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Los supuestos del modelo

El Plan México ante la prueba de Porter

DANIEL ERNESTO GONZÁLEZ TORRES
DANIEL ERNESTO GONZÁLEZ TORRES

El gobierno de México hace poco más de año y medio presentó el Plan México y que se puede considerar como un proyecto de política industrial después de que el Estado mexicano dejó la rectoría de la economía a las fuerzas del mercado. El Plan cuenta con trece metas a 2030 e incluyen lograr posicionar al país entre las diez mayores economías del mundo, incrementar la inversión por encima del 28 por ciento del PIB, crear un millón y medio de empleos en sectores estratégicos y lograr que la mitad de la proveeduría y del consumo nacional sea hecho en México.

A veinte meses de aquel anuncio la pregunta de fondo no está en si las metas son deseables, sino si un plan de gobierno puede lograr aquello que está prometiendo en materia de competitividad, y para responderla conviene retomar el libro “ventaja competitiva de las naciones” de Michael Porter donde estudió a diez países y llegó a la conclusión de que la prosperidad de las naciones no se decreta, sino que se debe crear desde adentro del sistema cuatro determinantes que se refuerzan entre sí y que llamó “diamante”.

Estas cuatro determinantes son las condiciones de los factores como trabajo, capital, infraestructura y conocimiento; las condiciones de la demanda interna; la presencia de sectores proveedores y afines; y la estrategia, estructura y rivalidad de las empresas. Es importante destacar que el factor gobierno no figura entre estos elementos, sin embargo, Porter coloca la variable afuera del diamante, junto con el azar y como una fuerza que puede afectar cada determinante pero que no las sustituye.

Bajo esta consideración el Plan México no es una fuente de una ventaja competitiva, pero se puede considerar como un intento de mover los cuatro vértices desde afuera. Además, hay un matiz mexicano, ya que Porter pensó su modelo para economías cuya base competitiva es doméstica. En 2025, alrededor del 82 por ciento de las exportaciones mexicanas tuvieron como destino EUA, frente al 76 por ciento de 2018, por lo que el diamante mexicano no se entendería sin el norteamericano, ya que buena parte de la demanda, del capital y de la tecnología que explican al sector exportador se localiza al norte de la frontera.

Porter distingue a los factores básicos que se heredan, y factores avanzados que se construyen y son de donde provienen las ventajas duraderas. Pero México compite con factores básicos como su población trabajadora y su geografía y los factores avanzados permanecen rezagados. En agosto de 2026 la informalidad laboral se ubicó en 55 por ciento. El gasto en investigación y desarrollo apenas ronda 0.27 por ciento del PIB y el promedio de la OCDE es de 2.7 por ciento. El Plan busca atender esta desventaja formando 150 mil profesionistas y técnicos al año, con obra pública y el compromiso de mayor inversión científica. Y la inversión fija que debería anclar todo lo demás va rezagada con apenas el 21.8 por ciento del PIB, por debajo del 25 por ciento que el Plan fija como piso.

Para Porter no importa tanto el tamaño del mercado interno como su calidad, con compradores sofisticados que obliguen a las empresas a innovar antes que sus rivales extranjeros, pero actualmente el comprador más exigente de la industria mexicana es extranjero y las marcas globales fijan desde afuera las especificaciones. El Plan apuesta por el volumen y propone sostener los aumentos al salario mínimo hasta llegar al valor de 2.5 canastas básicas en 2030, relanzar la marca «Hecho en México» y destinar a la producción nacional la mitad de las compras públicas. Estas medidas fortalecen el consumo, pero el mercado no crece en automático, por ejemplo, las compras públicas pueden operar como un comprador temprano y riguroso y que impone estándares de calidad o como un mercado cautivo que garantiza ventas solamente.

México cuenta con exportadores consolidados sobre todo en los sectores automotriz y electrónico, y operan con una alta proporción de insumos importados. En 2024 el valor agregado nacional representó 44.2 por ciento de la producción de la manufactura de exportación, el nivel más alto desde 2003. Para mejorar las proveedurías el instrumento elegido son los Polos de Desarrollo Económico para el Bienestar.

Para Porter los agrupamientos surgen donde ya hay una base empresarial y conocimiento, si bien la política puede reforzarlos no puede crearlos desde cero. Mientras que algunos polos tienen vocaciones reconocibles otros parecen reunir sectores sin relación evidente entre sí, como por ejemplo el de Chetumal que contempla a la vez energías limpias, textil, agroindustria, electrónica y automotriz. El proyecto considera 25 polos, y 14 cuentan con dictamen, seis con desarrollador asignado y solo dos tiene infraestructura concluida.

La rivalidad interna es la determinante más poderoso del diamante, ya que las empresas que compiten en casa suelen estar mejor preparadas para el mercado mundial, pero la empresarial mexicana ofrece poco de eso, y según los Censos Económicos 2024, las empresas grandes representan 0.2 por ciento del total y generan 54.3 por ciento del valor agregado; las micro son 95.4 por ciento y aportan 16 por ciento. El Plan responde con una meta de 30 por ciento de PYMES accedan a financiamiento. Pero, apenas el 4.4 por ciento de las MIPYMES cuenta con financiamiento bancario.

Aunque es prematuro emitir una evaluación del Plan ya que su horizonte es 2030, si se puede afirmar que trabaja más sobre el tamaño de la economía que sobre su capacidad de competir; pretende fortalece la demanda y la proveeduría, pero deja sin instrumentos equivalentes a la ciencia y a la rivalidad que son las que convierten la producción en ventajas competitivas.

El marco de Michael Porter sugiere tres ajustes, sin que se abandone el Plan. Primero, determinar una meta cuantificable de gasto en investigación y desarrollo. Segundo, que las compras públicas premien los estándares de calidad y no solo el origen local y por último, que las nuevas protecciones arancelarias funcionen para incubar nuevas empresas y no solo como un refugio. La política industrial puede acelerar un proceso que las empresas ya están dispuestas a emprender, pero no puede emprenderlo por ellas y México tiene hoy una política industrial explícita y eso es la novedad relevante, pero falta comprobar si también se está dispuesto a construir el entorno competitivo del que depende que esa política funcione.

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Escrito en: Daniel Ernesto González Torres Columnas

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