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Entrevista

María de Alva, el latir de un corazón exiliado

"Yo creo que, en el caso de Pedro Garfias, hay que insistir en su nombre y en su poesía. Para que Pedro Garfias salga del olvido, no es la palabra ‘olvido’, sino su nombre y su poesía”.

María de Alva. Imagen: J R Llaguno

María de Alva. Imagen: J R Llaguno

SAÚL RODRÍGUEZ

El viento sopla en el Panteón del Carmen de Monterrey, agita las ramas de los árboles como si fuese la voz de otro mundo. Cae la tarde. El calor se apacigua. La escritora María de Alva (Monterrey, 1969) camina entre las tumbas. Bajo las sombras de los mausoleos intenta localizar una lápida con el nombre de un fantasma. Poco a poco recuerda la ruta hacia el sepulcro. Va hacia él. Lo encuentra. Lee la inscripción sobre el granito: “Pedro Garfias. Poeta.1901-1967". También el epitafio: “La soledad que uno busca / no se llama soledad”.

En 2022, María de Alva publicó su novela Un corazón extraviado con la editorial Harper Collins. Se trata de una historia que enlaza su padecimiento del corazón con la vida de Pedro Garfias, un poeta exiliado español que llegó a México en 1939 y murió en Monterrey en 1967. Hoy la autora está de nuevo en la austera tumba del desterrado, hablando de él, de su vida, de su poesía, de la enfermedad que apagó su aliento.

“Cuando estuvo aquí más joven, en la década de los cuarenta, era cuando estaba sano. Sin embargo, ya no queda nadie de esa época que lo recuerde. Toda la gen te que yo conocí y que llegó a tratarlo, desde Miguel Covarrubias hasta Rosaura Barahona, coincidió con él en los años sesenta, cuando ya estaba muy enfermo. De los años cuarenta ya no vive nadie. La otra persona que lo conoció y me habló de él, pero en la Ciudad de México, fue Elena Poniatowska”.

La relación entre María de Alva y la obra de Pedro Garfias surgió durante las visitas que ella solía hacer a la librería Cosmos de Monterrey. Eran los años ochenta, el poeta ya había muerto, pero su memoria latía intermitente entre aquellos estantes repletos de libros, como un fantasma que aparece y desaparece dentro de su propia historia, pues Garfias solía visitar esa librería, propiedad de don Alfredo Gracia, en la última etapa de su vida.

Pedro Garfias nació en 1901, en Salamanca, España. Combatió durante la Guerra Civil española con el bando republicano. Cuando los nacionalistas ganaron la guerra, se trasladó a Inglaterra, luego a Francia. El 25 de mayo de 1939, junto a su esposa Margarita y otros mil 600 refugiados españoles, zarpó del puerto de Sète rumbo a México, en el buque Sinaia. Llegó al puerto de Veracruz el 13 de junio y entonces comenzó su peregrinar por distintas ciuda des del país: Ciudad de México, Guadalajara, Torreón, Guanajuato, Monterrey. Falleció en esta última el 9 de agosto de 1967, a la edad de 66 años. Escribió mucho, recitó mucho, bebió más.

“Uno siempre busca las montañas cuando está perdido en esta ciudad”, escribe María de Alva en su novela. Fuentes como la hemeroteca del periódico El Porvenir muestran la gran actividad cultural que Pe dro Garfias tuvo en Monterrey gracias al respaldo de sus amigos y de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL). En lugares como el Aula Magna del Colegio Civil, impartió conferencias sobre poetas como su entrañable amigo Federico García Lorca, una de las víctimas más trágicas de la Guerra Civil española.

También trágica fue la vida de Garfias, como un himno sumergido en la derrota. Además de ser excluido de la fotografía de la Generación del 27 y de la antología publicada por Gerardo Diego en 1932, el poeta jamás pudo volver a España ni ver caer el régimen del dictador Francisco Franco. Sufrió el abandono de su esposa. Escanció el dolor en las cantinas, en la más profunda soledad de sus soledades.

“Coincidentemente, mientras realizaba esta inves tigación, me diagnosticaron una arritmia cardíaca —un padecimiento que abordo en la novela, asociado al he cho de haber nacido con el corazón del lado derecho—. Al principio no conecté ambas líneas; sin embargo, comencé a sentir una profunda frustración porque, a pesar de haber nacido con esta condición, nunca había tenido problemas de salud. Fue entonces cuando vincu lé los dos conceptos: el poeta perdido y el corazón extra viado. Así se entrelazaron ambas historias en la novela, otorgándole mayor peso a la de Garfias”.

