Constancia. La autora se ha mantenido revolucionaria; en ningún momento ha soltado la pluma ni ha dejado de escribir.
Tras siete años de exilio obligado, luego de amenazas recibidas por su trabajo periodístico, Lydia Cacho volvió a México. Durante cinco días se reencontró con sus seres queridos, saludó a colegas, atendió entrevistas y presentó Un halcón bajo mi ventana, su más reciente novela publicada por el sello editorial Lumen y donde, desde la mirada de una chica, se abordan sucesos históricos como el Movimiento Estudiantil del '68 y el Halconazo del '71.
"Todo ha sido muy conmovedor: reencontrarme con mis colegas, con mi familia por primera vez en siete años, con mis amistades… no sé, ha sido muy, muy hermoso. Y en la presentación, en el Museo de Antropología, la gente estaba de pie aplaudiendo y, bueno, no sé, volver a México es eso, es esta sensación de que las y los mexicanos sabemos celebrar todos los momentos y somos un país de gozo, incluso en momentos difíciles", compartió la autora a El Siglo vía telefónica desde Ciudad de México.
Lydia Cacho se ha mantenido revolucionaria; en ningún momento ha soltado la pluma ni ha dejado de escribir para cronicar o ficcionar las luchas sociales y los abusos cometidos históricamente en niños y mujeres.
"Yo creo que cuando una es congruente y consistente con el trabajo y demás, la gente lo valora y se da cuenta".
En Un halcón bajo mi ventana, Lydia Cacho presenta a Julieta, una adolescente en pleno descubrimiento de sí misma que experimenta en carne propia las transformaciones sociales de su generación. El texto también permite dar voz a las distintas mujeres que hicieron posibles estos movimientos y que la historia oficial ha invisibilizado. Como todos los textos de la autora, su obra consta de una sensibilidad profunda y de una protesta resonante.
Pero a pesar de la tragedia vivida por Julieta, la autora abre una ventana a través de su protagonista para narrar el descubrimiento de la vida. Cacho fue cuidadosa en no convertir la novela en un texto del resentimiento y buscó que sus letras crearan un espacio donde el lector pudiese respirar un poco. En un país convulso, es de valientes tener la esperanza de que un mañana mejor es posible.
´¿De qué manera comenzaron a hablarte las voces de las mujeres que participaron en el Movimiento del '68 y qué te dijeron?
La verdad es que de manera muy mágica. La primera que se me apareció tal cual, como muchas autoras y autores dicen de pronto, fue mi protagonista y yo ni sabía que existía. Fue Julieta, la adolescente, la jovencita que comienza a narrar la historia. Y eso fue así, de repente me senté a escribir. Yo ya tenía la temática, lo tenía bien claro, quería rescatar, imaginar las voces de las mujeres, no sólo de la UNAM ni de la Ciudad de México, sino de las mujeres de diferentes lugares de la república; somos un país inmenso y a veces la historia de ciertos eventos siempre se centra en lo que sucedió en la Ciudad de México... yo quería que fuera nacional. Así que fue ella en realidad la niña mágica que se me apareció para contar la historia de su país. Y creo que está bien, porque tiene que ver con cómo en la adolescencia vivimos en la era del asombro; es el momento donde tratamos de entender el mundo, aunque no lo podamos explicar, pero también es el momento en el que no tenemos los prejuicios de las personas adultas e intentamos darle significado a todo nuestro alrededor. Y luego todos los demás personajes los fui construyendo alrededor, como muy concienzudamente, como un bordado literario muy cuidadoso para poder intercalarlo con hechos históricos reales y jugar con eso, jugar con el tiempo, con las personas, con los personajes famosos, y reunirlas, como en un juego.
´En tu proceso de investigación, ¿descubriste aproximadamente cuántas mujeres participaron en el Movimiento del '68? ¿Hay algunos nombres que deben subrayarse?
