Mentiras
Confieso que tuve la tentación de pensar que había entrado en un bucle del tiempo. Pero no. En redes sociales, con absoluto desparpajo escucho a mujeres hablando de que biológicamente nuestro cerebro está diseñado para cuidar el hogar, mientras el de los hombres para cazar. ¿Es 2026?, me pregunté.
A lo largo de la historia, los argumentos para excluir a las mujeres del espacio público, del poder económico, político, social y religioso, pasaron de: “así lo quiso la naturaleza” (en la Antigüedad) a “así lo quiso Dios” (Edad Media). Y, claro, nos despojaron de la posibilidad de cuestionar lo que quería la naturaleza, y ya de preguntarle a Dios ni hablamos.
Luego, con los inicios de la ciencia, los argumentos regresaron a la naturaleza. Se argumentó que nuestro útero viajaba por el cuerpo y por eso nuestro humor podía cambiar —el de los hombres, por lo visto, era inalterable—, que nuestro cerebro era más chico y, por tanto, a lo más que podíamos aspirar era a cuidar del hogar —cosa sencillísima, como sabemos—.
También se dijo que “naturalmente” no teníamos capacidad de pensar, sólo de sentir, y que las “normales” siempre queríamos hacer lo que debíamos hacer: quedarnos en casita, callar y obedecer, claro.
La “anomalía” eran las mujeres que decían y escribían lo que pensaban —porque, por supuesto, siempre hemos pensado— o que, contra toda norma, estudiaban, filosofaban, hacían descubrimientos científicos, etcétera. En esos casos y para que no cundiera el mal ejemplo, nos hicieron ver que esas “anomalías” eran “excepcionales”; unas cuantas, pues.
Todo eso en pleno siglo XXI es insostenible. La afirmación de que desde siempre los hombres cazaban y las mujeres cuidaban de su cueva es mentira. Hoy hay amplia evidencia de que las mujeres de la prehistoria cazaban. Y no solo “las excepcionales”.
Antes, cuando se encontraban enterramientos con armas de caza, simplemente se daba por hecho que los restos eran hombres, hasta que la ciencia avanzó lo suficiente para saber si se trataba de un hombre o una mujer. Cuando encontraron a la primera, en Perú, se hicieron la pregunta correcta: ¿cuántas como ella?
Sostener la permanencia de las mujeres en el ámbito doméstico como un destino biológico o determinación histórica, hoy en día es científicamente insostenible.
Además, como sostiene Marga Sánchez Romero, catedrática de Prehistoria en la Universidad de Granada, es “falsa la idea de que durante la prehistoria las circunstancias económicas, medioambientales o sociales solo pudieron ser enfrentadas a través de la fuerza física, la supervivencia del más fuerte o la competitividad y no a través de estrategias como el cuidado y la solidaridad, mucho más útiles para nuestra especie”.
De acuerdo con la especialista, la desigualdad no es biológica, “es siempre una opción social”.
Si las llamadas tradwifes (esposas tradicionales) quieren dedicarse a permanecer en casa y hacer de las tareas de cuidado sus únicas tareas, están en su derecho. Pero, de igual modo, es nuestro derecho (y obligación) revisar sus argumentos y evidenciar las mentiras.