Un corazón extraviado, novela ganadora de la Me dalla de Oro de los International Latino Book Awards 2025, busca desde la ficción avivar el latido de un poeta olvidado y, en el marco del nonagésimo aniversario del inicio de la Guerra Civil española, se propone también transformar el nombre de Pedro Garfias en ese corazón que palpita y canta. “Mi corazón temblando bajo el ala del sur”, versa el poeta en su primer libro. Un corazón que, como un puño, siempre lanzó su poder al aire.

En el caso de Pedro Garfias, parece que la palabra olvido necesitó repetirse varias veces para convertirse en memoria.

Yo creo que, en el caso de Pedro Garfias, hay que insistir en su nombre y en su poesía. Para que Pedro Garfias salga del olvido, no es la palabra “olvido”, sino su nom bre y su poesía. Y te voy a decir qué es lo más triste, Saúl. Si aquí casi no se conoce, en España menos. En España nadie sabe quién es, salvo los académicos como José María Barrera o gente así. Pero en general no sa ben quién es, no se lee, no se enseña, no nada. Y bueno, hay que decir que el año entrante serán cien años de la Generación del 27, y pienso que es muy buen momento para hablar de todos los que no salen en la famosa foto de esa generación. No sólo Garfias, sino también las es critoras, poetas, etcétera. Recuerdo que en el Tec, en la carrera de Letras, sólo nos enseñaban a los autores que todos conocemos, pero claro que también está Pedro Garfias, las mujeres poetas de la Generación del 27, las pintoras de esa época como Maruja Mallo. La única conocida es Remedios Varo, pero Maruja Mallo es de esa generación también; María Teresa León, la esposa de Alberti, quien era una gran escritora; Concha Méndez, quien murió aquí, en México. Además, mucha gente no sabe, pero Concha Méndez tuvo en su casa a Luis Cer nuda hasta que se murió.

Cuando vienes a la tumba de Pedro Garfias, ¿sientes que perdiste a un amigo que no conociste?

Siento que la ciudad se perdió de una persona que le dio mucho y que la ciudad no lo supo reconocer hasta muy tarde. También esa es otra. Él se viene a Monterrey en los años cuarenta, una época interesante, porque es justo entre la fundación de la UANL y el Tec de Monte rrey. Ese fue el momento donde empezó el auge cultu ral en Monterrey. Un poco después de eso se abre Arte A. C. y el Museo de la Cervecería. Entonces, es la época donde empieza un bum cultural en Monterrey que an tes no existía. El único que sobresalía de Monterrey era Alfonso Reyes, pero desde que cumplió 18 años jamás volvió a vivir aquí. Alfonso Reyes no se hizo famoso aquí. Entonces, ¿qué había aquí? Nada, más lo que te dije que estaba empezando. Siento que, en ese sentido, Pedro Garfias no escogió muy bien la ciudad. Por otra parte, en el sentido afectivo, la escogió bien, porque hizo muy buenos amigos. Él realmente sobrevivió a todas las carencias económicas que tuvo gracias a Raúl Rangel Frías y a Santiago Roel. Ellos fueron quienes lo mantuvieron. Pero más allá de eso, Monterrey no era todavía una ciudad cosmopolita.

Escribes en tu novela que, en Monterrey, uno siempre busca las montañas cuando se siente extraviado. Quizá también es momento de buscar a nuestros poetas para poder encontrarnos a nosotros mismos.

Sí, yo siento que definitivamente ya no es el Monterrey de antes, pero siento que sí hay una orfandad en la ciudad. ¿Por qué digo que hay una orfandad? Porque lo que se conoce de Monterrey, y no estoy contando a Reyes… cuando empieza realmente el auge literario es a partir de los noventa o principios de los dos mil. Pienso cuando empezó a publicar David Toscana o Patricia Laurent, hace un poquito más de 25 años, máximo 30 años. Entonces, los que estuvieron antes siempre estuvieron perdidos. En la Ciudad de México casi no se publicaba nada que no fuese de allá. De hecho, cuando la gente me pregunta que si es difícil ser autora mujer, yo siempre he creído que lo más difícil es ser norteña, no estar en el centro; lo difícil para un autor que es de Coahuila o Nuevo León es precisamente ser de Coahuila o Nuevo León, es precisamente ser de aquí, porque antes, si no vivías en el centro del país, ¿cómo conocías a los editores? No podías ir a tomarte un café con ellos. Había una idea generalizada de que en el centro no interesaba leer sobre Saltillo o Monterrey. Afortunada mente, eso se ha ido rompiendo en este milenio, pero ha sido un proceso muy lento.

El poeta Pedro Garfias en su juventud. Imagen: Archivo.
El poeta Pedro Garfias en su juventud. Imagen: Archivo.

¿Qué huecos de la historia de Pedro Garfias tuviste que reconstruir a partir de la ficción?

