Milimétrica avecilla es la saltaparedes, que en el Potrero se llama en singular: saltapared.
Es gris, sin ningún asomo de color en su plumaje. Inquieta -de ahí su nombre- va y viene de una pared a otra en busca de los insectos que habitan entre las grietas de los muros de adobe. Su trino es inarmónico, monótono, y lo repite incansablemente una y otra vez.
En el rancho la saltapared tiene mala fama. Si una mujer casada la ve cerca sale de inmediato a ahuyentarla, escoba en mano. Y es que se dice que el pajarillo anida en la casa de la esposa que engaña a su marido. En ninguna parte, entonces, se le recibe bien.
¿Sabrá eso la saltapared? Pienso que no. De otro modo jamás se acercaría a las casas. Pero llega con la mañana, y cumple con su nombre saltando vivamente de esta pared a aquélla, y de aquélla a esa otra. La mujer y la escoba la expulsan, y ella no sabe por qué.
Compadezco de corazón al pajarillo. Es inocente, y recibe trato de culpable. Ignoro si en el Cielo hay paredes. Si las hay, en ellas morará eternamente la saltapared.