Los seres humanos nos movemos: extendemos los brazos, se nos vencen las rodillas, asentimos con la cabeza, el pecho se nos hunde, arqueamos la espalda; saltamos, nos encogemos de hombros, apretamos los puños, nos sostenemos unos a otros y también nos apartamos. Todo eso es lenguaje tanto como acción. Es lo que el cuerpo dice sobre la necesidad, la derrota, el coraje, la desesperanza, el deseo, la alegría, la ambivalencia, lafrustración, el amor. Esas imágenes irrumpen en la mente cargadas de sentido porque las hemos sentido de forma pura en el cuerpo: porque algo nos ha conmovido.
Somos bailarinas, todas y todos nosotros. La vida nos mueve; la vida baila en nosotros. Efímera como el aliento, concreta como el hueso, la danza está hecha de nosotros y nosotras. Esculpimos el espacio. Escribimos con el cuerpo en un lenguaje sin palabras que, sin embargo, comprendemos profundamente. Cuando bailamos, habitamos con gracia el espacio interior y el que nos rodea.
Como la vida, la danza se crea y se destruye a sí misma en cada instante. Como el amor, escapa a la razón.
Me gusta pensar en el cuerpo como un lugar: un territorio donde el ser se contiene y se moldea. Cuando bailamos, estamos profunda y plenamente comprometidas con estar ahí.
Escribo estas líneas a comienzos de 2026, cuando la opresión, la convulsión y el sufrimiento parecen no tener fin en nuestro mundo. Cada día, al presenciar el horror de lo que los seres humanos somos capaces de hacernos unos a otros, y la maquinaria de poder que financia y alimenta una violencia indecible contra las personas y el planeta, la danza puede parecer una respuesta fácil, inútil. Cuesta imaginar qué puede hacer una artista de la danza en un mundo que necesita con tanta urgencia un cambio radical y una sanación profunda.
Y, sin embargo, el arte, como la esperanza, es una forma de amor. Obstinadamenten generativo frente a la devastación, el arte disuelve la mente que se endurece y ofrece un bálsamo para sanarla. El arte es un recipiente que nos sostiene mientras nos enfrentamos a las preguntas –juntas, juntos– de una manera distinta a la noticia, distinta al documental y a la educación, distinta a la opinión y a las redes sociales, distinta al activismo y a la protesta, aunque no incompatible con todo ello.
A través de la creatividad, vamos acumulando resistencia y esperanza en pequeños actos de valentía, curiosidad, amabilidad y colaboración. En la danza, y en el acto de crearla, encontramos la prueba de que la humanidad es más que su último fracaso global, por desgarrador que sea.
Pero la danza no necesita justificación ni explicación. Está hecha de nosotros y, aun así, no nos debe nada. Solo necesita habitar un cuerpo dispuesto. Desde ese lugar, puede traducir lo inefable; actuando de intermediaria entre nosotros y lo desconocido.
Nos conmueven esos rastros de belleza que se desvanecen en el momento presente. Y, al encarnar tanto la danza como su desaparición, recordamos nuestra propia impermanencia. Al mismo tiempo, si prestamos atención, la danza nos regalará, de vez en cuando, un destello del alma.