El premio Nobel de Economía es un buen termómetro de las ideas que dominan la disciplina en el momento, y en esta ocasión se les otorgó a Robert E. Hall, de la Universidad de Stanford, y a Michael Woodford de Columbia, premiando el trabajo que explica como los bancos centrales actúan para controlar la inflación y amortiguar las recesiones. Algunos medios están prestando el trabajo ganador como una reivindicación de John Maynard Keynes, el economista británico que hace ya casi un siglo convenció al mundo de que los gobiernos podían rescatar a una economía en crisis.
Pero, Hall y Woodford no reivindicaron la receta de Keynesiana, sino que la revisaron pieza por pieza y conservaron una parte de su conclusión y reemplazaron casi todos los fundamentos, dejando un Keynes reconstruido con las herramientas críticas. Por lo que en lugar de estudiar la economía desde arriba y a partir de los grandes agregados como la producción o la inflación, construyeron modelos que parten de cómo deciden las familias y las empresas, es decir, de lo micro.
Para entender el premio se debe recordar que Keynes en su Teoría general de 1936, que se escribió en plena Gran Depresión, sostenía que una economía podía quedar entrampada en el desempleo durante muchos años debido a que la demanda se quedaba corta, es decir, que las familias gastan menos, las empresas invierten menos y nadie tiene incentivo para romper ese círculo, por lo que la salida era que el Estado ejerciera el gasto para reactivar a la economía, y esa idea fue la que dominó la política económica de la posguerra.
Al pasar de los años dicha receta se volvió mecánica, y parecía que los distintos gobiernos elegían de entre un pequeño menú de opciones donde podían seleccionar un poco más de inflación a cambio de un poco menos de desempleo, por ejemplo; pero esta estrategia dejo de funcionar en los años setenta, cuando los choques del petróleo, la inflación y el desempleo subieron al mismo tiempo, creando el fenómeno de la estanflación, y los modelos keynesianos de la época no supieron explicarlo ni corregirlo.
Keynes también propuso que el consumo de una familia dependía de su ingreso de hoy, y si el gobierno ponía dinero en tu bolsillo, y gastas una parte, ese gasto se volvería ingreso de alguien más, creando un efecto multiplicador, pero Hall explica en uno de sus trabajos que, si las personas planean de manera inteligente, su consumo solo cambiará ante noticias inesperadas, de tal modo que el gasto futuro resulta prácticamente imposible de pronosticar, cuestionando el planteamiento de Keynes.
Y si Hall corrigió a Keynes desde el lado de los hogares, Woodford lo hizo desde el lado de la política, con su obra Interest and Prices de 2003, donde explicó cómo las empresas fijan sus precios y cómo el banco central puede influir en la inflación mediante la tasa de interés y su hallazgo central fue que lo que más pesa no es la tasa de interés de hoy, sino lo que la gente espera que el banco central haga el día de mañana; y por eso los bancos centrales dedican tanto esfuerzo a comunicar certeza.
En el mundo de Keynes el héroe de la estabilización era secretario de Hacienda con el presupuesto, pero en el de Woodford, es un el banco central autónomo que fija las tasas de interés y administra su credibilidad.
Esta discusión no solo académica, sino que muestra un esquema que sigue el Banco de México, con una meta explícita en materia inflacionaria, y con la tasa de interés como el instrumento principal, así como los comunicados cuidadosamente redactados. Cuando Banxico explica qué espera hacer en sus próximas decisiones a través de sus minutas, lo que intenta hacer, es justamente lo que Woodford recomienda anclando las expectativas y ofreciendo la mayor certeza posible a los agentes económicos.
Esto tiene una consecuencia práctica para quien sigue las noticias económicas, ya que cuando la Junta de Gobierno del Banco de México sube o baja la tasa de interés, el efecto principal no está solo en el anuncio de ese día, sino en lo que el mercado interpreta sobre las decisiones siguientes. Por eso una sola frase en un comunicado puede mover tanto a el tipo de cambio como al costo de los créditos, y obligar a posteriores ajustes de las tasas.
Al mismo tiempo, el premio invita a la cautela, ya que estos modelos funcionan mejor donde la mayoría de las familias tiene crédito, existe ahorro en el sistema financiero y se reacciona a las tasas de interés. Pero, en una economía con alta informalidad y acceso limitado a los créditos, como puede ser el caso de la economía mexicana, el efecto de la política monetaria puede llegar de forma más lenta y débil. Pero también, frente a los choques energéticos como el actual, y que Woodford mencionó al recibir la noticia, la credibilidad de la autoridad monetaria vale tanto como sus decisiones.
Keynes entre otros temas también escribió que “en el largo plazo, todos estaremos muertos”, para recordar que las políticas económicas no pueden esperar a que los mercados se corrijan solos, por lo que el premio Nobel de economía de 2026 le da la razón en el propósito y se la quita en el método.
Robert E. Hall y Michael Woodford demostraron que estabilizar una economía puede ser posible, pero no basta con gastar, hay que convencer a los participantes de la economía, por lo que se puede decir, que se premió a quienes aprendieron de los errores de Keynes.