El 16 de septiembre el banco de la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos (EUA) elevó por unanimidad en 25 puntos base su tasa de interés y rompió una pausa de más de tres años, para dejar el rango entre 3.75 y 4 por ciento. Ocho días después la Junta de Gobierno del Banco de México (Banxico) decidió mantener la tasa de interés interbancaria en 6.5 por ciento.
Bajo la lectura tradicional donde la política monetaria mexicana “sigue a la Fed” para proteger al peso, la decisión parecería anómala. Sin embargo, el criterio que el banco central mencionó fue que “las condiciones macroeconómicas de México son distintas a las de EUA, por lo que la política monetaria no tendría que reaccionar de manera mecánica”.
Pero, mientras que el alza estadounidense responde a una inflación que repuntó desde principios de año, por el encarecimiento del petróleo por el conflicto en Medio Oriente, de hecho, el índice de precios al consumidor de EUA registró una variación anual de 3.4 por ciento en agosto lejos del objetivo del 2 por ciento y a ello se le suma una economía que se está expandiendo a un ritmo sólido, es decir, un choque de oferta que llega a una economía sin holgura.
Pero, el dato a destacar es que de los 18 participantes en la elaboración del pronóstico económico, 16 consideraron al menos un incremento de tasa adicional antes de que termine el 2026, por lo que no se trata de un ajuste aislado sino del posible inicio de un tramo de política monetaria restrictiva.
Por otro lado el diagnóstico mexicano es distinto, ya que entre la primera quincena de julio y la primera de septiembre la inflación general subió de 3.1 al 3.42 por ciento, sin embargo, el aumento provino del componente no subyacente y la inflación subyacente (la que refleja mejor las presiones persistentes en los precios), siguió bajando. Por otra parte el producto interno bruto (PIB) creció 1.4 por ciento trimestral en el segundo trimestre y 1.9 por ciento anual y el Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE) avanzó 0.8 por ciento mensual en julio bajo el impulso de la Copa Mundial.
Por lo que se puede decir que subir la tasa de interés para combatir choques de precios agrícolas pareciera ser una decisión de coyuntura más que sobre la dinámica que se espera de la economía al cierre del año.
Sin embargo, el argumento de más peso sobre la decisión de aumentar la tasa de interés en una económica que crece lento está en el argumento del diferencial de tasas entre México y EUA. Con la tasa de Banxico en 6.5 por ciento y el techo del rango de la Fed en 4 por ciento, y la brecha se redujo en 250 puntos base, una diferencia mínima desde que el Banxico adoptó la tasa interbancaria a un día como instrumento de política monetaria.
La divergencia en la decisión de mover las tasas tiene un costo visible en el tipo de cambio ya que la relación peso dólar FIX pasó de 16.87 el 4 de septiembre a un cierre de 17.84 el 28 de septiembre, una depreciación cercana al 6 por ciento la mayor desde marzo. Esta depreciación parte de niveles de fortaleza excepcional del peso y el Banxico plantea ambos lados del riesgo, ya que por un lado advierte que la tendencia a la depreciación del peso puede generar un riesgo al alza para la inflación y por otra parte, establece que se pueden dar menores presiones por la apreciación acumulada desde el año pasado como riesgos a la baja. El consenso de los analistas estima que el tipo de cambio cerrará el año en 18 pesos por dólar un nivel que devolvería al peso a la zona supuestamente de normalidad oficial y no a un escenario de crisis cambiaria.
Pero retomando la diferencia entre ambas tasas en mínimos históricos, provocó que el peso enfrentara su peor semana desde el primer trimestre del año y con una Fed anticipando otra alza, por lo que mantener la tasa estable en México por más tiempo puede exponer al peso a una salida de flujos. Si la Fed sube el interés en octubre y en diciembre, el diferencial caería a 200 puntos base al menos, y si además el peso supera la zona de 18.5 y la inflación subyacente en México dejara de bajar, el Banxico tendría que responder de manera clara.
Por último, se debe decir que la decisión del Banxico de no seguir la decisión de la Fed de Incrementar la tasa el 24 de septiembre marcó un cambio en la relación monetaria entre México y EUA, ya que por primera vez en años el Banco Central decidió no seguir a la Fed sólo por reflejo.
Mientras que la inflación mexicana responde a precios de oferta, la economía carece de presiones de demanda y la tasa real sigue siendo restrictiva y el costo de estos elementos es un peso más volátil y un presupuesto con menor margen de maniobra por la variación de los costos financieros; pero la prueba definitiva llegará en noviembre cuando se sepa si la Fed profundizará su ciclo restrictivo y si el impacto en el tipo de cambio se traslada a los precios. Hasta entonces, la pausa en de la tasa de interés de 6.5 por ciento parece no ser pasividad, sino una decisión deliberada de dejar de importar una política monetaria diseñada para otra economía.