Yo pienso, Terry, amado perro mío, que estás en el Cielo.
Tu bondad sobre la tierra fue infinita, como la del Señor. Si alguna falla se te puede atribuir es la de tu malquerencia hacia los gatos, pero eso es cosa del instinto, y todos instintivamente seguimos nuestro instinto.
Diosito me perdonará si digo que si tú no estás en el Cielo supondré que a lo mejor no hay Cielo. Tan bueno fuiste, tan amoroso y leal, que llegaste a ser como un hijo para la amada eterna y para mí, y como un hermano para nuestros hijos. El día que faltaste fue como si un pedazo de nuestro mundo hubiera desaparecido.
Con la seguridad de que estás con el Señor te pido, Terry, que me recomiendes con él.
Dile que me conociste, y que conociste mis muchos defectos. Pero dile también que no he de ser tan malo si merecí tener un perro como tú.