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Los libros me esperan hasta que llego a ellos. Me están destinados desde que eran árbol. De nadie más podían ser, ni yo podía ser más que de ellos.

En una librería de viejo de San Antonio, Texas, encontré un curioso volumen en inglés, impreso en 1960, con una especie de guía para viajar por México. En forma sucinta el autor describe cada población y cada paisaje natural que el turista debía conocer.

Naturalmente lo primero que hice fue buscar lo que decía de mi natal Saltillo. He aquí su telegráfica mención: "Buen clima. Arquitectura colonial. Escuelas. Dulces y pan. Sarapes. Serenatas".

¡Serenatas! He aquí que el cicerone las citaba como uno de los rasgos emblemáticos de mi ciudad. Y no se equivocaba. Por la noche, las calles saltilleras se llenaban de música, es decir de amor y poesía. Las serenatas no eran con mariachi, sino con trío. Yo, que no tenía para pagarles a los trovadores, le cantaba a la amada eterna, acompañándome con mi guitarra, las canciones que a ella le gustaban: "Hay unos ojos"; "Toda una vida"; "Sol tempranero"; "Inspiración".

Ya no se escuchan esos ecos. La modernidad los ha apagado. Pero al recuerdo no entra la modernidad, y en él sigue viviendo la memoria de la música, la poesía y el amor, eterno amor.

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