Otrora el clima era formal y serio. Se podía confiar en él. En primavera el clima era primaveral; en verano era veraniego, y así sucesivamente. El llamado “cordonazo de San Francisco” llegaba a mi ciudad exactamente el 4 de octubre. Con puntualidad de tren inglés se presentaban el frío y la neblina, la cellisca, el viento gélido, aunque el día anterior hubiese sido soleado y caluroso.
Ahora ya no. En invierno hay días de 35 grados, y en primavera caen de pronto una helada ártica y una bruma londinense. Los meteorólogos se ven en apuros para hacer sus predicciones, y deben decir como decía don Constantino Tárnava, bonísimo señor aficionado a la meteorología: “Mañana por la mañana, cielo claro. En la tarde nublados, y por la noche lluvias ligeras. Todo eso si Dios quiere”.
Mientras escribo esto brilla el sol, pero el pronóstico asegura que hoy por la noche estaremos bajo cero. Algún misógino dirá que en vez de “el clima” debería ser “la clima”, por sus veleidades y caprichos. Yo no estoy de acuerdo, pero. ¡Hasta mañana!...