El tipo de cambio no funciona como el marcador de un juego de futbol, donde se puede ver si se va ganando o se va perdiendo, representa el precio relativo que separa lo que se produce dentro del país respecto de lo que se compra afuera y, como cualquier precio, al moverse impacta en el ingreso.
El tipo de cambio alcanzó los 16.9018 pesos por dólar de acuerdo con el Banco de México (Banxico), alcanzando su mejor nivel desde 2024, y se puede decir que es calificación aprobatoria para el funcionamiento de la economía al determinar que un peso fuerte refleja una economía sólida; sin embargo, vale la pena ver “la otra cara de la moneda o del peso en este caso”.
El economista de la UNAM Arturo Huerta ha sostenido en diversos foros y desde hace mucho tiempo que la apreciación del peso no es un accidente del mercado, sino el resultado de una política económica que se busca, pero que su costo es el crecimiento y la inversión.
Al ver las cifras del segundo trimestre del 2026, el argumento se ve con claridad, pues los datos ya no solo se pueden atribuir al ciclo externo, ya que la economía mexicana está exportando como nunca y al mismo tiempo está produciendo menos manufacturas que hace un año. A principios de agosto, Banxico decidió mantener la tasa de interés objetivo en 6.5%, la segunda pausa después del recorte de mayo, y la Reserva Federal de EUA mantuvo el rango de 3.5 a 3.75%, creándose una brecha entre el costo del dinero entre México y EUA de 275 a 300 puntos base.
Esta diferencia se puede considerar como el determinante principal de la apreciación del tipo de cambio, es decir, el peso paga rendimientos que ninguna economía desarrollada ofrece, atrayendo capitales de corto plazo que engrosan la oferta de dólares en el mercado local, mientras que el discurso oficial presenta la fortaleza del tipo de cambio como el resultado de la disciplina macroeconómica, cuando proviene de una decisión con efectos distributivos claros, ya que las altas tasas no solo abaratan el dólar, sino que también encarecen el crédito interno, deprimen el valor presente de los proyectos productivos y desplazan los recursos fiscales al pago de intereses, que podrían utilizarse en otras cosas.
Además, no se puede olvidar que parte de la fortaleza del peso está en función de la debilidad del dólar frente a una canasta de divisas y al apetito global por dólares, desafortunadamente el país no es más productivo que hace dos años, por el momento es más rentable financieramente y esa es la diferencia entre una moneda fuerte y una sobrevalorada.
El dato más evidente no está en el mercado cambiario, sino en el consumo de los hogares, ya que en los primeros cinco meses del año el consumo privado creció 2% anual, pero el avance fue resultado del componente de las importaciones que crecieron 10.4%, mientras que el consumo de bienes nacionales no registró variación, de hecho, ya son doce meses consecutivos de crecimiento para los bienes que vienen de fuera y de estancamiento para los fabricados aquí.
Es claro que este comportamiento no es solo por el tipo de cambio; también intervienen factores como el ingreso, el crédito y las preferencias del consumidor, pero la diferencia de más de 10 puntos entre bienes nacionales e importados sí describe parte de lo que la teoría dice cuando la moneda se aprecia sostenidamente, donde un peso caro funciona como un subsidio a las importaciones y un impuesto a la producción nacional.
Por supuesto que la objeción está presente al ver cómo las exportaciones no han dejado de crecer, solamente en julio México exportó 81 mil 420 millones de dólares, un incremento del 43.7%, y que, por cierto, la cifra fue impulsada por equipos eléctricos y electrónicos que se dispararon 134% ante la demanda estadounidense de infraestructura para centros de datos (¿y los autos?), por lo que surge la pregunta, entonces, ¿cómo convive una moneda cara con un récord exportador?La respuesta está en las características de ese comercio y confirma el planteamiento del doctor Huerta, ya que en el mismo mes las importaciones alcanzaron 82 mil 268 millones de dólares, un 45% más, generando un déficit de 847.5 millones; es decir, lo que está creciendo no es la capacidad productiva nacional, sino el volumen de ensamblaje, donde se está importando más para exportar más y el valor agregado que genera el país es pequeño.
Por supuesto, la apreciación del peso es vital para un país como México y prueba de ello es la inflación de 3.12% de julio, la más baja desde 2020, ya que un dólar barato contiene los precios de las mercancías importadas y protege el poder adquisitivo del salario y reduce el riesgo de una espiral inflacionaria, y nadie que haya vivido en 1982, 1987 o 1994 puede decir lo contrario.
Sin embargo, mantener altas tasas de interés y una moneda cara durante años para capturar beneficio solo en el consumo es una apuesta costosa. Una corrección abrupta del tipo de cambio encarecería las importaciones, golpearía a las empresas endeudadas en dólares y presionaría al alza las tasas, por lo que acompañar la estabilidad del tipo de cambio con una política industrial sería lo más adecuado.
La Encuesta de Citi de agosto redujo la mediana esperada para el cierre de 2026 a 17.68 pesos por dólar y ajustó la de 2027 a 18.24, por lo que el propio mercado ya anticipa que el nivel actual de la relación peso-dólar no es sostenible, pero la pregunta relevante no es si el tipo de cambio se depreciará, sino saber si la corrección será una decisión de política económica o producto de un accidente económico y la diferencia entre las tasas deje de compensar el riesgo país y los flujos de dinero de corto plazo se retiren con la misma facilidad con la que entran.
El país lleva casi cuatro décadas usando al tipo de cambio como ancla antiinflacionaria y como sustituto de una política de desarrollo, y el resultado está a la vista, con una industria que es desplazada por importaciones, una inversión estancada en 21.2% respecto al PIB y un mercado laboral que apenas absorbe a quienes se incorporan cada año y con un alto contenido de informalidad.
Un peso caro no es un logro nacional, es una transferencia, y reconocerlo es el primer paso para discutir lo que le hace falta a la economía, como una tasa de interés compatible con la inversión, un gasto público orientado a las capacidades productivas y una política de contenido nacional que convierta el récord exportador en algo más que un tránsito de contenedores.