No se sabe casi nada de su infancia ni de su adolescencia hasta su etapa en Madrid. Eso fue lo difícil. Como datos duros, sabemos que su madre murió cuando él era niño —lo cual está en la novela— y que su padre se volvió a casar. Hay otra razón que explica su olvido y sus pro blemas: Miguel Hernández y él fueron los únicos poetas de origen humilde en esa generación; todos los demás eran más bien adinerados. Además, fueron los únicos que se lanzaron a las armas; no eran republicanos de café, ellos fueron soldados reales. Ninguno de los demás estuvo en el frente. Entonces, Garfias venía de una gran precariedad económica, y esa precariedad lo mar có. Al principio en México se mantenía del dinero que el presidente Negrín y el gobierno republicano español en el exilio daban a los refugiados. Siento que eso también lo castigó y condicionó muchísimo.

Así como la poesía necesita de la voz, ¿crees que a veces la historia también requiere de la ficción para poder ser cantada?

Sí. Respecto a la ficción, como te decía, de su infancia y su adolescencia no se sabe mucho. De su etapa ma drileña sí se sabe que estaba con el grupo del 27 y todo, pero no conocemos hasta qué punto llegaron a ser exac tamente todas sus relaciones. Conoció a todos, pero el alcance real de esos lazos, quién sabe. Hay huecos de ese tipo. Él, a diferencia de otros de la Generación del 27 —como Lorca, Buñuel o Alberti, que eran personas de dinero—, nunca vivió en la famosísima Residencia de Estudiantes porque era carísima; él no vivió ahí. Todas esas cosas jugaron en su contra. Y sí, la ficción cubre esos vacíos históricos, pero además me atrevo a decir que, más que una verdad literal, ofrece una verdad emocional. Todos los lugares, las fechas y las personas que conoció están integrados en la novela. De terminar cómo fueron esas relaciones con exactitud es lo complicado. Considero que el libro aporta una verdad literaria, emocional y poética, no una verdad factual. Aunque contiene elementos reales, no es una crónica estricta. De hecho, me parece muy difícil realizar una bio grafía rigurosa de Pedro Garfias; incluso los trabajos de Moreno y José María presentan muchos huecos porque es imposible saberlo todo.

Fotografía de los principales poetas de la Generación del 27 y donde Pedro Garfias se ausentó. Imagen: Archivo
Fotografía de los principales poetas de la Generación del 27 y donde Pedro Garfias se ausentó. Imagen: Archivo

Al leer el capítulo donde abordas el tema de la fotografía con los poetas de la Generación del 27 y la exclusión de Pedro Garfias de la antología de Gerardo Diego, pensé que antes de ser un exiliado político, Garfias ya había sido exiliado por su propia generación.

Sí, por supuesto. Desde el principio, el no contar con los mismos recursos económicos que los demás lo excluyó de muchos círculos. Respecto a la fotografía, es un misterio si realmente estuvo en Sevilla; no lo sabemos con certeza. Don Alfredo Gracia aseguraba que Pedro Garfias sí par ticipó en ese encuentro, pero ignoro si su memoria fallaba o si el propio Garfias se lo contó. Él es el único que in siste en ese hecho, pero los historiadores lo desconocen; nadie sabe si estuvo allí o no. De cualquier forma, inclu so si hubiera asistido, no significa obligatoriamente que debiera aparecer en la fotografía. Es un enigma que no te sabría contestar.

¿A qué crees que se debió la decisión de Gerardo Diego?

Se debió principalmente a afinidades y dinámicas de grupo. Siento que Garfias no encajaba del todo en ese círculo. Gerardo Diego y los demás provenían de fami lias de una posición económica muy alta; todos tenían mucho dinero. No sé si explícitamente le hacían el feo o si él mismo se sentía relegado por la falta de capacidad económica. Eso le afectó mucho. Además, se sumaron los problemas con su papá, quien no quería que fuera literato. El papá tampoco tenía mucho dinero, y es cono cido que Pedro lo engañó diciendo que estudiaba leyes cuando en realidad no estudiaba nada durante su etapa en Madrid. Al final, nunca se graduó de la universidad. Sin un título, ¿qué trabajos le podían dar? Por eso nunca pudo ser profesor aquí en la Universidad Autónoma de Nuevo León, porque ni siquiera era licenciado.

Otro episodio que narras es cuando Garfias escribe el poema “Entre España y México” a bordo del Sinaia. ¿Ese poema es una prueba de que la poesía no tiene patria y es universal?

Sí, exactamente. Además, es un hermoso homenaje que hace a ambos países. Me parece muy interesante, sobre todo ahora que hay tanta controversia entre españoles y mexicanos sobre si se deben pedir disculpas o no. Él dejó un agradecimiento a México muy importante, que representa el sentir de mucha gente del exilio. Un dato curioso es que un fragmento de ese poema está grabado en el malecón de Veracruz.

