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Entrevista

Luigi Amara y el desconcertante asombro de las cosas

"Creo que la actividad poética siempre ha estado ligada a no saber muy bien qué hacemos, dónde estamos, a dónde vamos. Y como probablemente nunca lo sabremos, esas preguntas de la poesía seguirán vivas”.

Imagen Enrique Castruita.

Imagen Enrique Castruita.

SAÚL RODRÍGUEZ

Tiene en claro que la materia poética está en todas partes. Luigi Amara (Ciudad de México, 1971) ensaya sobre lo cotidiano, sobre lo ordinario de las cosas. Cree en el aburrimiento como un derecho humano y en ese sitio radica el laboratorio de su creación. Escribir lo llena y llena el mundo. Para él no hay materia o tema insignificante. “Los temas en el arte son simples pretextos para tocar las mismas experiencias humanas” y para el poeta suponen puertas de entrada e incitaciones donde se deja llevar.

Luigi Amara visita Torreón para participar en el ciclo de conferencias de la galería La Libre. Es jueves por la noche y el recinto histórico de Casa Juárez lo recibe junto al analista y periodista Arturo González. La organización ha titulado al encuentro Cambio de velocidad. Sobre el aburrimiento, la ciudad y la belleza de la improductividad. El poeta reflexiona a contra corriente sobre los valores imperantes, aquellos que promueven el frenesí y la alta velocidad. Indica que no sólo la sociedad, sino que casi todo lo que rodea al ser humano lo impulsa a esa búsqueda cada vez más acelerada, intensa, donde ni siquiera hay cupo para un respiro.

Amara es autor de varios poemarios. Uno de ellos es Nu)n(ca (Sexto Piso, 2015), con el cual ganó el desaparecido Premio Internacional de Poesía Manuel Acuña en 2014, entregado entonces por la Secretaría de Cultura de Coahuila. En él, el autor ensaya en versos sobre el lado oculto de las cosas a partir de la fotografía Mujer de espaldas (1862), del fotógrafo Onésipe Aguado, la cual actualmente se exhibe en el Metropolitan Museum of Art (MET) de Nueva York.

Otro es Dobleces/El quinto postulado (Sexto Piso, 2018), impreso en una especie de libro-objeto donde Amara reinterpreta una famosa frase del poe ta francés Stéphane Mallarmé: “Todo, en el mundo, existe para acabar convirtiéndose en un libro”. Y Amara propone: “Todo, en el mundo, existe para des embocar en una gran hoja”. Es decir, la página como un gran receptáculo de todo lo que acontece.

Recientemente, el autor publicó Fetiches ordinarios (Literatura Random House, 2025). En este volumen, ensaya a partir de objetos o situaciones cotidianas que no serían relevantes si no fuese por la contemplación y tener la determinación de entregar se por un momento al aburrimiento.

Para quien también fuese editor de la revista musical Pauta, fundada por el fallecido compositor mexicano Mario Lavista, las preguntas de la poesía continúan vivas porque el motor de ellas es el desconcierto. El ser humano tiene en las artes una búsqueda desesperada por detener su propia finitud. Es importante que algo quede, que algo permanezca. La esperanza se cifra en detener el flujo de las cosas para que estas no se vayan de las manos. “¿Y para qué poetas?”, se preguntaba Martin Heidegger en su célebre ensayo. En lo oculto, el misterio, el arte, la creación poética.

Imagen Enrique Castruita.
Imagen Enrique Castruita.

¿Decir que la poesía está en todas partes tiene que ver también con el hecho de que has escrito a partir de objetos concretos de la cotidianidad?

Sí, siempre me ha interesado explorar lo próximo, lo inmediato. Siento que, sobre todo la narrativa —ya sea la escrita, la audiovisual, la del cine, la novela—, siempre está muy interesada en lo extraordinario, en que pase algo fuera de lo común y narrar eso. Para mí, el tipo de poesía que me gusta escribir, leer, explo rar, tiene que ver no con lo extraordinario, sino con lo ordinario, con cómo nos relacionamos con la vida de to dos los días, cómo la rutina puede ser habitable aunque no te mueva el tapete, porque todo es el territorio don de nos movemos. A mí siempre me ha parecido crucial que haya una literatura de lo ordinario, incluso, como decía Perec, de lo infraordinario, de lo ultraordinario, y no sólo esta búsqueda espectacular de lo extraordinario. Y si lo pensamos, el mundo audiovisual de los periódicos y los reflectores siempre está desvinculado del aquí y del ahora. El novelista hace su texto sobre, no sé, el periodo de la Segunda Guerra Mundial en Alemania… También lo que pasa a la vuelta de la esquina de tu casa es interesante, profundo, problemático. A mí me interesa más lo que pueda ver en un rincón común que en un rincón común de la cultura.

