Los mártires duranguenses: origen de la Cristiada (parte II)
Por su parte, David Roldán Lara —comprometido en matrimonio con la hija del minero alemán Gustavo Windel, su jefe— envió un recado a su madre tratando tranquilizar a ambas, diciéndole que irían a Zacatecas y asegurándole que en dos días regresaba.
La esposa de Manuel Morales, Consuelo Loera, expuso al teniente Ontiveros la inocencia de su marido. El teniente, aparentando bondad, le mintió: “Señora, váyase tranquila, le juro por mi madre que nada le pasará a su esposo”. Añadió que le apenaba no poder hacer nada contra las órdenes superiores que llevaba, pero que después de dos o tres días Manuel estaría de regreso.
Algunos vecinos ofrecieron a Ontiveros una crecida suma de dinero a cambio de la libertad de los reos, pero el militar repuso que los liberarían apenas rindieran sus declaraciones en la capital zacatecana.
A la mitad de ese fatídico 15 de agosto, las víctimas abandonaron el pueblo en dos vehículos. Para impedir su traslado, los vecinos intentaron lapidar a la comitiva, al grado que los soldados, en desventaja y ante la disyuntiva de arremeter contra los civiles, se vieron en la necesidad de pedir al padre Batis que calmara a la turba, orden que acató: “¡Por favor no me sigan, no pasará nada!”.
La indignación general en el pueblo era bastante evidente por parte de los ciudadanos que recientemente habían resultado damnificados, con pérdidas humanas y materiales, del terremoto del año anterior. Y es que ahora se veían castigados no por la naturaleza, sino por el mismo gobierno que poco antes había prometido asistirles en todas sus necesidades y que hoy los atacaba en lo más íntimo de sus fibras históricas, esto es, atentando contra su libertad religiosa y de expresión.
Conscientes del atropello contra quienes de antemano sabían tan inocentes como indefensos, el destacamento subió a los prisioneros a un camión bajo el pretexto de trasladarlos a Sombrerete y de ahí pasar a la capital de Zacatecas. No obstante, la consigna era asesinar a los cuatro ilustres cautivos a manera de escarmiento contra la población, por lo que los llevaron al puerto de Santa Teresa. Ahí, ante las faldas de un antiguo cerro y mina prehispánica, harían bajar del vehículo al padre Batis junto con Manuel Morales, David Roldán y Salvador Lara, pretextando una supuesta falla mecánica, para poder perpetrar el crimen con impunidad y —al menos en apariencia— lejos de la indignación popular y de cualquier testigo posible, según se desprende de lo relatado por una publicación de la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM):
“Los reos fueron trasladados al lugar del sacrificio. Cuando al señor cura Batis y a Manuel Morales los condujeron al sitio de la ejecución, el sacerdote intercedió por Manuel Morales ante el teniente. ‘¡Mire, a este no le haga nada, es un muchacho! ¡Tiene esposa, tiene hijos! ¡Yo muero gustoso, yo soy sacerdote, pero a él no le haga nada!’. Manuel replicó: ‘Deje que me fusilen, señor cura. Yo muero, pero Dios no muere. Él velará por mi esposa y mis hijos’. Y, descubriéndose la cabeza, gritó: ‘¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!’”.
Después de ejecutarlos, los despojaron de sus pertenencias, pero fueron alcanzados por Pedro Quintanar, revolucionario y hombre respetado en la región, quien había intentado interceder fallidamente y liberar a las víctimas. Se desató un breve tiroteo entre sus hombres y la soldadesca, que logró huir abandonando los cuerpos. Se dice que Quintanar y quienes les acompañaban empaparon sus manos con la sangre de los mártires y juraron hacer justicia ante sus cuerpos.
Quintanar, en represalia, atacó la Oficina de Administración del Timbre, la alcaldía y marchó a Huejuquilla, donde inició los primeros levantamientos, que extendiéndose hacia el Mezquital y Bayacora (en dirección oeste y norte) y a Colotlán, Jalisco (en dirección sur), detonarían la Cristiada en todo el país.