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Los rostros que limpian autos en la Alameda Zaragoza a 40 grados

Su presencia forma parte del paisaje urbano de ese paseo público lagunero que data de 1898

Los rostros que limpian autos en la Alameda Zaragoza a 40 grados

Los rostros que limpian autos en la Alameda Zaragoza a 40 grados

DANIELA CERVANTES

Son casi las doce del mediodía y los rayos del sol caen a plomo sobre el asfalto de la Alameda Zaragoza en Torreón. En su contorno, desde hace al menos tres décadas, es habitual ver a una cuadrilla de hombres que, armados con franelas gastadas y cubetas, se ganan la vida lavando “coches”.

Aunque pocos se detienen a pensar en el origen de este oficio, su presencia forma parte del paisaje urbano de ese paseo público lagunero que data de 1898.

Como dato contextual, en México, los llamados lavacoches o franeleros comenzaron a multiplicarse a mediados del siglo XX, cuando el crecimiento de las ciudades y el aumento del parque vehicular abrieron un espacio para quienes, sin acceso a un empleo formal, encontraron en el lavado de automóviles estacionados en la vía pública una forma de llevar el sustento a sus hogares.

Décadas después, esa historia se sigue escribiendo bajo el intenso sol lagunero.

Sobre las calles Allende, Donato Guerra, Juárez y González Ortega, al menos 78 hombres, según un registro del departamento de Plazas y Mercado de Torreón, trabajan a cielo abierto frotando llantas, carrocería, espejos y vidrios de autos ajenos. Su enmienda, dejarlos como nuevos.

Casi nadie los mira, pero ahí están. Todos los días se instalan sobre su pedazo de suelo y se persignan para que los clientes lleguen.

Y es que fácil no la tienen. Compiten contra las inclemencias del clima, la baja afluencia que hay entre semana y con los car wash de monedas o lavaderos de autos de autoservicio que cada vez son más populares en la Comarca Lagunera por ofrecer el mismo servicio a sólo 30 pesos. Una diferencia importante al constatar que la mayoría de ellos cobra entre 100 y 150 por unidad.

Aun así, armados con trapos, cubetas, jabón, cera, cepillos y mucha voluntad, todos los días llegan con la esperanza de tener un buen día.

Este diario recogió algunas de las voces que sostienen este oficio en los alrededores de uno de los paseos públicos más populares de la región.

Oficio de generaciones

Jaime apenas tiene 22 años, pero ya suma más de tres lavando autos en la Alameda. Llegó por invitación de su hermano, después de pasar por la construcción, el reparto de comida y otros empleos donde, dice, el dinero nunca alcanzaba.

—Aquí fue diferente. En otro trabajo no había hecho lo que he hecho aquí.

Como muchos de sus compañeros, aprendió observando. Primero bajo la guía de su hermano y después a prueba y error, escuchando los reclamos de los clientes cuando algún rincón quedaba sin limpiar.

—Te vas enseñando tú solo. Te dicen: "te faltó aquí", "te faltó acá", y así aprendes.

En su familia el oficio ya es una tradición. Todo comenzó con un tío que poco a poco fue incorporando a hermanos, sobrinos y primos. Hoy varias generaciones continúan ocupando el mismo espacio sobre la calle Allende.

Por otro lado, Daniel comparte una historia parecida. Tiene 23 años y desde niño acompañaba a su padre a lavar carros a domicilio.

—Mi papá me enseñó desde chiquillo. Me llevaba con él y así fui aprendiendo.

Ahora permanece todos los días, de nueve de la mañana hasta las ocho de la noche, esperando entre cinco y ocho vehículos cuando la jornada, dice, se puede decir que es buena.

—Uno trata de hacer bien el trabajo para que la gente vuelva y te busque.

La clientela fiel es el patrimonio más valioso que poseen. Frente al crecimiento de los autolavados automáticos y de autoservicio, saben que su principal ventaja sigue siendo ganarse la confianza de los clientes.

—Ya tenemos nuestros clientes —coinciden Jaime y Daniel—. Ellos saben cómo dejamos los carros.

“Mi garantía son los productos que uso”

Detrás de cada lavado también hay técnica. Gustavo Martínez Luna asegura que no cualquier jabón sirve.

—Yo los lavo con champú con cera. Ya fui aprendiendo solo qué productos dejan mejor el carro. Esa es mi garantía.

Trabaja de lunes a domingo, de ocho de la mañana a dos de la tarde. Además del lavado de autos, ha sido albañil, operador de maquinaria y cualquier otro empleo que le permita sostener a su familia.

—De todo hay que hacer para sobrevivir.

Para Alejandro Adán Márquez García, de 17 años en la Alameda, el oficio también llegó por invitación de un hermano cuando se quedó sin trabajo.

Con el dinero que obtiene aquí ha sacado adelante a sus cuatro hijos.

—Yo soy el que tiene que responder por ellos.

Mientras habla observa el movimiento de la calle. Reconoce que la competencia ha aumentado, tanto entre ellos como por los nuevos negocios de lavado automático.

—Sí, nos ha bajado el trabajo, pero aquí seguimos. De aquí vivimos, qué más podemos hacer.

Lavar autos a la tercera edad

La historia de Juan Manuel Cordero resume quizá la parte más dura de este oficio. Tiene 68 años y durante décadas fue operador del transporte público en Torreón y Monclova. Cuando intentó volver al volante descubrió que los reflejos ya no eran los mismos.

—Dije: "voy a causar un accidente". Mejor ya no.

Entonces regresó al lavado de autos.

Cada mañana toma un taxi porque las cubetas y herramientas ya no puede cargarlas en el transporte público. Solo en traslados gasta cincuenta pesos diarios.

Hace unos días cayó al bajar de un camión. Todavía le duelen los hombros, pero ya tuvo que volver a lavar autos,

—No hay de otra, señorita.

Vive solo desde hace más de una década. Sus hijos hicieron su vida y él prefiere no guardar resentimientos.

—Dios que los cuide y los proteja.

Cuando la suerte acompaña lava seis o siete vehículos. Otras veces apenas uno. Pero, también dice:

—Hay días que así como le echo el jabón al agua, así la tiro.

El trabajo no sólo exige fuerza física. También implica soportar temperaturas superiores a los 40 grados.

—El hambre es el que hace aguantar. Ya ni sientes el calor —dice Jaime.

Alejandro sonríe cuando escucha esa frase.

—Sí pega. Sale uno bien sediento, bien cansado. Toma agua y parece que no llena.

Aun así, ninguno habla de abandonar el oficio.

Todos coinciden en pedir lo mismo: que la gente siga confiando en ellos.

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