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Matar una civilización

Jesús Silva-Herzog

na civilización entera morirá hoy para no volver nunca más." En esos términos planteó Donald Trump su amenaza reciente al gobierno iraní. Si el régimen no cedía de inmediato a las exigencias norteamericanas, una cultura milenaria se convertiría en polvo. El presidente de los Estados Unidos declaraba al mundo su disposición de terminar definitivamente con una civilización. No se trataba del exabrupto que un asesor escuchó en un ataque de furia. Era un mensaje abierto que el presidente publicó en su vehículo favorito para que todo mundo lo escuchara. Trump no amenazaba con eliminar a un gobierno o a un régimen; no anunciaba el propósito de destruir la estructura militar de Irán. Lo que ponía en el centro de la diana era una civilización. El hombre que se declara libre de cualquier restricción legal anuncia que, si sus exigencias no son cubiertas en el plazo definido, hará desaparecer de la faz de la tierra una manera de entender la vida, una forma de hacer y apreciar el arte, una idea de la fe, del rito, de la muerte y de la trascendencia. Lo había dicho antes en una entrada demencial llena de improperios. Si no cumplen con nuestras demandas, vivirán en el infierno.

La declaración del presidente de los Estados Unidos amenazando con aplastar los sitios sagrados de una cultura milenaria se convierte inmediatamente en un episodio desechable en el ciclo de las noticias. La determinación genocida de Trump ha tenido el efecto que tienen sus escándalos cotidianos. Agitan durante unos minutos la indignación para olvidarse en cuanto llega el siguiente escándalo. Esa es el metabolismo de nuestra era. Un sistema que produce, procesa y desecha aberraciones a un ritmo acelerado. Un mundo que quema escándalos y los trivializa. Hace unos días el comandante más poderoso del planeta declaró públicamente que haría desaparecer a una cultura de la faz de la tierra. Confesó su intención de convertirse en un criminal de guerra. Hoy pocos se acuerdan de ello porque hablamos de un más reciente horror inconcebible.

El nazismo tenía recatos que el trumpismo desconoce. Por lo menos, había en aquel régimen una estrategia de ocultamiento. Las instrucciones del exterminio se formulaban en el más seco lenguaje burocrático. Se hablaba de las "evacuaciones," de los "reasentamientos" de un "tratamiento especial" a los judíos para esconder lo que se hacía y lo que se quería hacer. Ese mundo de eufemismos era, de alguna manera, indicio de una conciencia moral que no existe en el déspota de la Casa Blanca. Los genocidas sabían que el horror debía ocultarse. Heinrich Himmler, jefe de las fuerzas paramilitares del nazismo, sostenía la necesidad de preservar el secreto de sus operaciones. Si el exterminio del pueblo judío era su tarea, debía ser también su secreto. Nunca habremos de hablar públicamente de nuestra verdadera intención, decía. La "solución final," el genocidio había de quedar oculto en la jerga administrativa. Si el secreto se rompía, si la gente conocía la magnitud de los crímenes de Estado, el régimen sufriría el repudio social y la condena histórica. Por ello los ingenieros del exterminio se esmeraban en disfrazar sus monstruosidades. Pero ahora hay que exhibir una fuerza destructiva que no se detiene en nada. Hay que mostrar a toda la humanidad el abandono definitivo de la decencia.

No estoy haciendo comparativos de maldad. No digo, no insinúo que el discurso del demagogo de hoy sea peor que las ejecuciones del tirano de ayer. Lo que quiero decir es que el secreto que fue núcleo de aquel despotismo ha desaparecido en éste. El clima del poder es otro. El poder desinhibido no pretende adornarse con ningún principio. Liberado de cualquier hipocresía y de todo pudor, no se cuelga de valores, no invoca reglas. Tampoco siente la necesidad de plantear una estrategia, un propósito digno, un camino coherente, un argumento razonable. La atrocidad se difunde y se presume como lo que es. El poder se impone con el único argumento de la fuerza. La intervención militar en Venezuela se presenta como un acto de rapiña descarada. Los crímenes de guerra se anuncian como cartas de intención.


               
               

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Escrito en: Mhoni Vidente Signo del zodiaco Horóscopo Astrología

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