Yo creo que hay miles. Basta ver las fotografías de muchos de los grandes fotógrafos de aquella época -fotorreporteras y fotorreporteros, incluido Pedro Valtierra, por supuesto- y muchas de las películas -que en aquel entonces se usaba la cámara Super 8- que nos muestran a una gran cantidad de mujeres. Y justo al final del libro hago una lista enorme de algunas cuyos nombres pudimos rescatar. A otras les tuve que poner nombre, porque por desgracia quienes escribieron la historia decidieron borrarlas y eso es gravísimo. No sólo sucede en este tema, sino en muchos otros. Así que todas estas mujeres son esta larguísima lista que está al final del libro. Luego están todas las reconocidas: escritoras, académicas, etcétera. Y creo que, más allá de un nombre específico, lo importante para mí era contar en esos eventos entre el '68 y el '71, cómo todas estas mujeres -Julieta Campos, Nancy Cárdenas, Elena Garro, Ifigenia Martínez, Clementina Batalla Torres y muchas otras- lograron que los movimientos sociales de esa época plantaran las causas de las mujeres y de las niñas, de las infancias que necesitaban educación gratuita. Que no se nos olvide de dónde vienen todas estas libertades ganadas en todo el país, no solamente en el centro de la república.
´En el caso de Julieta, ¿Qué nos puedes compartir sobre la construcción de este personaje? ¿Parte de las voces de varias mujeres?
La construcción del personaje de Julieta sí tiene mucho que ver con todo el bagaje de conocimiento, estudio y análisis que he hecho a lo largo de toda mi carrera periodística sobre el pensar y la perspectiva de las niñas y los niños, en general, pero de las personas cuando tienen entre 13 y 17 años. Hubo momentos donde hice ejercicios de recordar, de recordar mi adolescencia, aunque evidentemente Julieta no soy yo (ya hubiera querido ser esa niña tan brillante). Pero quería mostrar eso, esa época en la que descubres por primera vez el amor, por primera vez la muerte. Entonces, una vez que me habló Julieta, fui creándole un montón de cualidades. En una de mis libretas hice una larguísima lista; son páginas y páginas de todas sus cualidades, lo que piensa, lo que se imagina, lo que desea, un poco para poder darle mayor profundidad al personaje y que se convirtiese en una especie de testigo universal, de la realidad del país y de la realidad del corazón.
´Propones un tratamiento de distintas fronteras: la de la niñez y la adolescencia en Julieta, la del antes y el después de la realidad mexicana tras el Movimiento del '68. ¿Por qué te interesa escribir sobre ellas?
Toda la literatura que aborda estas búsquedas del crecimiento emocional para la comprensión del mundo, que se basa en lo sensorial -lo que sucede en la niñez y la adolescencia, antes de que puedas entender y ponerle palabras a los hechos-, se basa siempre en una serie de códigos que hay que construir y analizar con profundidad. Efectivamente, el paso entre la niñez y la adolescencia, la pubertad y la juventud, es muy distinto entre una niña que vive en condiciones de privilegio, que no está cerca de las realidades sociales, que no se enfrenta a las crisis que la rodean o que está blindada de la realidad. En cambio, una niña que ve con un acceso a la realidad, pero además impulsada por otras personas a su alrededor, por las mujeres, por los hombres, inspirada por los tíos, por los abuelos, por el propio padre, etcétera, además de las mujeres; que está rodeada de personas que la incitan a conocer la realidad para convertirse en una persona que se sienta ciudadana del mundo, pero parece que es importante. Esas son las fronteras que Julieta aprende a traspasar poco a poco. Y otra de ellas es, por supuesto, esa frontera en que, como niña -y como todos los niños del mundo- descubre el placer sexual en sí misma, en su intimidad, y después empieza a entender que ese placer también lo puede compartir con una persona de la que se enamore, y cómo es el amor, y cómo ella se imagina el amor y el compromiso. Entonces, efectivamente, acabas de señalar algo que para mí fue muy importante: ¿cuáles son las fronteras que atravesamos todas las personas en algún momento determinado de nuestra niñez y después de nuestra juventud?
