Más que una cuestión de gusto
¿Es la belleza totalmente subjetiva? ¿Depende del gusto de cada individuo? ¿Es verdad que solo está en el ojo del observador?
Tradicionalmente, la belleza era la finalidad de las artes; se cultivaba por años, se pretendía afanosamente, pero hace ya más de un siglo que artistas vanguardistas empezaron a buscar ante todo la originalidad y el consecuente renombre a través de la transgresión de normas, de poner la lupa en temas sórdidos, de ir contra todo lo que se consideraba de buen gusto. El escándalo y la promoción de lo grotesco se convirtieron en medios para hacerse notar y para sobresalir en el competido mercado de las artes. Por otra parte, hubo artistas que subordinaron por completo sus creaciones a proyectos sociopolíticos.
En ambos casos la belleza fue desplazada y considerada como un valor secundario y meramente ornamental.
Es un hecho que antaño se asignó un valor superior y hasta redentor a la belleza. Arthur Schopenhauer, convencido de que las condiciones de vida normalmente son difíciles, ingratas y opresivas para la mayoría de las personas, señaló que hay tres vías para enriquecer genuinamente la existencia. Una de ellas es la vía estética, es decir, la contemplación y cultivo de la belleza natural y artística, ya que permite trascender la desazón, el sufrimiento y el tedio vital.
Recordemos que el narrador ruso Fiódor Dostoyevski declaró enfáticamente que “la belleza salvará al mundo”. Sabía que la belleza genuina tiene la capacidad de conmover al ser humano, sacarlo de su aislamiento egoísta y despertarle la conciencia de que existe algo superior a las mezquindades predominantes en las estructuras sociales.
Convencidos del valor intrínseco del arte, Kant escribió que el arte es una finalidad sin fin y Oscar Wilde aseguró que todo arte es absolutamente inútil. Está claro que tanto el filósofo germano como el literato irlandés consideraban a las realizaciones artísticas como acciones nobles per se. En agudo contraste, las novedosas estéticas han dado preferencia a lo utilitario. Es notorio que lo funcional y pragmático, lo propagandístico y lo lucrativo se convirtieron en las notas predominantes de infinidad de creaciones modernas.
Entonces, ¿en dónde quedó el valor de lo bello? El filósofo británico Roger Scruton, exponiéndose a críticas feroces del nuevo establishment que controla las academias de arte, que maneja los medios de comunicación y se impone en los mercados, afirmó que la belleza es más importante que la utilidad, porque satisface nuestra necesidad espiritual de armonía, brinda un sentido superior a la existencia y transforma el mundo en grato y nutricio hogar. Aseguró que la belleza no es una invención de la mente humana, sino una realidad superior que el espíritu reconoce. Esa realidad no depende de nuestra percepción ni de opiniones y caprichos. Destaca que características como la proporción, el orden y la simetría están presentes en los objetos, independientemente de quién los observe. Nos hace ver que existe además una asombrosa regularidad matemática. En la naturaleza, la proporción áurea (ϕ≈1,618) o la sucesión de Fibonacci se manifiestan por doquier. Los biólogos reconocen también que la belleza suele mostrarse como simetría y proporción corporal en los organismos y que es fiel indicadora de salud.
Opuesto al relativismo axiológico, Scruton sostiene que hay tres hechos constatables y universales sobre la belleza: 1) proporciona placer; 2) reconocemos de inmediato niveles mayores y menores de belleza, y 3) de manera natural damos mayor atención a las cosas que son bellas que a las que no lo son.
Entonces, aunque el gusto personal es subjetivo — ya que depende de cada sujeto observador—, la belleza es objetiva porque radica en las propiedades efectivas de las obras y los seres. Confundir la capacidad de apreciar la belleza con la belleza misma equivaldría a confundir la capacidad de ver con la existencia de la luz.
La belleza no depende de nuestro gusto. Es una realidad trascendente que se puede constatar y venturosamente enriquece nuestras vidas.