Ayer hablabas sobre el derecho al aburrimiento. ¿También esta es una circunstancia que te orilla a escribir un verso?

Sí, claro. La escritura, por lo menos en mi caso, está asociada un poco a no saber qué hacer. Si de algún modo hay algo parecido a la vocación, yo la descubrí en largas tardes donde no sabes ni qué hacer con tu alma. Y, poco a poco, vas descubriendo que escribir te llena y llena el tiempo; hace que tu mente se fije y tu sentido e intelecto estén en consonancia. También pienso en la exploración. Pienso en un poeta como José Lezama Lima, cuyos muchos de sus poemas surgen de una contemplación desde el aburrimiento; llegas a lugares a los que no habrías llegado de no haber esta do toda una tarde entregado a la contemplación, a la autopercepción, porque muchas veces olvidamos que el aburrimiento es como un viaje hacia uno mismo, hacia el interior. Ahí surgen muchas de mis intuicio nes e ideas literarias.

En tu libro Dobleces aludes a una frase de Mallarmé: “Todo, en el mundo, existe para desembocar en una gran hoja”. ¿Por qué te significa?

La frase de Mallarmé en realidad es: “Todo en el mundo existe para terminar en un libro”. Es como todo puede ser volcado a la página. Y un poco de lo que hablamos es eso: no hay materia o tema insignifi cante. Todo es como puertas de entrada, incitaciones, cómo te dejas llevar. A mí siempre me han atraído los autores o autoras que te dicen: “Bueno, voy a hablar del chicle que pegamos abajo de la mesa”. Eso no me interesa, de entrada, pero gracias a su debraye te llevan de la mano a una incitación que pensabas que no tenía el menor atractivo, porque de algún modo los temas en el arte son simples pretextos para tocar las mismas experiencias humanas, los mismos problemas de toda la vida; todo tema nos va a llevar en última instancia al amor, a la muerte, a los celos, a la angustia de existir. Todos son puertas de entrada desde lo mismo. Y entonces, en ese sentido, para mí la idea de “todo en el mundo existe para terminar en un libro” es un poco eso. La página es una especie de gran receptáculo de todo lo que pasa, como si ahí co brara sentido. Porque claro, las cosas no entran a un libro o a una hoja de papel de manera directa; entran filtradas por la subjetividad humana, sobre todo la del autor. Entonces, todo existe para terminar siendo materia literaria.

Imagen Enrique Castruita.
Imagen Enrique Castruita.

De acuerdo a una imagen borgiana, ¿de qué manera crees que tus libros son una extensión de tu memoria y de tu imaginación?

Bueno, es la célebre idea de Borges sobre el libro como una especie de prótesis, extensión… aquí lo vemos, estamos rodeados de objetos y de ropa, sillas, mesas, etcétera, que de algún modo nos sostienen como seres humanos. Difícilmente podríamos vivir ahora en una desnudez objetual. Nos servimos de apoyos culpables, muletas espirituales, físicas, materiales, y para mí una de las prótesis favoritas son los libros. Me encantan los libros como objeto para leer, pero también como una especie de compañía. El libro no sólo es una especie de extensión de la imaginación, también es una especie de continuación de la conversación; no es que sustituya la conversación presencial, pero sentirte arropado y de repente decir: “aquí tengo esto”, es como una especie de voz que te habla cuando la necesitas o cuando ni siquiera la esperas. Hay veces que el libro te sorprende y no sabías ni siquiera que estabas destinado en ese momento a escuchar determinado libro. Por otro lado, desde un punto de vista más personal, yo creo que también en la página quedan fijadas, aunque uno no lo quiera hacer, eta pas, momentos de la vida, y también son testimoniales. Estás escribiendo un libro con ciertas temáticas y no te das cuenta que estás volcando tu es tado de ánimo, tu circunstancia; casi tu intimidad está reflejada ahí. Y esa cercanía es la que creo que pal pamos también como lectores. No nos acercamos sólo a ideas, imágenes, etcétera, sino a un cuerpo que estuvo ahí volcado y que quedó su huella de una manera velada, pero ahí está la huella de una persona pal pitando, respirando, y eso es lo que me atrae al leer un libro.

Hablando de tus libros, hay una fotografía de Onésipe Aguado (Mujer de espaldas) que provoca el nacimiento de Nu)n(ca. ¿Qué presencias y ausencias observas en esta imagen que te hizo escribir poesía?