´En la novela compartes el contraste en las raíces familiares de Julieta. Su raíz materna es combativa, con su abuela exiliada de la Guerra Civil española. Pero, por el otro lado, la raíz paterna responde a un entorno militar, patriarcal, con el que su padre parece querer romper.
Trabajé mucho en intentar lograr que toda la vida de mis personajes fuera verosímil, que cuando la gente se meta en la novela, ya llegue un momento en que no se dé cuenta si eso que está leyendo es verdad o es mentira. Eso es lo que hacemos las personas que escribimos literatura y ficción: contar una mentira, tan bien contada que te pierdas en ella, en ese universo emocional, en ese viaje. Julieta tenía que decidir, como cualquier persona, decidir entre convertirse en una persona más similar a su madre o a su padre, quien ella quiere y admira. Y creo que es la búsqueda que tenemos todas y todos en la adolescencia, hacia dónde nos decantamos. Pero también creo que hay una búsqueda de cómo se viven las angustias en la masculinidad. Este dolor del padre, que no entiende muy bien por qué no puede comunicarse con las mujeres que ama, no lo entiende. No es un padre maniqueo, no es un macho de libro de texto que toma decisiones violentas ni mucho menos. Es un hombre bueno que está intentando adaptarse a los nuevos tiempos, a mujeres progresistas que a su vez están reinventando el mundo y reinventando su propio lenguaje vital, sexual, emocional y político. Y él, como otros hombres que aparecen en la novela, está en esa búsqueda. Y ser hijo de un padre, estar rodeado de abuelos, de tíos, etcétera, que son los misóginos convencionales de la historia, racistas, etcétera, pone en un riesgo vital a los hombres. No sólo a nuestro personaje, sino a muchos hombres que no tienen otros ejemplos que seguir. Y sí quería dejar un poco solo al padre de Julieta en ese sentido, en esa búsqueda.
´Tu narrativa no sólo señala la violencia patriarcal del Estado contra las mujeres, sino también la de sus propios compañeros en los movimientos sociales. Como periodista, ¿encontraste registros de cuántas chicas fueron abusadas por sus colegas en ese tiempo?
Mira, en realidad ahí hay una cosa muy importante. Y gracias, eres el primer periodista que me lo pregunta y te lo agradezco infinitamente. Hay dos casos que cito en la novela, y uno de ellos con nombre y apellido. Y esa mujer que denuncia efectivamente fue víctima de acoso y hostigamiento sexual por parte de un profesor. Y sí lo denunció, y sí les pidió ayuda a sus compañeros del comité de huelga. La ignoraron, la descalificaron, le dijeron que se tenía que quedar callada porque la denuncia de ese #metoo, en ese momento histórico, le hacía daño a la izquierda. Era como estos machos diciendo que no puedes criticar a la izquierda. Por desgracia, cuando empecé a hacer esta búsqueda, incluso hablando con mujeres que estuvieron en la UNAM en aquella época, encontré a muchísimas mujeres que me dijeron que ellas habían escuchado de una, que el profesor tal cosa. Otra que los profesores les decían todo el tiempo: "Bueno, no se preocupen, chicas. Nosotros sabemos que ustedes están estudiando aquí mientras se casan". Y que luego se convirtieron en grandísimas expertas en su área de especialidad. Y todas me contaron que sabían de un caso en el '68, '69, '70, en el que había agresores, no sólo del profesorado, sino de sus propios compañeros. Pero ninguna me dio más nombres. Y creo que con el que puse ahí bastaba para dejar esta pequeña huella de decir: "esto sigue sucediendo", que podemos acusar y señalar a los agresores, pero cuando el agresor es un compañero de batalla política, debemos quedarnos calladas. Eso es una trampa mortal y la novela lo refleja.