En el Potrero de Ábrego el sol se decidió por fin a darnos otra vez su luz y su calor. Los seres y las cosas se restriegan los ojos después del sueño de las noches con cellisca y niebla, y en la cocina de la antigua casa la tertulia después de la cena se vuelve más amable.
Doña Rosa, la mujer de don Abundio, relata una más de las ocurrencias de su marido.
-Me dijo: "Ando viendo borroso. Voy a ir a Saltillo a ver al ojista". Lo corregí: "Al oculista". "No -me contestó-. De ahí ando bien".
Todos reímos, menos don Abundio. Con tono hosco masculla:
-Vieja habladora.
Doña Rosa figura con índice y pulgar el signo de la cruz, se lo lleva a los labios y jura:
-Por ésta.
¡Hasta mañana!...