En primer lugar, me pareció una excentricidad bastante atractiva que se fotografiara el otro lado, la espalda, la nuca, la cabeza vista detrás, en lugar del rostro frontal y eso me planteaba un enigma. Por otro lado, en esta idea de que todo es materia poética, me di cuenta de que en las artes visuales hay muchísimo interés por el otro lado, por la espalda, etcétera. Me di cuenta de que hay muchísimos cua dros enfocados desde esta visión y que, en cambio, literariamente, somos mucho más frontales. En fin, me atrajo esta mirada sesgada, oblicua, de las artes visuales que se interesan por el otro lado de las cosas. Quise hacer como una especie de edición plástica con palabras del otro lado de las cosas. En este caso es el otro lado de una mujer, que también es el otro lado de la luna, el otro lado de uno mismo, el otro lado de lo que siempre estamos viendo frontal mente. Y eso fue lo que en primer lugar me atrajo: desviar la mirada a lo que no vimos en primera ins tancia, lo que permanece oculto, lo que es involun tario. Uno no puede, por ejemplo, impostar y fingir cómo te ves desde atrás; no está bajo tu control. Esa zona de no control me atrajo.

¿Tiene que ver con esta postura de colocar los paréntesis en el título del poemario?

Sí, claro. Me ensayé ese juego de la nuca y nunca como algo inalcanzable. Como los paréntesis creaban gráficamente un cuello…. en la fotografía de la que se desprende todo el libro, está muy presente el cuello, la nuca, entonces también hay como una especie de sensualidad en el otro lado. Basta poner una cortina y nos atrae lo que haya detrás, aun cuando lo que haya detrás carece de interés. Pero la cortina misma crea un misterio, un velo. Y esa sensualidad también creo que es con la que juega el fotógrafo en una foto grafía como esta. ¿Por qué nos da la espalda? ¿Qué está ocultando? ¿Por qué está llamando la atención desviada y no frontal? Me parece que ahí hay una insinuación, una situación muy voluptuosa. ¿Y un verso puede ser un fetiche ordinario para un poeta? Creo que sería muy extraordinario, porque el fetiche tiene algo muy objetual. El fetiche está asociado a algo muy material, algo que manipulas, que ves, y probablemente el verso es algo ya muy del orden mental. Pero todos los poetas que conozco y yo sí nos hemos obsesionado con versos que se vuelven gusanos cerebrales que te carcomen, que te acompañan. Yo di ría que los versos son más como gusanos cerebrales.

Cortesía Sexto Piso.
Cortesía Sexto Piso.

¿Crees en las imágenes como el disfraz de una realidad camuflajeada o forman parte de la propia realidad?

Me parece que todas las artes trabajan con imágenes. La materia misma del lenguaje formal de las distintas artes siempre son imágenes. A veces construidas con palabras, a veces construidas con luz, pero siempre hay una incitación sensorial y para mí todo poema tiene una gramática de imágenes. Yo diría que para mí es como la materia prima de las artes. Entonces, no es como un camuflaje ni nada, sino lo más básico, inmediato, lo que da más a nuestros sentidos, a nuestro cuerpo, lo que menos necesita discurso. Incluso ante lo que estamos desarmados: las imágenes nos golpean independientemente de que tengamos los parámetros para leerlas. Y esa es también la fuerza del arte, que justo no requiere de un discurso para sostenerse; entra porque el discurso ya está encarnado en la imagen.

¿Algún día los poetas dejarán de interesarse por el misterio de las cosas?

No lo sé, pero creo que no, creo que la actividad poética siempre ha estado ligada a no saber muy bien qué hacemos, dónde estamos, a dónde vamos. Y como probablemente nunca lo sabremos, esas preguntas de la poesía seguirán vivas. Creo que el desconcierto, más que sólo el asombro, es el motor de la poesía. Muchas veces aceptamos el asombro porque está detrás del arte, pero también viene mucho de un asombro a veces angustioso, de no saber qué hacer con nuestra finitud, con nuestra muerte, con que las cosas se acaban —uno se ena mora y también se desenamora—, con qué hacer con eso que se va acabando, se va alejando, se va soltando, etcétera. Yo creo que la poesía y las artes en general son una búsqueda un tanto desespera da por detener la finitud, que no se nos vaya, que algo quede, que algo permanezca aunque sea parte de un proceso que se va a acabar. Por lo menos de tener las cosas un instante para no sentir que todo se erosiona y se nos va de las manos.

srodriguez@elsiglo.mx

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