Por la tarde llovió en el rancho del Potrero. El pespuntear de la lluvia sobre el techo es una música mejor que la de Mozart, dicho sea con perdón del inmortal compositor.
Ahora la noche es fresca y limpia, como niña recién bañadita. En la cocina de la antigua casa la tertulia se anima. Doña Rosa, la mujer de don Abundio, cuenta:
-La noche en que nos casamos no sabía yo cómo contener a Abundio. Cuando cumplimos 30 años de casados no sabía cómo consolarlo.
Reímos todos, menos don Abundio. Atufado, masculla por lo bajo:
-Vieja habladora.
Doña Rosa figura con índice y pulgar el signo de la cruz, se lo lleva a los labios y jura;
-Por ésta.