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México, un país geopolíticamente necesario

Arturo González González

La historia del México independiente es también la historia de sus tratados, acuerdos o pactos comerciales con otros países. Y esta historia tiene que ver con la posición geográfica que ocupa nuestro país y el despliegue del poder político sobre ese territorio y sus recursos. En una palabra: geopolítica.

He dicho y sostengo que México nació con la primera globalización de la historia, con todo lo traumático que pudo haber sido dicho nacimiento. Entre los siglos XVI y XVIII, la Nueva España fue una pieza clave del orden económico liderado por la Monarquía Hispánica. La flota de Indias conectaba a través del Atlántico a la Villa Rica de la Vera Cruz con los puertos de la península ibérica. La nao de China hacía lo propio en el Pacífico con los puertos novohispanos, principalmente el de Acapulco, y el puerto de Manila en las Filipinas. La Nueva España fue el nodo de un comercio de alcance global. El oro y, sobre todo, la plata de América fluía en dirección a Europa, mientras que los bienes de lujo y consumo transitaban de Asia al continente americano. Alrededor del 70 % de los metales extraídos de Nueva España llegaron a Europa para financiar a la armada española, el lujo de las cortes reales y el naciente capitalismo financiero. Del 30 % restante, una parte se quedó en tierras americanas y otra fue a parar a los mercados asiáticos.

La disponibilidad de recursos en un territorio estratégicamente ubicado que marcó la época novohispana, fue relevante también en los primeros años de México como estado independiente. El primer acuerdo comercial internacional que nuestro país firmó fue el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación de 1826 con el Reino Unido, la primera potencia de la época. Tras derrotar a la Francia napoleónica en 1815, el Imperio británico parecía ya no tener rival y comenzaba a dar los primeros pasos de un orden global imperialista que duraría hasta principios del siglo XX. Como cuna de una revolución tecnológica que transformaría al mundo, era la primera potencia industrial, hambrienta de metales y materias primas. Además, buscaba romper el monopolio del comercio español en el Atlántico y abrir nuevos mercados para sus exportaciones e inversiones. México, por su parte, quería ampliar el reconocimiento internacional, hacerse de capitales para fortalecer su economía y consolidar un estado republicano que abarcaba más del doble del territorio que ocupa hoy. A cinco años de haber conseguido su independencia, nuestro país se integró al sistema comercial atlántico desde una lógica de relación centro-periferia con el nuevo hegemón del mundo. Pero otras potencias no tardaron en tocar también a nuestra puerta. Una de ellas, nuestro vecino: EUA.

Ya con la Doctrina Monroe (1823) bajo el brazo, el gobierno estadounidense propuso a México firmar un acuerdo comercial que llevaría el mismo nombre que el establecido entre México y el RU. Buscaba, entre otras cosas, acceso preferencial a los puertos del golfo, que México protegiera a las caravanas de comerciantes y a los colonos estadounidenses de Texas, afianzar su influencia económica en el norte del país y obtener los mismos aranceles que México ofrecía a RU, pero sin que se reprodujeran con otros países. Es decir que, en este último punto, EUA quería la cláusula comercial de "nación más favorecida", pero en carácter casi exclusivo. Los objetivos de Washington entonces hacen eco en los de hoy. El primer tratado entre ambos países se firmó en 1831, pero su aplicación se complicó debido a la cuestión texana y, posteriormente, a la invasión estadounidense del territorio mexicano.

Como podemos ver, la necesidad que tiene EUA de México, y el consecuente riesgo de dicha necesidad, han estado presentes desde que ambas naciones establecieron relaciones. Poco más de un siglo después, en el colofón del ciclo hegemónico británico y el comienzo del ciclo estadounidense, Washington volteó de nuevo hacia su vecino del sur para negociar con él, en plena Segunda Guerra Mundial. La impronta bélica hizo al gobierno estadounidense olvidar la afrenta de la nacionalización del petróleo mexicano de 1938 para conseguir de nuestro país tres cosas, principalmente: mano de obra, materias primas y un mercado para colocar ciertos excedentes. Así, entre 1942 y 1943, se firmaron convenios y acuerdos comerciales que hicieron de México una parte importante de la economía de guerra de EUA.

En 2026, el mundo creado por la hegemonía estadounidense está muerto. Y la gran potencia americana, desprovista ya de sus elegantes ropas de hegemón y ataviada con el desempolvado traje imperial de dominador, nuevamente se enfila a la construcción de una economía de guerra. Así queda de manifiesto en las estrategias de Seguridad Nacional y de Defensa Nacional publicadas entre diciembre y enero pasados. El reshoring trae la consigna de robustecer la industria pesada, estratégica y militar estadounidense. El nearshoring aparece como el complemento a dicha economía. Si EUA ve en China a su principal rival sistémico, desde la lógica geopolítica de Washington no es coherente depender de los insumos y bienes que él produce. El dilema de México hoy con el T-MEC 2.0 que se negocia, rima con dilemas del pasado: ¿quiere y debe nuestro país convertirse en una pieza clave de la nueva economía de guerra de EUA, o hacerlo de forma limitada diversificando sus oportunidades?

México cuenta en el presente con ventajas que no tenía al inicio de los ciclos hegemónicos británico y estadounidense. Actualmente somos la quinta economía nacional con más tratados comerciales, la más industrializada de habla hispana, la más diversificada de América Latina y la décimo segunda más grande del mundo. Este año México redefine su relación comercial más importante, la de EUA, pero también relanzará su relación con otro importante actor económico mundial: la Unión Europea. En el mismo momento en el que los tres socios norteamericanos estén sentados a la mesa de negociación para decidir qué hacer con el T-MEC, es muy probable que se dé el último paso para la modernización del Acuerdo Global entre Ciudad de México y Bruselas, el cual eliminará casi al 100 % los aranceles en el intercambio comercial, además de aumentar las posibilidades de inversión y transferencia tecnológica. En puerta también están negociaciones comerciales con India, Brasil y Corea del Sur, economías relevantes de sus respectivas regiones, y la oportunidad de transparentar y regular su relación con China, la primera potencia industrial del orbe. No pequemos de ingenuos: EUA seguirá siendo nuestro socio número 1, y nosotros de ellos, pero no tiene por qué ser el único. Por geografía, demografía, economía, industria y geopolítica, México es un actor necesario, incluso más de lo que fue en los albores de las hegemonías británica y estadounidense, cuando ya las grandes potencias lo buscaban para comerciar.

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Escrito en: Desaparecidos Desapariciones

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