se rompen. Y así seguimos.
¿Qué considera usted que se ha hecho bien en México y qué falta hacer para preservar las tradiciones artesanales del país?
Yo creo que lo más importante es que se apoye a la artesanía y que se apoye esta técnica. Esta técnica, reitero, está desapareciendo. A mis alumnos yo siempre les digo: “Tengan dignidad, dignidad en su trabajo y en su persona”. De repente llega uno de esos alumnos, compra a escondidas una copa, se la lleva y llega con el cliente y le dice: “Mira, el señor José Cruz te la vende en 300 pe sos, yo te la doy en 100”. Yo creo que debemos tener dignidad, no caer en ese tipo de actos a nivel general. Siempre hay que caminar con respeto hacia ustedes como clientes, ser respetuosos. Hay mucha gente que llega a la tienda que viene de Europa, ya sea de Italia, Francia, Alemania… que dicen: “Es que en mi país, con lo que sabes hacer, te vuelves riquísimo”. ¿Cómo es posible que ellos reconozcan mi trabajo y aquí en México no se reconozca? ¿Qué pasó con la virgen, por ejemplo? Entró a un concurso allá en Xcaret (Quintana Roo) hace un año. Todo el mundo dijo: “Ya ganó, es maravillosa”. Al final no se ganó ni un premio, ni una mención honorífica. Se acertaron dos, tres jueces que conocía (eran como nueve jueces) y que les hablo muy bien, y me dicen: “José, ¿sabe por qué no ganó su pieza? Porque es una obra de arte y se premió el arte popular”. ¿Entonces qué? ¿Qué es artesanía? ¿Qué es arte? Es conflictivo todo eso. Entonces por eso casi no me gusta entrar a concur sos, porque lo padecí muchas veces. En FONART (Fon do Nacional para el Fomento de las Artesanías), que es la única institución que hace esos concursos, me fue muy mal. Se perdían las piezas, se rompían las piezas, se vendían antes de entrar al concurso, y no se hacía nada. Tengo amigos que tallan la piedra y les pasó lo mismo, se las desaparecieron. “¿Dónde están?”, y te dicen: “No sé, luego te la pagamos”, y pasan los años y no te la pagan. Luego vamos a buscar mercado en FONART por que todo el mundo decía: “Vende en FONART, vende en FONART”, pero ¿qué dice el FONART?: “Es que tus piezas son caras”.
¿Caras en comparación a qué? ¿La calidad cuesta?
Por todos lados. Por eso siempre tratamos de invitar a la gente a que vengan a ver cómo se trabaja, cómo se hace esa técnica. ¿Hay alguna pieza a la que le tenga usted algún cariño especial? Yo creo que todas. Cada una tiene su total atención en el momento. Es como los hijos, ¿no? A veces nos in clinamos más por uno que por otro, pero al final todos son maravillosos.
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