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Los supuestos del modelo

El nuevo muro, tiene más cimientos

DANIEL ERNESTO GONZÁLEZ TORRES  

No se puede decir que EUA elevara los aranceles, propiamente los volvió más difíciles de revertir, y para México, esa diferencia modifica el riesgo económico para de la próxima década.

A partir del viernes 24 de julio entró en vigor la nueva política arancelaria de EUA que grava con tasas de entre el 10 y 12.5% a las importaciones de aproximadamente 60 economías, de las cuales en conjunto concentran el 99.4% de las compras estadounidenses. El anuncio lo hizo el representante comercial Jamieson Greer durante la tercera ronda de negociaciones del T-MEC. Si ya de por sí esta escenografía dice mucho sobre el estilo de negociación, la noticia más importante es que los aranceles cambiaron su fundamento jurídico sin necesidad de cambiar la tasa, y esa diferencia, que parecería un mero tecnicismo, es probablemente el dato más relevante.

Es conveniente recordar que la Suprema Corte de EUA invalidó la primera oleada de aranceles  “los recíprocos” que Donald Trump impuso bajo la ley de emergencia económica a todo el mundo, y la resolución final de la Corte obligó al presiente no solo a dar marcha atrás a la decisión punitiva, sino a devolver 166 mil millones de dólares (MMD), de los cuales ya devolvieron 86 MMD. A su vez la Casa Blanca tuvo que improvisar aranceles globales del 10% que expirarían el 24 de julio del 2026, es decir, Trump y su equipo comercial crearon un instrumento de emergencia, ante el revés legal.

Pero, al ser una decisión transitoria, tenia fecha de caducidad y horas antes del vencimiento, la Oficina del Representante Comercial formalizó la acción final de una investigación que se abrió en marzo y fue determinada el 2 de junio, donde se impusieron aranceles por trabajo forzoso. Este nuevo impuesto del 10% aplica a los países que ya prohíben importar bienes producidos con trabajo forzado o se comprometieron a hacerlo y de un 12.5% a los países que aun no. México, Canadá, Reino Unido e India, entre otros, quedaron en el grupo de países con el 10%; la Unión Europea, Japón, Corea del Sur, Taiwán y Suiza están en el segundo grupo.

Aunque el gobierno norteamericano niegue que la nueva medida fuera un sustituto directo a los aranceles que expiraba, a pesar de la coincidencia en el calendario, la similitud de las tasas y de su cobertura casi universal, la evidencia es innegable y dejan una lección muy clara para el mundo. Los aranceles fundados en prácticas comerciales desleales de los socios o de un corte ambiental, sanitario o laboral suelen ser más difíciles de impugnar, y la determinación administrativa para imponer los nuevos aranceles se basa en conductas sancionable de los socios comerciales y no sobre una circunstancia excepcional de quien los impone.

Dicho de otro modo, Trump no elevó el muro arancelario, lo reconstruyó sobre cimientos más resistentes, y deja claro que su derrota judicial no lo hizo abandonar su decisión, sino que se dedicó a buscar otro mecanismo para lograr su objetivo, por lo que es razonable considerar que las siguientes barreras que tratará de imponer obliguen a los países a elevar sus estándares ambientales, sanitarios o de seguridad nacional.

Mexico a través del responsable de la Secretaria de Economía, trató de responder mediante un discurso de contención que busca dar certeza, y que no se puede decir que fue incorrecta.

El secretario Marcelo Ebrard precisó que la medida no altera la posición de México “ese 10% es el mismo nivel que teníamos” y se considera que cerca del 85% de las exportaciones mexicanas seguirá entrando con arancel cero. Además, México no aplicará represalias, ya que en una escalada arancelaria frente a la economía más grande del planeta es muy probable que se pierda. Pero, este discurso, no debe olvidar que además de buscar dar tranquilidad a los agentes económicos en nuestro país, debe tener bien claro que ese 85% de exportaciones las protege el cumplimiento de las reglas de origen y no un tratado, y esas reglas en el sector automotriz son uno de los temas que no pudieron cerrarse durante la tercera ronda del T-MEC.

El discurso tampoco debe olvidar, que, si bien es cierto, la cercanía con los clientes de EUA es una ventaja competitiva estática, también, el pagar solamente el 10% de aranceles mientras otros países como la Unión Europea o Japón pagan más, es una ventaja “prestada” no ganada, ya que la competitividad depende cada vez menos de la productividad y cada vez más de un acuerdo que se estará revisando año con año aumentando el riesgo de “perder” esa ventaja.

Y el tema que mas preocupa, por supuesto es “la arbitrariedad”, se debe recordar por ejemplo como el presidente Trump amenazó con un “gran arancel” a México por unas lechugas, es claro que esto no es una política comercial, pero tampoco se puede ignorar, ya que cuando un incidente sanitario detona una amenaza arancelaria, el instrumento deja de ser previsible, y aunque la amenaza no se materialice, sí aumenta la prima de riesgo en los proyectos de inversión.

Durante años se ha analizado la incertidumbre comercial como una transición que debería sortearse y se considerar como un periodo desagradable, antes de retomar el equilibrio. Pero, lo que han dejado estas últimas semanas de julio, donde se enfrenta un nuevo muro arancelario jurídicamente más sólido, y se combinan revisiones anuales hasta el 2036 del T-MEC, no describen propiamente un momento de transición, sino el nuevo régimen económico de incertidumbre.

Cuando se iniciaban las revisiones conjuntas del acuerdo comercial se planteaban tres posibles escenarios, donde el más optimista era el de la renovación automática por dieciséis años; otro de una posible ruptura comercial; y el último que planteaba que el tratado comercial seguiría vigente, pero con revisiones anuales y que fue la definitiva. Esta última posibilidad, en aquel momento podría dar algo de alivio, pero el día de hoy esta visión es menos indulgente de cómo se veía, ya que sostener por una década una negociación y la permanente incertidumbre, en los hechos es dar por comenzado el modelo económico del riesgo permanente.

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