Te quería preguntar por la escena de Torreón donde Garfias se presenta en el Teatro Princesa junto a las bailaoras Magdalena Briones y Pilar Rioja. ¿Por qué decidiste incluirla?

A mí me encanta esa parte. Pedro Garfias, a falta de recursos económicos y al no estar titulado para trabajar como académico, resolvió sus problemas financieros dando espectáculos de declamación de poesía. Tenía una gran voz y una memoria excelente, a pesar del al cohol. Incluso grabó discos que hoy se pueden escuchar en internet porque su voz está digitalizada; creo que grabó dos álbumes diferentes. Como la venta de libros no le alcanzaba y sus proyectos de revistas literarias duraban apenas unos meses, esto le resultó muy bien: lo contrataban en los teatros, recitaba poesía, un guita rrista tocaba y lo acompañaban bailarinas de flamenco (haciendo alusión a la danza prima asturiana). La gente pagaba su boleto para ver el espectáculo. Vivió de eso por muchos años, viajando los fines de semana por todo el país, y de eso vivió. Lo de Torreón fue especialmente importante porque ahí conoció a las bailarinas; a partir de ese momento, su propuesta adquirió más caché al integrar música, baile y declamación. Después de Torreón se fue a Guadalajara y continuó con esa dinámica.

Uno de sus poemas más famosos es “Asturias”, que también mencionas en la novela. Haciendo una analogía con uno de sus versos, ¿consideras que Pedro Garfias tuvo un corazón que, como un puño, siempre lanzó su poder al aire?

Sí. Este poema me gusta especialmente por la anécdota que tiene detrás: fue musicalizado por Víctor Manuel, pero durante el franquismo no lo dejaban cantar el verso que mencionaba el “puño”, por lo que la canción estuvo censurada. Ese acto de rebeldía implícito en el poema era lo que le moles taba al régimen. Lo fascinante es que hoy en día, si buscas cualquier video de esa canción en YouTube, verás que la gente levanta el puño en esa parte. Hay una especie de revancha histórico-poética: a 50 años de la caída de Franco, la gente la canta con el puño en alto, logrando lo que a Garfias y a Víctor Manuel se les prohibió.

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Recuerdo un verso de su primer libro: “Mi corazón temblando en el ala del sur”. ¿De qué manera relacionaste la historia de Garfias con lo que te pasaba a ti con la arritmia y ese padecimiento cardíaco que tuviste?

Se relaciona con esa idea de la pérdida de la persona y del “corazón perdido”. Yo tuve una infancia marca da por doctores y hospitales. Siento que a los niños que pasamos por eso se nos queda algo que nunca se nos quita; queda una especie de orfandad. En lugar de estar jugando como otros niños, estás hospitaliza do, te hacen exámenes dolorosos y percibes la pre ocupación de tus padres sin saber si te pasará algo malo. Toda esa incertidumbre genera una orfandad en la infancia. Yo tenía todo eso muy enterrado, pero cuando tuve el problema de la arritmia, todo regresó a mi mente. Me sentí identificada con el poeta por que él también vive una orfandad: la del país, la de la poesía y la del exilio. En ese sentido me conecté con él. Es algo con lo que nací; de hecho, me llamo María por el Sagrado Corazón, porque a todos los niños en cuidados intensivos los bautizaban rápido como María, José o Jesús. Son muchas cosas relacionadas, que te marcan. Aprendes a vivir con ello, lo aceptas y te relacionas de modo que no te afecte, pero la cicatriz siempre se lleva. No es lo mismo una condición de ese tipo en la adultez que en la infancia; de adulto la puedes racionalizar, de niño no la entiendes bien y, además, los papás te la ocultan. Sabes que hay algo mal, pero no te dicen qué es.

En una escena de la novela, cuando Pedro está en sus últimos momentos, le pregunta enojado a Juan Rejano: “Dime, ¿qué he logrado? Nada, Juan”. ¿Qué le responderías a Pedro?

Si lo pensamos desde la perspectiva de una sociedad capitalista, donde el éxito se mide estrictamente por el dinero y la fama, su enojo tendría sentido. Pero si lo miras desde el punto de vista de una vida bien vivi da, mística, espiritual y completamente entregada al arte, la respuesta cambia; el problema es que vivimos en una sociedad que no premia esos valores. Yo pien so que Pedro Garfias sí cumplió. Falta mucho reconocimiento para él, pero los que no hemos cumplido con mantener su legado somos nosotros. Lo que pasó después ya no dependió de él.

srodriguez@elsiglo.mx

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