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ARMANDO FUENTES AGUIRRE (CATÓN)

Los espectros que por la noche se aparecen en la casona de Ábrego me conocen bien. Piensan que yo también soy un espectro -a lo mejor lo soy-, y me tratan con familiaridad.

El fantasma de Amapola vive aquí desde que ella falleció en los inicios del pasado siglo. Su nombre era desusado. Las muchachas del rancho se llamaban Petra, María, Juana, Paula. Pero su mamá había leído una novela romántica, y de ella sacó el nombre. Amapola murió el día en que cumplió 15 años. La vistieron de novia y le pusieron una corona de flores del campo. Así la sepultaron, y así se aparece ahora, con su vestido blanco y su cabello rubio hecho un jardín florido.

La otra noche estaba yo ante el ventanal viendo la noche cuando en el vidrio vi el reflejo de Amapola. No me volví a mirarla: temí que desapareciera. Oí su voz, tenue como la de una niña o un gorrión. Me preguntó:

-¿Cómo es la vida?

No pude contestar. No sé cómo es.

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Escrito en: Editorial columnas Armando Fuentes Aguirre (Catón)

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